MÁS QUE UN DISCURSO
Una carta inolvidable de un maestro para otro maestro
El 25 de septiembre de 2001, en el acto por el aniversario número 97 de la Biblioteca Bernardino Rivadavia, Eduardo Marzolla dirigió el que sería su último discurso a la comunidad educativa de la institución sobraliana. Una pieza de literatura epistolar celosamente guardada por alumnos, que hoy nos permiten darla a la luz
Tal vez, en estas palabras mías debería referirme al día que nos convoca, como lo he venido haciendo durante 21 años, siempre expresando en portada letanía mis ideales institucionales. Pero hoy permítaseme relevarme de ese compromiso y utilizar esta oportunidad para saludar a todos ante la inminencia del fin de una etapa de mi vida. Como dice la canción,
Iba mi huella adelante
por caminos conocidos,
pero vino la tormenta
y se me borró el destino.
Ese destino que en un mayo de 1980 me encontró a mí, más que yo buscarlo. Y fue así, vaya uno a saber por qué, que un viernes por la noche pasé de mi cargo de vicedirector del Instituto Secundario a presidente y director general. Es decir, pasé de ser alumno y subalterno de muchos colegas a ser su superior. Recuerdo la tremenda emoción que sentí cuando Aracilde Sobral me dijo: "vení..., sentate aquí, desde hoy, este es tu sillón". Y era nada menos que el sillón que había utilizado el Dr. Sobral, un lugar que venía cargado de historia y de grandeza. El mismo en el que un día nos recibiera como flamantes profesores en Ciencias Económicas y, entre otras cosas, nos dijera, refiriéndose a la escuela: “esta es una obra para los que tienen almanaque”... ¡Cómo iba yo a suponer que con el tiempo estaría allí sentado, al frente de esa obra en la que había puesto su vida! Tal vez, haciéndome cargo de un destino que no busqué, que me encontró, pero que me brindó la posibilidad de devolver, en parte, lo que esta casa me dio y que fue lo más valioso: el encontrarme a mí mismo y a una vocación escondida que le dio sentido a mi vida. Hoy, después de la larga jornada, que fue el desempeño del máximo cargo institucional, quiero venir a rendir mi informe al hombre que me abrió la puerta de esta casa y, de esta manera, dar por concluida una entrevista que se inició hace treinta y cinco años.
Doctor:
Para mí, ya es hora de partir. Quería decirle que hice todo lo que pude para colaborar en circunstancias, pero que me alejo con mi espíritu tranquilo, en paz. Con el convencimiento de haber actuado de la manera que creí debía hacerlo en cada caso, lo que no implica la soberbia de creer que mi decisión fuera el camino correcto.
Otro ladrillo en la pared...
Me equivoqué muchas veces, acerté en otras. Tuve muchas alegrías, algunas tristezas, recibí a niños y jóvenes, despedí a compañeros, algunos para siempre. Vi caer viejas paredes y levantarse en su lugar otras nuevas. Pero, ¿sabe?, siempre estuve convencido que no eran las paredes nuevas las que harían de nuestra casa una escuela mejor, sino al valor de su gente. Tuve muchas debilidades, pero, a pesar de ellas, siempre vi en mis colegas y alumnos a otros seres humanos a los que debía respetar en todo trance, comprenderlos y ayudarlos en mis humildes posibilidades. ¿Se acuerda cuando Ud. formó la Orquesta de Cuerdas, allá por la década del 50, y me invitó a participar? Bueno, de esa inolvidable experiencia rescaté la idea de la orquesta como grupo humano que comparte ideales comunes. Y recordando la tarea del director de la orquesta, así pretendí que fuera mi tarea, imaginando guiar con la batuta a todos mis músicos. El director de la orquesta no les pregunta de qué horizonte vienen, no cuestiona sus ideas, no pide cuentas ni hace juicios sobre la vida de cada uno, solo les pide que toquen, y que lo hagan bien, que no desafinen, que no pretendan ser siempre solistas; les pide que se unan en un objetivo común y que pongan su alma en él para que la orquesta suene bien.
Doctor, traté de ser siempre fiel a la partitura que Ud. nos legara para esta gran orquesta que es esta casa, sin pretender un lucimiento personal.
Seguro que alguna vez no sonamos bien; otras, quizá tuvimos un sonido agradable, ya que todos afinamos. Pero, como Ud. bien lo sabe, dirigir no es tarea fácil. Cada músico es, antes que músico, una persona que trasmite a su instrumento sus sentimientos, sus alegrías, sus dolores, y así suena la orquesta. Mañana, otros la harán sonar. Si mejor o peor, ¿quién puede saberlo?
Hoy
Voy con el viento viajando
para cantarle al camino.
Atrás se mueve de antojo
el pájaro del olvido.
Sí, doctor. Se muere de antojo el pájaro del olvido, porque esta casa, olvidar no sabe, ni yo tampoco.
Por eso, si Ud. me permite, no quiero olvidar a todos los compañeros que me han ayudado durante todos estos años. Desde los más humildes lugares hasta los más encumbrados. A ellos, a todos, mi más profundo y sincero agradecimiento.
¿Sabe, doctor? Me voy con la sensación de guardar en mi corazón muchos afectos, muchos recuerdos de innumerables momentos vividos en la tarea común. Por ello, a todos quienes estuvieron a mi lado, a quienes descubrieron al hombre que estaba dentro del director, y comprendieron mis debilidades, muchas, muchísimas gracias por todo lo que me dieron.
Yo soy mi propia memoria
coplitas que voy juntando
pa' repartir lo vivido
como quien siembra cantando.
Y en estas coplas de vida que uno va juntando, doctor, quiero dejarles una a los chicos de su escuela, de mi escuela, de nuestra escuela. Que ya la dije antes, pero que la repito porque encierra lo que siento. Permítanme decirles, chicos:
No sean duros, ni parcos, ni tercos,
tengan el valor de ser buenos,
conserven la humildad,
no crean todo saberlo,
no se vuelvan temibles,
ni orgullosos, ni soberbios.
Construyan puentes.
Y a las murallas
derríbenlas con sus sueños.
Usen palabras serenas
que no lastimen la mirada.
Tiendan siempre la mano
hacia quien quiera estrecharla.
No se dejen arrastrar
por lo que ordena el que manda.
Piensen con luz propia,
esa que viene del alma.
Reconozcan sus errores,
no se guarden las palabras.
Intenten ser esa gente,
esa gente "tan necesaria".
Y cuando sientan
que muy despacio
la vida se les va yendo,
que no les importe mucho
si alguna cosa
no descubrieron,
si no alcanzaron honores
o no legarán dinero.
Todo eso poco importa
si rescataron su alma
y así, a su modo, vivieron.
Gracias, doctor, por escucharme. Ya es hora de partir. Hoy van a entrar en mi pasado
Veintiún años de mi vida, lo que no es poca cosa.
Tal vez con algunos gastados instrumentos deberé labrar otra huella, en busca de un nuevo destino.
Pero le aseguro, doctor, que sea el que fuere, habrá de estar siempre presente la magia de un aula, el polvo de la tiza, el reír de niños y jóvenes y la incomparable sensación de belleza que el maestro siente cuando enseña.
Por eso,
Seguiré mi camino lentamente,
mi mirada a los ojos mirará.
Irá muy hondo la mirada mía.
Porque alguien,
entre todos, comprenderá.
Hasta Siempre.
