Calle Mary Amaya
En honor a la educación, la verdad y la justicia
La calle tiene cerca de 800 metros de extensión. Se inicia en la ruta 9 y termina en la arteria Francisco García, en el barrio BottaEl 27 de noviembre de 2019 el Honorable Concejo Deliberante (HCD) designó con el nombre de la educadora y militante social a una calle del loteo La Arbolada del barrio Felipe Botta.


Mary falleció a los 80 años el 13/03/2017. Había sido destacada en el HCD “por sus convicciones, que la impulsaban a comprometerse con los más débiles y en la búsqueda de la justicia, igualdad y solidaridad. Por su lucha en la defensa de los Derechos Humanos, su compromiso social, su convicción y fortaleza”
Mary Eulalia Amaya era una docente muy comprometida. En una entrevista que dio a El Diario en su momento recordó cuando tuvo que armar de cero la escuela rural de la que había sido designada directora. En efecto, el establecimiento no existía. En la dirección a la que se dirigió con su padre cuando recibió la carta del Ministerio de Educación, había un pastizal, pero lo hizo: “Esa gente tenía que llevar sus hijos a escuelas que le quedaban bastante lejos; cruzar la ruta y el ferrocarril y a los chicos solos no se animaban a mandarlos... Se formó la Cooperadora... Nos había llegado la notificación de que iban a construir una escuela rancho y nos indignamos tanto, que comenzamos a construir. Todos los días me pasaba con una vagoneta a buscar a los chicos, uno por uno por sus casas, y de ahí llegábamos todos juntos a la escuela”.
“Yo siempre la llamé la gran familia de Campo Maurino. Hacíamos a fin de año fiestas en la que participaba la gente, padres de los chicos, gente que vivía cerca; todos formaban parte, y siempre quisieron y quieren mucho a la escuela”, agregaba oportunamente en el tiempo donde también presentó un libro con las historias y anécdotas de la escuela.
“Después de esa escuelita trabajé cinco años en la Escuela Agustín Álvarez hasta llegar a la edad de jubilarme y me jubilé. Siempre extrañé mi escuelita”, contó, al tiempo que remarcó el difícil comienzo que enfrentó en la escuela de la ciudad: “De entrada, cuando empecé a trabajar ahí, me enfrenté con una denuncia que habían hecho de que el agua estaba contaminada. La denuncia la había hecho un médico. Hicimos todos los estudios y el colegio tenía la misma agua corriente que toda la ciudad. Así que de esa salí vencedora, digamos. Después nos hicimos amigos con el doctor, pero al principio lo quería estrangular”, contó riendo aquella vez. Así de cambiante fue esa historia, pero como siempre, la supo llevar adelante.
Mary, militante
Fue la presidenta de la Asociación Civil Verdad Real y Justicia para Todos, un ejemplo de fuerza y de empuje, una de esas mamás luchadoras, paridas por sus hijos.
“El motivo por el cual estoy en la agrupación es muy doloroso. Yo antes pasaba por la vida y me parecía que las cosas malas no me podían llegar. En ese entonces veía en muchas oportunidades alguna manifestación, alguna pequeña marcha que se hacía y las acompañaba un ratito, les deseaba lo mejor y me iba. Hasta que un día me tocó que me mataran a mi hijo en la Provincia de Buenos Aires, en Junín. Lo asaltaron en la casa. Yo lo esperaba en mi casa, tenía que venir a Villa María a verme. Cuando lo esperaba a él, me trajeron la noticia de que tenía que ir a buscar su cuerpo. Él vivía allá y se estaba por casar”, recordó.
“Es lo único que me mantiene más viva”, manifestó entonces Mary, aunque también admitió que, “aunque quisiera dar un mensaje esperanzador, cuesta.”
“Yo no creo en la Justicia argentina; te lo digo así bien segura, y no sé qué puede pasar para que vuelva a ser creíble. El humano es débil y en cualquier momento y de cualquier manera consiguen corromperlo”, expresaba, a pesar de seguir firme con su lucha, que continuó hasta el último aliento.
“Es difícil, pero hay que tener fe y esperanza, porque si perdemos la esperanza estamos terminados”, concluía.
La maestra viajera
La fotografía, tomada en 1965, muestra a Mary Amaya en la motoneta con la que cada día se trasladaba para ir a dar clases a la escuela rural de Campo Maurino.
En la misma motoneta, sentada en el asiento trasero, la llevó su padre hasta el punto en el que debía estar el establecimiento educativo del cual había sido designada directora. Pero no había nada.
Comenzó dando clases en un espacio que le habilitaron los Maurino, se formó la Cooperadora, se hicieron
actividades, se reunieron los fondos y, poco a poco, se edificó el sueño...
Y cuando ella se vino a la Agustín Álvarez, allá quedó una escuela de la que egresaron decenas de promociones..., “chicos que hoy son todos unos señores, padres de familia, pero que en la calle me siguen saludando como señorita Mary, el título más honorífico que me pudieron dar, junto con el de mamá”.
