Lugares - Paseos - Calles - Hoy: Monseñor Antuña

En homenaje a la fe

La corta calle (de solo cien metros de extensión) en el barrio San Martín, rinde homenaje al sacerdote que tuvo mucho protagonismo en nuestra ciudad y la región, no solo en el ámbito estrictamente eclesiástico, sino también en el educativo y social
sábado, 24 de junio de 2023 · 08:30

El 5 de diciembre de 1985, por Ordenanza 2.200 y bajo la Intendencia de Horacio Cabezas, se sanciona la ordenanza por la cual se le impone el nombre del sacerdote, que también fue secretario canciller del Obispado local.

La pequeña arteria se inicia en la calle Buenos Aires y termina en Corrientes, entre Porfirio Seppey y 17 de Agosto.

La calle que homenajeó al recordado cura, hoy, no posee ningún nomenclador que la identifique

Avelino Ambrosio Antuña nació en la ciudad de Lobería, provincia de Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1918. Hijo de padres españoles, estudió en el seminario de Córdoba y, posteriormente, en la Universidad Gregoriana de Roma, de donde egresó como doctor en Teología en diciembre de 1943.

De joven tuvo una clara lucidez para enfocar y captar las nuevas concepciones que aparecían vigentes en el mundo contemporáneo, y fue inspirado por los preceptos de la Encíclica Populorum  Progressio y los Documentos de Medellín, indiscutibles puntos de partida de toda promoción humana integral, documentos según los cuales, el desarrollo de los pueblos se obtienen por medio de la educación. De ahí, “el llamado de la Iglesia Católica, a través de Paulo VI y de la iglesia latinoamericana, a través de los obispos de la CELAM, a todas las instituciones educativas cristianas, para que sumen su compromiso de impulsar el desarrollo de los pueblos”, según señalara oportunamente Bernardino Calvo en su “Historia de la Educación de Villa María”.

Monseñor Antuña, en la inauguración del edificio de los Bomberos Voluntarios, en calle General Paz. Están con él Seppey, Cavagliato, Angeli, Borghi, Massetti, Vicente, Romagnoli, Angeli, Sáenz, el diputado Pereyra, Risignoli, Alonso, Trevisán, Baradella y Pron, entre otros

Antuña fundó 11 escuelas parroquiales en diversos lugares de la Diócesis, como La Playosa, Villa Nueva, Las Perdices, Cruz Alta y Bell Ville, entre otras localidades donde ejerció el sacerdocio.

En junio de 1958 compartió con la Madre Gabriela Moscoso, rectora del Instituto del Rosario, la hermosa -aunque ardua- tarea de la creación y puesta en funcionamiento del Profesorado Gabriela Mistral, donde inició la capacitación docente en Castellano, Literatura y Latín.

Allí desempeñó una amplia trayectoria, en la que  ambos imprimieron los ideales del creador de la Orden, Monseñor Orzali.

Dicho profesorado fue presentado como el primero de esas características fuera de Capital Federal.

Era recordado por sus pares como una persona muy querida, muy ameno en la conversación, con un gran sentido del humor y un profundo conocimiento de temas literarios.

En octubre de 1984, un paro cardíaco terminó con su vida encontrándose en la ciudad de Embalse de Río Tercero.

 

Antuña, Ariel Ramírez y la Misa Criolla

El prestigioso pianista nacido en Santa Fe en 1921 estudió tradiciones folclóricas en la Academia de Viena y en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, y en su paso por Italia había conocido al Padre Antuña, quien a su vez le presentó al padre Wenceslao van Len. "Un holandés con quien nos entendíamos en un italiano básico, pero eficaz, y, al mismo tiempo, bastante divertido", recordó Ramírez en alguna ocasión.

Según su relato, el propio Van Len lo llevó a Holanda y desde allí lo recomendó a un convento en Würzburg, "una pequeña y hermosa localidad a unos 100 kilómetros de Frankfurt", donde Ramírez fue a parar, precisamente, en un convento de la orden de misioneras de Mariannhill. Allí conoce a dos monjas que le relataron que en el lugar que él tanto admiraba, una hermosa campiña con una casita que se divisaba en la lejanía; era un antiguo reducto donde funcionó un campo de concentración y donde las mismas religiosas, durante ocho meses, depositaban debajo de un alambrado, de manera arriesgada, una canastita con alimentos. Este hecho, más su estado anímico del momento, motivó para crear una obra musical que, en su inicio, intentaba ser una ofrenda de gratitud para estas dos heroicas hermanas con un gran sentido de ayuda humanitaria. Cuando, en 1965, el músico crea la afamada obra religiosa y musical, la dedica  a ocho amigos que representaban de alguna manera los incontables seres queridos que le brindaron ayuda durante aquellos cruciales años de juventud.

A la nómina la integraban seis europeos, un estadounidense y un argentino: Avelino

Antuña, quien encabezaba la reducida lista  de personas a quienes daba las gracias.