Historias de vida - El humilde barrio Barrancas del Sur, en las márgenes del puente carretero

Elena y el vivir en paz a la orilla del río

domingo, 23 de abril de 2023 · 08:56

María Elena Pérez es de Embarcación, Salta. “La gente de afuera cuando viene, como yo, una provinciana, ama a la gente de acá, porque tiene ese corazón dulce”, dijo a El Diario desde la mesa en la que almorzaba, en el mediodía del viernes, al aire libre, en el ingreso a su casa.

Vive, como una treintena de familias, en Villa del Sur, o Barrancas del Sur, el barrio surgido en la costa de nuestro río, a un costado del puente carretero, lejos del sector urbano de la ciudad.

Está por cumplir 12 años aquí, es madre de tres mujeres, un ACV le dejó secuelas y recibe una pensión por discapacidad. Con un préstamo que le otorgó ANSES se fue construyendo su casa.

Todo parece ser una gran comunidad aquí, en donde hay muchas mujeres, niñas y niños.

Dejó su Salta por falta de trabajo. “Estábamos remal económicamente con mis hijas. Ellas quedaron en Pilar y yo emigré hacia Villa María, porque había más trabajo. Me tocaron patrones muy buenos, gracias a ellos soy lo que soy, porque yo soy una chica de campo prácticamente. Una docente desocupada. Después me agarró un ACV con una diabetes y he llegado hasta acá”, relató la mujer de 58 años, que pertenece a un sector incluido recientemente en el Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap), y que incluye gestiones para su relocalización, por estar en zona inundable.

“Me separé del papá de ellas cuando la menor cumplió 22. Y ahí me vine.  Cada una se casó, pero la que tiene 39 es soltera y tiene los niños. Vive en Pilar, lo poco que puedo la ayudo. Ella es sola con sus dos hijos”, continuó.

Contó que 12 años atrás, recibió un préstamo nacional de 150 mil pesos, que le sirvió para ir levantando su hogar. Todavía no terminó de pagarlo, pero no le falta mucho. “Al principio viví en una bolsa de nailon, en un silo”.

No tiene ningún servicio básico. “Era la única que tenía una especie de freezer, armé una heladera, una miniheladera. Compraba hielo y así traía carne y vendía acá en el barrio, porque somos muchas familias, toda gente humilde. Nos cuidamos todos la espalda, somos buenas vecinas. Y ya que esto se hará público, quiero contar que hay tres familias rehumildes. No se olviden que acá hay mamás solteras”, reflejó.

“No tienen ayuda del padre, no quiero criticar a nadie, pero hay papás que se olvidan que tienen hijos. Vengo de un lugar en el que nunca estuvo la ayuda que tiene hoy la mujer con el Gobierno. Crié a mis hijas sola”, relató.

El padre de sus hijos era mucho mayor que ella. “Hacé de cuenta que era mi papá, el que me guiaba. Decía: ‘esto es así’ y me crió así. Quizás ha sido duro. Jamás me pegó. Jamás me levantó la mano”, señaló.

Contó que hoy el médico le dice que pareciera que no ha tenido un ACV, por la recuperación que logró. Igual ella dice que le han quedado pequeñas secuelas y que no camina normalmente.

Puso un pequeño quiosco. “A veces traigo pan, tengo que salir a buscar todo. Viene mi amigo, me lleva”, comentó. No hay mucha venta, “porque acá no se consume mucho”.

-¿Y cómo es la vida acá tan cerca del río?, le preguntamos.

-Es una paz hermosa. Entre todos nos cuidamos. Ponele que el vecino se va tres, cuatro días, y todos estamos de pie. A la expectativa que nadie entre. Porque no vas a creer: acá entran a robar...”, se lamentó.

A veces suele dejar esta tierra para ir hasta el centro de Villa Nueva. “Y a veces me invitan a tomar café allá en la Peatonal de Villa María. Me encanta Villa María, por eso me vine a vivir”.

De inmediato elogió a Córdoba. “El habla es muy linda y allá en Salta es bienvenido el cordobés, porque se lo quiere mucho. Porque tiene su estima, no sé, un corazón grande que te contagia a ti. Brindarse como se brinda, nosotros somos lo mismo, somos humildes y capaz que ya me pongo a cocinar porque me dijiste que no comiste, entonces invento algo y te doy de comer”.

Tiene 12 nietos y es bisabuela. Un nieto de 5 años  “me mete en el bolsillo y me guarda cuando él quiere”, expresó reflejando el amor que le despierta.

“A mí me gustaría seguir viviendo acá. Lo triste es que no tenemos luz. Hicimos una cooperativa entre 10 vecinos y hemos hecho el pozo de agua, anda con un motor a nafta, si no, no tendríamos nada”, explicó.

Recordó el calor que sufría en Salta, “no podía respirar porque allá hace 50 grados de calor” y, en ese sentido, le pareció muy fuerte nuestro último verano. “Tuvimos acá el calor que sentía en Salta hace 20 años. Los salteños trajimos el sol a Córdoba”, ilustró.

Le teme a las moscas y mosquitos. “Acá me dicen enferma porque estoy siempre de manga larga y pantalón largo, aun en pleno verano, porque les tengo miedo”.

Espera no tener que dejar este barrio. “Solo tengo fe en Dios,  nada más. Y que Dios me dé fuerza y salud para seguir adelante. El día que vengan y nos echen con una topadora no sé qué voy a hacer”.

Le dijimos que algo así no va a ocurrir, y respondió que “he visto cosas así en Buenos Aires, yo veo mucho Crónica, que han ido a los barrios y voltearon las casitas de nailon. Entonces yo digo, tanto invertí, tanto. Me vi tan sola, tan enferma. Entonces dije: ‘Voy a hacer por lo menos el baño’. Tengo mi dormitorio, el baño y después hice esto, la cocina con otro préstamo que me dieron”, mostró desde afuera, rodeada de perros y gallinas, mientras alrededor mujeres jóvenes con sus niños y niñas deambulaban por los ingresos de sus casitas.