Concentraron en la esquina de bulevares Alvear y Sarmiento

¿Qué habrán visto esas dos chicas?

Docentes realizaron un banderazo y se movilizaron, entre otras cosas, por una recomposición salarial que esté por encima de la canasta básica y por la derogación de la ley 10.694
sábado, 15 de abril de 2023 · 07:57

La mayoría eran mujeres. Había de veintitantos, de treintaipico, otras arriba de los cuarenta, varias jubiladas. Las menos, con hijos pequeños. Quizá con un nieto. Muchas llevan la bandera argentina: la cuelgan sobre la espalda, la sostienen en alto. También tenían carteles con estas frases: “Schiaretti: viví vos con nuestros sueldos ¡¡Lacra!!”, “No a los descuentos extorsivos”, “No a los descuentos por paro”, “No al acoso y maltrato laboral”.

Son docentes y se juntaron ayer para rechazar la conciliación obligatoria: para, principalmente, seguir reclamando por una recomposición salarial que esté por encima de la canasta básica y por la derogación de la ley 10.694 -reforma previsional-.

A las siete de la tarde estaba fresco: hacían dieciséis grados, todavía no había anochecido del todo, el cielo se mantenía cubierto, gris, y ya un puñado, entre los que había mujeres y hombres con bombos y redoblantes, permanecía en la esquina de bulevares Alvear y Sarmiento, alrededor del monumento al Bombero Voluntario.

Mientras, un parlante que hay encima de una Renault Kangoo blanca reproducía la canción “Tierra zanta”, que canta Trueno y que arranca así: “Si preguntan quién soy, qué llevo, a dónde voy/ De tierra santa/ Soy de donde nací, donde voy a morir/ Mi tierra santa”. Ese parlante, más tarde, reproduciría canciones del Indio Solari, de Calle 13...

De los bulevares cargados se desprendían bocinazos de conductores que quizá sabían por qué tanta gente junta o que quizá no tenían idea y tocaban porque sí, para seguir la corriente.

Por si acaso -¿por si acaso?-, a un costado de la estación de servicios YPF, por Sarmiento, un móvil de seguridad ciudadana, estacionado. A unos metros, cuatro policías quietos: dos hombres y dos mujeres que, cada tanto, charlaban.

“Esto tiene que reventar”, dijo una mujer de La Laguna, que es la tercera vez que vino a Villa María para participar de las movilizaciones y que, contó, hoy harán lo suyo en su localidad, de cuatro a seis de la tarde.

Después, cuando el cielo gris se volvió una placa negra y el fresco se volvió frío, siguió habiendo más mujeres y se sumaron varones. Ahí, cuando el puñado creció y ellas y ellos estuvieron alrededor del monumento, pero también en la calle, como si fueran un líquido que rebasa, empezaron a aplaudir, a levantar los carteles, a transformarse en algo más compacto.

Eran tres y una dijo: “Vamos a folletear”. El folleto es un papel más chico que una hoja A4 que, entre otras cosas, dice: “Ningún docente bajo la línea de la pobreza”, “Mejoras en las condiciones laborales y edilicias”, “Derecho a huelga”, “Restitución del 82% móvil” y “¡Exigimos reconocimiento, respeto y dignidad!”.

Ellos y ellas, compactos, entonces, al unísono, repitieron aquello que cantaba un hombre con un micrófono desde la Kangoo: “Docente/ luchando/ también está enseñando”, “U-ni-dad/ de los trabajadores/ y al que no le guste/ se jode/ se jode” y “Traigan al traidor de Grahovac/ para que vea que la decencia no cambia la idea/ pelea y pelea/ por la educación”.

Hicieron sonar silbatos, una pandereta, la tapa de una olla. Se pararon frente a los bulevares con una bandera, la más grande, que en letras negras y rojas, decía: “Mientras existan docentes de pie no habrá pueblos de rodillas”.

Los bulevares continuaron hinchados; un estribillo de autos y motos, y camionetas, y bicis, y luces rojas, amarillas y verdes de semáforos que se reanudaban cada tantos segundos.

Y en una de las pasadas, desde dos autos, por las ventanillas, dos chicas de unos seis años, no más, sacaron apenas el cuerpo y saludaron, le sonrieron a ese grupo de gente que era guiada, esta vez, por una voz que con el micrófono gritaba “ruido, ruido, ruido, ruido”.

Esas chicas de seis desaparecieron por el bulevar y puede que alguien de ellos y ellas, compactos, les hayan sonreído o saludado y hayan querido tenerlas cerca y contarles de qué se trata esta historia o puede que no, que no las hayan registrado en absoluto.

Puede que esas chicas de cinco, seis, hayan visto en ellos y ellas solo a un montón de gente. Puede, también, que hayan visto en ellos y ellas a la señorita que les lee cuentos o les muestra cómo se hace una resta un lunes o un miércoles a la mañana o a la siesta, durante todo un año.

Puede -y es seguro- que esas chicas no se hayan preguntado nada: que solo hayan querido mostrarse, ser parte de eso que estaba sucediendo, de la voz de tantas. Pero puede que haya pasado un rato y esas chicas se hayan preguntado por qué ellos y ellas, compactas, estaban ahí. Y puede que, luego, incluso, lo hayan preguntado y alguien les haya dicho: “Mirá, sentate. Escuchá”. 

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