Es licenciado en Comunicación Social y trabaja, además, como educador emocional

“No hay que confundir diagnóstico con identidad”

Lo dijo Juan Coria, un villamariense de 40 años que tuvo leucemia a los 24 y sobrevivió. Recientemente publicó el libro “Sanar en la enfermedad”, en el que ofrece herramientas para que, quienes se encuentran atravesando una enfermedad, puedan abordarla
domingo, 12 de marzo de 2023 · 07:30

Escribe: Fran Gerarduzzi
DE NUESTRA REDACCIÓN


Es finales de 2006.

Juan Coria, villamariense,  de 24 años, vive en Córdoba y está terminando de cursar la Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional: solo le queda rendir Epistemología y, luego, hacer la tesis.

Llega el receso y viaja a visitar a su padre y a su madre, que están separados: él vive en Villa María y ella en Neuquén, donde Juan Coria se reúne con tres amigos que estudian en otras ciudades, que también han vuelto y con los que se organiza y se va, como mochilero, a la cordillera.

Se siente cansado, pero es un cansancio raro, diferente. Le aparecen, además, ronchas en las piernas que, piensa, pueden deberse a alguna reacción alérgica. No le importa demasiado porque lo está pasando bien, y porque sabe que pronto, cuando vuelva a Córdoba, va a rendir su última materia.

Termina el viaje, regresa a Neuquén a pasar unos días con su madre y las ronchas son cada vez más: en las piernas, en la panza. Ve a una dermatóloga y no recibe ningún diagnóstico.

Ya en Córdoba, con el verano encima, comienzan los resfríos: cada tres o cuatro días levanta fiebre, le duele la garganta. Él, de todos modos, prepara Epistemología, estudia: el examen es el jueves 15 de febrero de 2007.

Mientras, visita a otra dermatóloga, en Córdoba. Le pide estudios. Se los hace y cuando la vuelve a visitar, lo acompaña su padre. Ella hace algunas preguntas y le pide a Juan Coria que vaya a buscar un papel a secretaría: lo hace para decirle al padre, cuando se quedan a solas, que su hijo estaba grave; que tenía que ver urgente a un oncólogo. Y le recomienda, entonces, el Hospital de Clínicas.

Falta, todavía, para que los análisis confirmen lo que se presume: leucemia mieloide aguda. Y falta, mucho más, para que escriba un libro.

El 15 de febrero de 2007 Juan Coria rinde y aprueba: es pura euforia cuando recibe un llamado de su padre, que lo cita en el Hospital. Cuando llega, encuentra también a su madre. No se sorprende al verla, pero igual le pregunta por qué ha viajado y ella le responde que para felicitarlo. Se entera, después, que tienen que internarlo ese mismo día y él se convence de que quizás tiene las defensas bajas: ha estado nervioso por el examen, prácticamente no ha dormido. Puede tener sentido.

Unas semanas más tarde le hacen un estudio más preciso: una punción de médula. Le meten una aguja para biopsia en el pecho -en el hueso- y le extraen sangre. Le duele como nunca le ha dolido nada y ya no hay, para él, más dudas: los médicos le hablan del cáncer y le explican que se combate con quimioterapia y, en algunos casos, con trasplante.

Él desconoce la palabra leucemia y le pregunta a su médica, Alejandra, si puede morir. Ella le responde: “Morir se puede morir alguien de una apendicitis. Pero con un tratamiento muchos han salido”.

 

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El tratamiento duró casi seis meses: primero hubo dos procesos de quimioterapia en el Hospital de Clínicas.

Hubo tiempo, internado, para leer libros y ver cine. Hubo un día, que mirando una película, se molestó y cambió al canal de deportes y no supo por qué. Hubo un instante, al final de ese día, que entendió: en la película había muerto alguien y él se sintió invadido por el miedo a morir. Y hubo, entonces, un psiquiatra y pastor, llamado Sebastián Palermo -que se convirtió en un gran amigo- que lo ayudó a nombrar sus temores.

Hubo enojo, cansancio. Hubo, por ejemplo, 40 días seguidos de fiebre que producía un virus en su estómago y que consiguió detectar una infectóloga para que se pudiera seguir con la quimioterapia. Y hubo, todos y cada día, una bioquímica a las siete y media de la mañana a su lado para meterle una aguja en el brazo.

Sin embargo, cuando los médicos observaron que su médula no entraba en remisión -es decir, que los blastos (las células tumorales que no se transforman en glóbulos blancos sanos) no disminuían a un nivel ínfimo-, decidieron que se avanzara con un trasplante, para evitar una recaída.

Había dos posibilidades: un hospital de Buenos Aires o, en Córdoba, el Hospital Privado. El domingo 29 de julio de 2007 -día que cumple años su hermano- se interna en el Privado y un mes después le dan el alta. Siguen casi seis meses de cuidados y controles exhaustivos para evaluar la respuesta del trasplante. Juan Coria sale poco a la calle: debe protegerse del sol, del amontonamiento de gente.

Las semanas pasan y él le consulta a una médica cuándo consideran que un paciente está sano después de ser trasplantado. Ella le dice que la mayoría le va a decir que son cinco años. Y le aclara: “Entre nos, los médicos sabemos que cuando pasaron dos años y el paciente trasplantado no tuvo recaídas, el porcentaje de efectividad es bastante”.

Pasó el tiempo: al principio, Juan Coria se extraía sangre en el Privado día de por medio para revisar sus valores. Después, cada mes, iba dos veces por semana. Después, cada dos meses, una vez por semana. Así, los períodos comenzaron a espaciarse hasta que, después de los dos años, empezó con un estudio anual. 

 

***

Ahora es la media mañana de un sábado de marzo de 2023 y Juan Coria, 40 años, ya licenciado y también educador emocional, recuerda aquellos seis meses que estuvo internado en el Hospital de Clínicas: esos días en los que sus padres sabían que él tenía un 17% de posibilidades de sobrevivir, esas noches en las que las médicas le decían a su madre que besara a su hijo, que lo abrazara porque no sabían si al día siguiente iba a despertar.

Recuerda que durante el tratamiento conoció a una mujer de Río Tercero, que había tenido la misma enfermedad, y que lo visitó. “Se dieron esas coincidencias lindas que nos presenta la vida: ella había estado en la misma habitación que estaba yo en ese momento, la número cuatro del área de oncohematología”, dice y se acuerda de esa mujer “grande”, con “rulos voluminosos”, que le decía: “No te la voy a dibujar: te vas a querer volver loco, te vas a querer arrancar el suero, dejar el tratamiento, ir a tu casa; no es fácil, no va a ser fácil, pero sí te puedo decir algo: se puede salir adelante”. Y él, pelado, con 55 kilos cuando su peso era de alrededor de 10 o 12 más, la vio tan plantada y tan segura que sintió esperanza.

“Soy cristiano, soy un hombre de fe”, dice. Cuenta que se crio entre libros, con una madre profesora de Letras, y que creció en talleres de escritura. Su sueño era publicar.

“Sabía que en algún momento iba a tener que escribir sobre esto. Era un deseo que no estaba postergando, sino que todo libro tiene su tiempo justo”, comenta. Y, a principios de 2022 comprendió que ese era el momento: ya había tomado distancia, la experiencia había madurado en él.

“Sanos en la enfermedad” es el nombre de la obra -la tercera que escribe- y lo publicó el lunes 6 de este mes. “El libro no pretende ser religioso”, aclara y dice que si bien habla de su reencuentro con Dios, ofrece “herramientas” para quienes atraviesan una enfermedad o escenarios “difíciles, duros, catastróficos”.

El libro no busca que una persona sane. “Invito a poder mirar un poco más allá de una vida que trasciende y que a todos, en algún momento, se nos corta acá en la tierra”, comenta.

En el texto habla, entre otras cosas, de la tolerancia a la frustración. “Hay tratamientos que son largos y se corre el riesgo de caer en una angustia, en una depresión, de bajar los brazos. Entonces hablo mucho de cómo vivir el día a día, de la paciencia”, explica.

En otro capítulo, titulado “Perdiendo el miedo a la quimioterapia”, intenta “desmitificar”, principalmente, para aquellos que no están familiarizados y para evitar que la palabra “cáncer” paralice. “Lo emocional impacta en el cuerpo y termina siendo contraproducente en personas que en ese proceso de tratamiento necesitan de sus defensas, de su sistema inmunológico”, dice.

Cuenta, además, que es habitual escuchar a gente decir: “Soy diabético”, “soy hemofílico”. Entonces, dice: “Es muy fuerte decir que alguien es un diagnóstico clínico. No hay que confundir diagnóstico con identidad”. Y agrega: “Alguien dirá: 'Son formas de decir'. Sí, son formas, pero creo que una palabra tiene un poder para sanar como para enfermar”.

Hubo alguien que ya escribió eso de que “(...) una palabra tuya bastará para sanarme”. Hubo, tantos, desde siempre, que insistieron con eso: con la palabra, con lo que se dice, con cómo se lo dice, con las consecuencias de lo que se dice.

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