Informe - Vecinos de la ciudad analizan, desde su prespectiva personal, estas últimas cuatro décadas
Democracia, 40 años: de Alfonsín a Milei
¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia? La cuestión no tiene una respuesta sencilla, pero sí admite opiniones personales. A continuación, compartimos algunasHace apenas una semana, una joven mujer se quejaba, en la verdulería, de los precios de la mercadería, cada vez más altos, de la inflación que es un flagelo y de que en este país no se puede vivir. Y remató su amargo lamento con una sentencia breve y lapidaria como un cross a la mandíbula:?“¡Yo no lo voté (a Javier Milei) para esto!”. Se entiende el enojo, por la escandalosa suba de precios de artículos de primera necesidad, se entiende la urgencia y la ansiedad, en estos tiempos signados por la urgencia y la ansiedad de que toda angustia se resuelva con un clic en el celular y una plegaria a San Google, se entiende que un ciudadano de a pie no tiene por qué ser un experto en Historia, en Economía o en Politología para entender lo complejo que es el Juego de Tronos, el tira y afloja de los vaivenes de la política; pero lo que no se entiende es esa suerte de pensamiento mágico que queda al descubierto en esa contundente frase “yo no lo voté para esto”, como si el mero acto de ejercer el derecho de votar, de introducir un papel con unos cuantos nombres en una caja de cartón, por sí mismo, y a la velocidad el rayo, te viniera a solucionar los problemas. Así de fácil, como escribir la palabra “bizcochuelo” en YouTube y que uno de los miles de tutoriales de repostería casera que hay te ofrecieran la receta mágica, práctica, simple y rápida para que te luzcas en el tea five o clock de esa misma tarde.
No, señora, no señor, la política es otra cosa, la democracia es otra cosa. Tal vez no acertemos a entender del todo de qué va la cosa, pero por lo menos sería aconsejable sospechar que no se trata de romper dos huevos, espolvorear un poco de azucar y otro de harina y ¡voila!, listo el pollo, o el bizcochuelo, para seguir con la repostería.
Hoy se cumplen 40 años desde que Raúl Ricardo Alfonsín asumió como presidente de los argentinos, democráticamente elegido. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces, alguna primavera, algún veranito, no pocos inviernos, varios muertos, unos desaparecidos.
Se han conquistado derechos, se han restituido identidades, se han perdido códigos, se han roto pactos y hemos asistido (no hace tanto, la verdad), pasmados, confundidos, shockeados, incrédulos, nada más y nada menos, que al intento de magnicidio de la vicepresidenta en ejercicio, hasta ayer, dos veces presidenta de la Nación y referente indiscutida no solo de la política y la democracia de este país sino de, por lo menos, el resto del continente. Y ahí estábamos nosotros, mirando por la tele esa afrenta, esa vejación a la democracia bien entendida, como si se tratara de una película de ficción. Y podría haber sido cualquier dirigente, de cualquier partido, elegido en democracia y sería exactamente igual. Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de democracia?
Vecinos de distintas generaciones, dan su punto de vista. Alguno nació ya en plena democracia; otros, inauguraron su infancia con el advenimiento de la ella, y otros, salieron al sol de la democracia tras padecer la larga y pesada noche de la dictadura.
Guido Gasparini Docente
“A 40 años de la recuperación de la democracia en nuestro país, es nuestro deber reafirmar ciertos acuerdos sociales que hemos conseguido como sociedad. La dictadura cívico-militar en la Argentina generó, además de la desaparición física de personas que pensaban distinto, una fragmentación de los lazos sociales que supimos reconstruir con organización, empatía y acción colectiva.
Se torna imperante entonces defender la idea de una sociedad cohesionada, que respeta la diversidad de pensamiento y busca resolver los conflictos siempre por medios pacíficos.
El aspecto central a sostener es el derecho al pensamiento libre y a la expresión en todas sus manifestaciones.
Decir lo que pensamos, actuar en consecuencia con coherencia y defender derechos conquistados es nuestro deber como comunidad democrática y solidaria.
Ante sectores que siembran discursos de odio contra quien piensa distinto, mecanismos de control social que rozan o en algunos casos llegan a lo violento, relacionarnos mediante el diálogo y el respeto es la mejor manera de defender la situación conseguida.
Como hijo de la Universidad Pública, espacio que me formó como profesional y como persona, considero fundamental que la democracia se siga sosteniendo en los distintos planos de la vida: la educación, la salud, la participación política, la vivienda, la alimentación; derechos fundamentales que jamás deben negociarse.
El Estado lo conformamos todos/as, tanto el Gobierno entrante como nosotros/as miembros de la sociedad civil y tenemos la tarea de sostener el sistema democrático los próximos años, de defender nuestros derechos conquistados a partir de la participación activa y el debate como herramienta de transformación política y social”.
Elizabeth Teiler vicerrectora de la UNVM
“Cuarenta años de democracia son para mí una gran realidad colectiva e histórica. Hablar de democracia es pensar en lo abstracto (en algo que no se toca). Muchas veces las cosas que no se palpan son aquellas que más se aprecian y se cuidan.
Cuando arribé a la vida democrática de lo colectivo fue en la escuela rural, caminando mi tercer grado en el año 1983. De una familia comprometida con la vida comunitaria pero con una juventud marcada por la idea del “que se vayan todos” y “algunas pocas todas”
Por esos tiempos, tuvimos que apelar a derribar miedos de adultos sufrientes de la dictadura reciente para que nos habilitaran a militar. Tuve la dicha histórica de haber renacido a la política democrática en un tiempo que fue primero de transformación y deconstrucción y luego la etapa de visibilización y materialización de derechos. En los vaivenes de los modelos de gobierno siempre pudimos mantener vivo el sentido y el valor que tanto amamos, esa democracia que se vive como un acuerdo social que es piso y base de lo innegociable.
Considero muy importante mantener viva la memoria de nuestra comunidad frente a lo que significa la pérdida de este estado colectivo de contrato social maduro. En tal sentido, siempre me he preguntado e instado en que se pueda hacer más visible la realidad que propicia la democracia como continente de nuestras vidas. Nosotros y nosotras le ponemos contenido a una vida que sucede en un contexto continente mayor, que otorga las condiciones en las que nuestros sueños y proyecciones se desarrollen en libertad.
Esa es, al menos para mí, una clara evidencia de que la democracia es muestra de que la individualidad tiene poco sentido si no es comprendida en un contexto más amplio que se logra colectivamente.
Los partidos políticos (perfectibles) siguen siendo la herramienta que nos hemos dado como sociedad para defender la representación entre nosotros y nosotras y serán tiempo de seguir transformando nuestras vidas, sabiéndonos responsables y merecedores de lo común compartido.
Así, la democracia es derecho, es libertad, es lo que compartimos como conjunto social, es soberanía y gobierno entre nosotrxs, es amor por lo que es de todos y todas. Es expresión, es cuidado, es esperanza, es mi tierra y sus recursos, es el conocimiento de nuestra gente.
Desde la emoción vivida en la plaza de Justiniano Posse celebrando con Alfonsín el retorno de la democracia, no hemos parado de crecer en el ejercicio de este Estado de Derecho. Será en la etapa que se inicia este 10 de diciembre un momento para reflexionar sobre los riesgos (siempre latentes) de disputar caminos con el agregado social pleno. Creo fuertemente en la madurez democrática en permanente construcción de nuestra amada argentina. Creo que la democracia es nuestro mayor punto de encuentro”.
Mónica Célis locutora
“Vamos a cumplir 40 años de democracia. Recuerdo cuando llegué desde Oncativo a Villa María, por Dios, qué hermosura, con tantas ilusiones, con tantos sueños... Me integré a un grupo, y un poco me cargaban y se reían de mí mis amigos, me presentaban diciendo ‘acá tengo una amiga que es peronista y dice por qué’. Era una rareza encontrar en Villa María una chica peronista que dijera por qué era peronista, pero era así. Llegué a la cuna del radicalismo en plena primavera alfonsinista, en pleno enamoramiento alfonsinista y el entusiasmo era espectacular. Momento histórico si los hubo, hermosos tiempos, hermosa Villa María, siempre generosa en oportunidades, en abrir las puertas, en recibirte amorosamente. Pero claro, duró lo que duró, ya lo sabemos. Línea de tiempo: carapintadas, punto final, menemismo, alianza. En lo personal, aquí, en Villa María, trueque para poder sobrevivir, y después, tres o cuatro presidentes. ¿Cuántos? Cinco, en un fin de año, precisamente. Y luego salió el sol, o vientos del sur, con Néstor y Cristina; y después vino la noche, con Mauri, y todavía sigue, con Albert... ¿Y ahora? Bueno, ahora estoy esperando que me despierten y me digan que esto es una pesadilla. ¡Vamos a cumplir 40 años de democracia con la asunción de un Gobierno que quiere el programa económico de Videla y Martínez de Hoz! Parece una broma para VideoMatch”.
Gustavo Caleri librero
“Por una cuestión eminentemente cronológica, el regreso de la democracia coincidió con mi ingreso a la escuela secundaria, es decir, a la adolescencia, esa edad en la que casi todo resulta inolvidable. Aquel tiempo de efervescencia colectiva se repetía a escala hormonal en mi torrente sanguíneo con inusitada ansiedad transformadora.
Todo era novedoso, la música, los amigos, el sexo y por supuesto, también la política. A diferencia de lo que sucedió después, la histórica dicotomía sarmientina de civilización o barbarie tenía sus claras representaciones partidarias, optar por una u otra significaba, lo sé hoy, asumir un destino.
Por tradición familiar o simpatía con la indiada, me incliné por los perdedores. Pude elegir. 40 años después, gana cada vez más fuerza la sensación de que ese solo gesto, antes vital, ahora no alcanza. La incapacidad de las diversas administraciones de proveer un mínimo bienestar sostenido en el tiempo, principal motivo del voto, pone en jaque la narración misma del sistema democrático como una historia común de experiencias transmisibles que nos conectan como comunidad y nos salvan de la contingencia.
En los últimos tiempos, volvió a cobrar relevancia una vieja cita de Gramsci que no por repetida deja de ser esclarecedora: “El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La irrupción del mundo digital en la esfera política está provocando graves trastornos en la formación de la opinión pública, difundiendo noticias falsas, teorías conspirativas y discursos de odio, acelerando un cambio estructural de consecuencias imprevisibles.
La incertidumbre reinante reclama estar atentos: en la oscuridad que proponen estas tormentas cualquier luz puede confundirse con un faro. Dios quiera que naufragar no sea necesario para comprobarlo”.
Volviendo a la verdulería en la que comenzó este breve informe, podríamos decir que la democracia, ejercer el derecho al voto, no es una cuestión de fe ni un acto de magia. Se puede elegir atravesado por la bronca, por el tedio, por la desesperanza, por el rencor, pero, si hacemos un ejercicio simple y doméstico que sirva de comparación, acaso caprichosa, como una libre asociación, podríamos plantearnos que la democracia es la ensalada de frutas que serviremos tras la cena familiar de Navidad o de Año Nuevo.
Seguramente, nadie elegirá una fruta medio verde, falta de maduración, o bien, ya pasada, medio podrida. La fruta que irá a parar a la ensaladera familiar se elige lo más cuidadosamente posible, porque de ella se servirán los hijos, la pareja, los primos, la suegra, el cuñado e incluso algún que otro amigo entrañable, sin contar con que también uno comerá de ella. Y no solo ese día fijado, sino también al siguiente, porque siempre sobra. Visto así, simple y doméstico, conviene evaluar el voto en la urna como la fruta para la ensaladera que es común y compartida.
Puede que después, una vez servida la ensalada a los comensales, cada uno en su compotera pueda agregarle un toque personal: quizá quitar el kiwi, si no es de su agrado, o los daditos de melón, o agregarle un poco de vino blanco, quizá una cucharada de dulce de leche, o una pizca de canela, o de pimienta, o sal incluso, cosas más raras se han visto, pero sobre una base sólida y sana que nos comprenda y nos aproveche a todos. Puede que no sea la mejor ensalada de fruta del mundo, pero siempre es mejor poder servirla en la mesa común que extrañarla. Por más democracia, siempre.
