Acerca de la muerte de un periodista que amaba la experiencia de El Diario
El adiós a Ariel Lima Feijoo
Estaba en su puesto de trabajo, en el noticiero de la TV Pública, cuando su corazón dijo basta. Comenzó como diagramador en una editorial fuerte de los 80 y trabajó y estudió mucho para llegar a estar ante las cámaras. Siempre lo eligieron los compañeros... ¿Cuál era su relación con Villa María?Escribe: Sergio Vaudagnotto
DE NUESTRA REDACCION
Surgen estas líneas exactamente una semana después de la muerte de Ariel. Ya se escribió lo esencial a la noticia... Tenía 61 años, tres hijos, trabajaba en el canal desde 1999, estaba sentado en el sector del informativo, tuvo un paro cardíaco masivo, era muy querido por sus compañeros...
Y surgen las palabras como una necesidad, tal vez como una obligación de ir un poquito más allá y presentar a nuestros lectores, a la persona, a un tipo que quería mucho a nuestra ciudad y a nuestro diario.
¿Por qué? Bueno, Ariel Sergio Lima (el apellido Feijoo se sumó después en claro homenaje a su querida madre, que lo esperaba los fines de semana al otro lado de la General Paz) era el delegado de los trabajadores de Ediciones de La Urraca, perteneciente a Andrés Cascioli, donde se elaboraban las revistas Humor y El Periodista, entre otras.
Coincidía con él en el plenario de delegados del gremio de prensa, al que me tocaba asistir como miembro de la comisión interna de los trabajadores de la Agencia DyN; con él y con tantos otros: Ana Ale y Pablo Llonoto, que participaba por Clarín; Quico Vignoles y Horacio Raña, por Crónica; Tato Dondero por Página/12; Luis Gramuglia, por NA; Miguel Núñez, por La Razón... y tantísimos otros peronistas, radicales, troscos, comunistas, intransigentes..., que crecimos en nuestras diferencias.
Discutíamos, debatíamos y después nos íbamos a comer milanesas con fritas a algún bodegón de avenida de Mayo o vermicellis a Pippo. Se hacía tarde y llegaba el momento en que Lima te decía: “Qué te vas a ir hasta La Paternal a esta hora. Quedate en casa”.
Entonces, probablemente, se pidiera una jarra más de vino y después él te hacía entrar al departamento de la calle Perú en silencio para no despertar a sus hijos, le explicaba a su esposa y te tiraba un colchón en el piso.
Primer intento
Cuando Cascioli decidió cerrar El Periodista, se tomaron las instalaciones de la empresa en la calle Venezuela. Y ahí estábamos todos, haciéndole el aguante a Lima y a todos los compañeros, pero no se pudo. Los laburantes alquilaron un departamento en la zona de Once e intentaron la aventura de la cooperativa, pero el nuevo Periodista no sobrevivió demasiado tiempo.
Segundo intento
Poco después, en plena hiperinflación, los hermanos Pirillo, dueños de la fábrica de jabón Federal, aventureros de los medios, cerraron el histórico diario La Razón. Y allá fuimos, con Lima, a hacerle el aguante a Miguel Núñez y a todos los trabajadores. Nuevamente, tomamos las instalaciones, vinieron León y Víctor a cantar en la puerta y quisimos poner en marcha la rotativa, pero Papel Prensa no nos vendió el insumo básico...
Había sido delegado de sus compañeros y como tal llegó a la conducción de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (surgida de la unificación del Sindicato de Prensa y la Asociación de Periodistas, por la que trabajó mucho) y también accedió a un cargo nacional al llegar a la conducción de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa.
Era diagramador y tuvo que prepararse, estudiar, para ingresar como redactor al Canal 7, donde sus nuevos compañeros ya lo eligieron para integrar la conducción de la mutual que los une. Y más tuvo que desarrollar sus aptitudes para estar ante la cámara, pero lo consiguió. Durante muchos años le tocó hacer la guardia nocturna en el informativo y fue por ello que llegó inmediatamente a Cromañón, esa república en llamas, que le hizo transmitir en vivo y en directo sus lágrimas a cada paso, a cada golpe de espanto.
Terminó siendo una tremenda cobertura desde lo humano y tal vez por ello (y seguramente por mucho más) hizo importantes crónicas desde El Vaticano, Venezuela... y llegó a conducir emisiones del noticiero.
También se dio el gusto de publicar el libro “Un abrazo, tres religiones”, una crónica de la gira del Papa Francisco por Medio Oriente, que cubrió en 2014.
“Entre sus pasiones -y también como objetivo concretado- se hizo tiempo para el cine, con una breve incursión en el cine como extra. Sacaba pecho de ese puñado de planos en la película ‘No llores por mí, Inglaterra’ (2018), dirigida por Néstor Montalbano y protagonizada por un extravagante elenco encabezado por Mike Amigorena, Gonzalo Heredia y Diego Capusotto”, recordó Clarín la semana pasada, al dar cuenta de su muerte.
Pero Lima quería al Diario del centro del país. “Traeme un chaleco, una remera, lo que sea que tengan de merchandising”, pedía cuando uno le anticipaba algún viaje a Buenos Aires.
Y a cambio te daba un chaleco, una remera o lo que fuese de la TV Pública.
¿Por qué? “Porque es un diario sin patrón, que publica de todo; donde nadie te baja línea para prohibirte nada... Ustedes lo consiguieron. En la Urraca y La Razón, no pudimos, ¿te acordás?”.
Pasaba por Villa María, casi siempre para alguna cobertura en Córdoba, y nuevamente se daba el intercambio de camisetas y se llevaba en el auto todos los ejemplares que podía.
Quería a la ciudad a través de El Diario. Quería lucir en el noticiero la ropa de Pato Pampa “porque es de Villa María”.
“Hablale al dueño, después le ponemos el logo al final del noticiero”... Y en eso estábamos, amigo. Lo charlamos con Juanjo Bertolino y todo, pero a ese corazón apasionado, bonachón y loco se le vino ocurrir detenerse justo ahora, justo ahí, en la redacción, hacerte noticia justamente a vos, que tantas veces dijiste que “la noticia no somos nosotros; nosotros no importamos; importa la gente”.
