Participaron dirigentes y funcionarios de diferentes espacios

El discurso, el odio, el discurso del odio y sus efectos

Tras el intento de magnicidio a la vicepresidenta Cristina Fernández, en la ciudad hubo una conferencia de prensa y una movilización hacia el?Concejo Deliberante en apoyo a la funcionaria
sábado, 3 de septiembre de 2022 · 12:01

Escribe: Franco Gerarduzzi
DE NUESTRA REDACCION


Son poco más de las 11. En el salón de la sede local de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), en calle Santa Fe 1559, en barrio Ameghino, algunas personas se sientan en una serie de sillas negras. La mayoría se queda parada. Esperan que comience una conferencia de prensa.

Mientras, sobre una mesa blanca, hombres y mujeres colocan una pancarta, también blanca, con la cara de la vicepresidenta Cristina Fernández en negro, sonriendo y con los dedos en “V” y la frase “Todos con Cristina”. Luego, detrás de la mesa, en lo alto de una pared, cuelgan otra pancarta igual.

A lo largo de la mesa se sientan, entre otros, el secretario general de ATE, Fernando Mercado; la gerenta de la UDAI Villa María de ANSES, Camila Perassi; la secretaria general del Círculo Sindical de la Prensa (Cispren), Rosana Calneggia; el histórico dirigente de Judiciales, Roberto Battaglia; el alumno -en representación de  estudiantes secundarios-Augusto Barberis; una representante de Apuvim, y una del centro de estudiantes El Aluvión de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM).

En el salón se está cómodo: a pesar de que son alrededor de cien personas, sobra espacio.

Mercado es el hombre que, hace unos minutos -una media hora-, conversaba en la vereda con sus compañeros. Es el que, recién, decía esto: “Somos más de 300 compañeros en la Fábrica. No se dan cuenta lo que pasó. La última esperanza que tenemos los trabajadores es ella”.

Ella, Cristina Fernández.

Mercado es el hombre que, ahora, dice varias cosas. Es el que se refiere a un ataque sistemático de los medios de comunicación.

Es el que propone algo demasiado peligroso, algo que los demás aplauden, algo con lo que, supongo, acuerdan: que los “grupos hegemónicos” dejen de recibir pauta porque comunican “en desmedro del pueblo”.

A veces se habla livianamente de la pauta y la pauta está compuesta por fondos públicos.

No es personal, no es privada.

Entonces, a través de una ley del Congreso, por ejemplo, -si hay intención-, se podría pensar en la asignación de recursos públicos a los medios. Se podría pensar en criterios: si son pequeños, si son del interior, si son de Capital?Federal, si pertenecen a grupos económicos, etcétera, etcétera.

Pero, parece, nadie quiere hacer algo para que se le quite discrecionalidad a la asignación de esos fondos.

También hay que decir otra cuestión: que esos grupos hegemónicos que menciona Mercado, posiblemente, serían los únicos que podrían subsistir sin la pauta publicitaria oficial.

Sin embargo, cuando él dice eso, yo pienso en los Tratados Internacionales, en el Pacto de San José de Costa Rica, en el artículo 13, en el inciso 2, que dice: “No se puede restringir el derecho de expresión por vías o medios indirectos, tales como el abuso de controles oficiales o particulares de papel para periódicos, de frecuencias radioeléctricas, o de enseres y aparatos usados en la difusión de información o por cualesquiera otros medios encaminados a impedir la comunicación y la circulación de ideas y opiniones”.

Pienso en la pauta, en el momento en el que se transforma en un medio de censura, digamos, sutil.

El sindicalista siguió diciendo cosas: dijo lo que decía San Martín, que “cuando la Patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla”; que se perdieron los códigos entre los partidos políticos; que a Cristina Fernández no intentaron amedrentarla, que intentaron, en cambio, ejecutarla; que ella es una síntesis de un proyecto político que piensa en los pobres; que Dios es peronista porque si la bala hubiera salido hoy todo sería llanto; que se llegó a este escenario después de cuatro años de macrismo, de robo y de endeudamiento; de la necesidad de exigirle la renuncia a los miembros de la Corte Suprema.

Perassi, por su lado, resalta que los discursos que no condenen el intento de asesinato o que sean tibios son “inadmisibles”. Ella dice que Cristina Fernández es perseguida por ser mujer y por querer un país para todos y concluye: “El amor no se proscribe”.

Calneggia hace alusión al “intento de magnicidio” y destaca que no puede ser ajeno. Y hace énfasis en otro aspecto: en que no solamente los trabajadores y los militantes tienen que estar en las calles, sino que principalmente debe hacerlo la dirigencia política -y no con adhesiones escritas-.

Uno de los últimos en hablar es Battaglia. Señala que “el intento de homicidio” lleva los nombres del expresidente Mauricio Macri, del jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta, de la exministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Además habla de los medios, como La Nación, que “envenenan la cabeza de la gente”. Y, por último, afirma: “Estamos dispuestos a cumplir con la consigna: si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”.

Hay otros discursos, más breves, que insisten en repudiar el hecho, que apoyan a Cristina, que remarcan la importancia de recuperar la paz social, de que “Nunca más” sea “Nunca más”, que termine la violencia, el odio.

Entonces, llegan los aplausos y cantan: “Lo que yo siento/ por este movimiento/ se defiende en las calles/ poniendo el corazón// Y muchas veces/ nos bancamos la lluvia/ los palos de la yuta/ y todo eso por vos// Gorila no te va a alcanzar/ la nafta no te va a dar// Si la tocan a Cristina/ qué quilombo se va a armar”.

 

La movilización

Es casi el mediodía y ya no hace el frío de media mañana: el sol, que cae vertical sobre las calles, moja con un calor tenue. Hombres y mujeres y jóvenes se organizan en la sede de ATE, con bombos y redoblantes y banderas, y comienzan a caminar hacia el Concejo Deliberante.

No dejan de cantar:?“Ya de bebé/ En mi casa había una foto de Perón en la cocina/ Y ahora de grande/ Unidos y Organizados junto a Néstor y Cristina// Yo voy a seguir/ La doctrina peronista porque yo no tengo dudas (...)”.

Desde una ventana, por calle Santa Fe, pasando Chile, una mujer grita: “Viva Cristina”. Más adelante, cerca de la escuela José Ingenieros, una mujer de poco más de 60 me mira y dice:?“¿Qué tienen en la cabeza? Por calle Buenos Aires, antes de llegar a Alem, un hombre y una mujer -dos viejos de, quizá, 70 años- se detienen en la vereda, acompañan los cantos, arengan, levantan los dedos en “V”.  En Alem y Entre Ríos, desde una remisería un hombre grita: “Vayan a laburar. Parásitos”.

Se acercan al Concejo, donde ya esperan miembros de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina (UOCRA). También hay funcionarios como el secretario de Educación, Cultura y Promoción de la Ciencia, Rafael Sachetto, y otros dirigentes como el secretario general de la Central General de los Trabajadores (CGT), Edgardo Garmendia.

A las 12.15, en las afueras del Concejo, hay, creo, unas 300 personas que saltan y cantan y filman con sus celulares y que siguen haciéndolo cuando deciden entrar.

Poco después aparece el presidente del Concejo, Pablo Rosso, y lee un documento que lleva la firma de todos los integrantes del cuerpo legislativo y que, en síntesis, repudia “el ataque institucional a la vicepresidenta”, que hace hincapié en la defensa de la democracia y que solicita a la Justicia “el esclarecimiento y la condena de este grave suceso, el de mayor conmoción desde el regreso de la democracia”.

Termina y continúan los discursos. Garmendia es el primero. Le siguen algunos de los que ya habían hablado antes, en la conferencia: Barberis, Perassi, Mercado. Se suman otros: Elvio Toscano de la Asamblea por los Derechos Humano (APDH); la titular de la sede de INADI en la ciudad, Cintia Cravero. A Fanny Bustos, una de las mayores referentes de la diversidad en Villa María, la llaman, pero -a pesar de haber estado hasta hace un rato- no está en la sala.

Cuando me voy, el trajín en las afueras del Concejo todavía es bastante. Algunos charlan, otros fuman. Fanny conversa con otra mujer en una esquina. Es casi la 1 y ya no hay cantos. Camino y, a medida que avanzo, las voces se convierten apenas en un rumor, algo que se pierde rápido.

Pasan las horas y ahora, que son las 9.15 de la noche y estoy en una redacción, me acuerdo de un texto que escribió el semiólogo, sociólogo y antropólogo argentino Eliseo Verón. El artículo se llama “Discurso, poder, poder del discurso” y en un fragmento dice lo siguiente: “Basta, en efecto, analizar con cierto detalle cualquier proceso político para adquirir una convicción: los llamados hechos políticos (dimisión de un presidente, golpe de Estado, etcétera) no existen independientemente de su semantización discursiva, son estrictamente inseparables de los discursos. Inversamente, dentro de la dinámica de una situación política determinada, todo discurso es un hecho político”.

Pienso nada más que en eso: no solamente en lo que se dice, sino en cómo se dice, en las palabras, en cada una. Pienso en las decisiones narrativas. Pienso nada más que en los efectos. En las consecuencias.