Oscar Aiassa - “Yo tenía 12 años y ni me imaginaba quién era esa gran persona a la que veía todos los días”
A solas con el asistente de Sabattini
Le abrió la puerta de la casa de la calle Mariano Moreno a figuras ilustres de la historia nacional, como Alfredo Palacios, y también a jóvenes radicales de entonces como Eduardo Angeloz, que querían dialogar con el admirado exgobernadorEscribe: Sergio Vaudagnotto
DE NUESTRA REDACCIÓN
“Éramos cuatro: el cocinero, la señora de la limpieza, el jardinero y yo, que era su asistente, tal como se refería a mi cargo Don Amadeo. Me encargaba, al comienzo de la mañana, de llevarle todos los periódicos y una pila de cartas que llegaba cada día, además de atender el teléfono y hacer pasar a la sala de espera a quienes tenían cita para esa jornada; generalmente personas destacadas en la sociedad...”. Son las primeras palabras de Oscar Aiassa en la charla que mantuvo ayer con un periodista de El Diario.
-Oscar, ¿cómo llegó a ser el asistente de Amadeo Sabattini?
-Bueno, con mi familia vivíamos en la calle López y Planes al 600. El vecino de al lado era Valeriano Ojeda, amigo de mis padres. Él era carrero y se dedicaba a recoger, en el Ferrocarril Belgrano y en el Mitre, paquetes, cajas, sobres, correspondencia, que después repartía por las casas y los comercios con su carro tirado por dos caballos. De vez en cuando me veía en la vereda, me hacía señas y me llevaba a hacer algún reparto. Cuando terminé la primaria en la Escuela Paraguay se me acercó un día a decirme que me había conseguido trabajo. Se lo conté a mi madre y me dijo que fuera a ver qué era. Fuimos en el carro hasta la casa de Don Amadeo Sabattini y la verdad es que yo no me daba cuenta a esa edad de lo que estaba sucediendo. Cuando llegamos, Valeriano le dijo: “acá tengo al cadete que estás necesitando”, porque lo tuteaba. Y el doctor me preguntó: “Cómo se llama usted”, porque me trataba de usted. “Oscar”, le respondí. Y él dijo: “Bueno, desde hoy va a ser mi asistente. Lo necesito de 9 a 12.30 y a la tarde o a la noche estudia la secundaria”.
Amadeo Sabattini había sido gobernador de la provincia entre 1936 y 1940. Unos años más tarde, Juan Domingo Perón vino a la ciudad a pedirle que lo acompañara en la fórmula presidencial, pero el “Peludo chico” o el “Tanito”, como le decía el visitante, no aceptó.
-¿Cuándo comenzó exactamente a trabajar en la casa de la calle Mariano Moreno?
-A mediados de diciembre de 1950.
-Debe haber visto pasar a muchas personas importantes por esa casa...
-Imagínese. Venían de todo el país. Tres o cuatro audiencias como mucho cada mañana, porque eran más bien extensas. Él me decía: “Oscar, hoy van a venir tal, tal y tal. No espero a nadie más”. Los recibía después de haber leído todos los diarios del comienzo hasta el final. Mientras él despachaba sus asuntos con esa gente, yo atendía el teléfono, porque no se debía interrumpir. Después le pasaba la lista de llamados. Por la mañana, todo era actividad política y por las tardes ejercía la medicina. Y no vaya a creer que se vestía con elegancia, eh. Sobre el pijama se ponía una bata marrón nomás, y cuando estaba frío se echaba una manta sobre los hombros.
-¿Es verdad que tenía un bote sobre el escritorio del consultorio para que cada paciente dejara lo que pudiese para abonar la consulta?
-A eso lo supe después, cuando empecé a leer artículos y libros que aparecían sobre Don Amadeo, para conocer más de esa historia de la cual fui un pequeño protagonista. Y vuelvo a la casa de la calle Mariano Moreno de tanto en tanto a repasar los momentos que compartí con ese hombre tan honesto y tan cabal. Don Horacio Cabezas (el intendente de Villa María en el regreso a la democracia), con quien compartí una comisión del Banco Crediccop, era un libro abierto del radicalismo y me instruyó mucho más sobre Sabattini.
-¿Cómo eran esos momentos que usted compartía con él?
-Cuando no estaba trabajando, me llevaba a recorrer el camino de rosas que tenía en el patio; era como un laberinto de rosales. También había un parral. Me ponía la mano en el hombro y me hablaba de usted, muy pausado, como midiendo las palabras, como quien transmite sabiduría. Lamentablemente, no recuerdo todas sus palabras, pero vuelvo a la casa porque hacerlo me trae sensaciones reconfortantes. En el patio donde estaban las rosas y el parral es donde funciona una escuela, al resto de la casa lo han convertido en museo y se mantiene como entonces, afortunadamente. Tengo una anécdota en la casa...
-Cuente.
-En un aniversario de su fallecimiento, que fue a finales de 1960, la dirigencia del radicalismo se vino para la casa, donde siempre se evoca su figura. El director del Museo, profesor Germán Bicego, me presentó al constitucionalista José María Hernández. Y me atreví a sacarme una duda histórica: “¿Por qué a Sabattini nadie lo llamaba doctor y todos le decían Don Amadeo?”, le pregunto. Y me dijo: “Porque doctor es cualquiera, y Don son muy pocas personas”. Pero tengo tantas anécdotas...
-Una más, por favor...
-No, es que cierto día tenía que ir a realizar una visita y le pidió a Valeriano Ojeda si lo podía llevar. Y allá fuimos los tres, yo al medio de ellos. El excelentísimo exgobernador, el Gordo Ojeda y yo paradito al medio de ambos, apoyándome en los hombros de ellos para no caerme... Alguien más sencillo no se consigue.
-Me decía que recibía mucha correspondencia cada día...
-Muchísima, de todas partes.
-¿De quiénes, por ejemplo?
-No, no lo recuerdo. Que las cartas llegaban desde muchos lugares sí le puedo decir. Pero aunque me acordara de alguien, mi deber sería olvidarlo.
-¿Y visitas?
-Imagínese, tres o cuatro por día.
-¿Quiénes?
-Bueno, yo era muy chico y no los conocía, no sabía de su trayectoria, pero el que era inconfundible era Alfredo Palacios (el abogado socialista que fue diputado nacional entre 1963 y 1965), por su bigote, por su sombrero. Él visitó a Don Amadeo en más de una oportunidad. Y venían también muchos grupos de jóvenes. Con el tiempo reconocí a uno de esos chicos, Eduardo Angeloz (el que fue gobernador de Córdoba desde 1983 hasta 1995).
-¿Vivía solo?
-Sí, y sus hijas Clotilde e Ileana venían a verlo. También su hijo, Tucho, que era médico, lo visitaba... Después enfermó, ya no pude estar a su lado...
-¿Fue a su funeral en 1960?
-Claro, como lo hizo toda una multitud. Yo ya era un muchachito. La avenida que ahora lleva su nombre estaba colmada para ver pasar la carroza fúnebre. Fui hasta las puertas del cementerio. Había un acoplado y desde ahí arriba los políticos hacían sus discursos de despedida ante el cajón.
Oscar “Cacho” Aiassa guardó durante décadas, en su interior, un tesoro tan grande como el de haber sido el asistente de Don Amadeo. Ahora decidió compartirlo, aunque solamente él sabe el orgullo que siente.
