Miguel Angel Marcantonio | Bomberos Voluntarios de Morrison

Aprender a ser más humanos

Esa es la parte positiva que Analía Bertoldo destaca de la profesión que con tanta devoción cumplió durante décadas su esposo Mili, a quien describe como una persona generosa, solidaria, que lucha por hacer el bien
jueves, 2 de junio de 2022 · 10:10

“Vivir con alguien que cumple con esa hermosa tarea de ser bombero es vivir con un poco de angustia, especialmente cuando las salidas tienen que ver con accidentes en la ruta o situaciones en el río, pero también nos hace ser más humanos”, cuenta Analía Bertoldo, esposa de Miguel Angel Marcantonio, quien dedicó gran parte de su vida a prestar servicio en el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Morrison.

Mili, como lo conocen todos en esa localidad del sudeste cordobés, después de más de 30 años en esa loable tarea, se jubiló, pero continúa yendo al cuartel para colaborar en lo que sea necesario, sigue estando alerta por cualquier llamado que hagan y, cuando no hay suficientes bomberos, ante cualquier circunstancia va adonde haga falta.

“Siempre lo apoyamos, lo ayudamos allanándole el camino para que salga más rápido a hacer lo que más ama”, dice Analía, quien describe a Mili como una buena persona, muy solidaria, generosa, y que “da todo lo que tiene”.

“Con su jubilación ayuda hasta a personas que no conoce fuera del pueblo”, afirma, y asegura que hasta el día de hoy mantiene el contacto con gente a la que ha auxiliado cuando su vida era cuestión de un milagro.

“El mensaje en este día es que estoy superorgullosa de tener a mi lado a una persona que valora tanto la vida y que lucha diariamente por hacer el bien a los demás. Nuestras hijas y yo lo amamos, queremos que siga así, que nunca deje de brindarse a la gente, al pueblo, a los bomberos y a lo que ellos necesiten, por más que esté jubilado, que siga siempre ayudando en lo que pueda, porque así lo conocimos y así queremos que continúe. Si a él le hace bien, a nosotras también”.

“Siempre estuve orgullosa de lo que hacía, pero un poco me angustia, porque no se sabe con qué se va a encontrar. Yo sé que se cuida y toma todos los recaudos posibles, pero hasta que no vuelve, no me puedo dormir, estoy intranquila. Y ni siquiera podemos llamarlo, porque está ocupado haciendo su trabajo de bombero”, remarca.

“Hubo momentos muy difíciles, dolorosos, por los que ha llorado mucho y ha sentido una gran angustia, fueron los accidentes de dos chicos muy jóvenes del pueblo, uno fatal y el otro no, nosotros tratamos de contenerlo, de apoyarlo, pero es un proceso que lo hace solo, va por dentro. Creo que haría falta un psicólogo en el cuartel para esos casos en los que se enfrentan con la muerte, porque si alguien no se salvó, fue porque no se pudo, y no porque ellos no hicieran todo lo que podían”, señala.

“Como familia, los momentos en los que más tuvimos que sostenerlo fueron en esos dos casos de los chicos del pueblo, en el accidente fatal, los bomberos estuvieron lidiando con esa tremenda situación desde las 19 hasta las 4 de la mañana. Fueron golpes muy fuertes. También hubo un accidente fatal terrible en la ruta, en 1997, en el que las víctimas eran casi todas del pueblo, conocidas, incluso una prima de Mili, y otro, más reciente, en el que estuvo involucrado otro pariente suyo que finalmente se recuperó, pero que tuvo una víctima fatal de Morrison”, recuerda Analía.

“En cuanto a lo bueno, lo que queda grabado en la memoria es el reconocimiento y cariño de la gente. Otro hecho feliz fue que, después de un mes, cuando nadie se lo esperaba, encontró un audífono que había perdido un niño de Marcos Juárez que había pasado por Morrison. La familia lo buscó sin éxito y, como era muy costoso, le pidió a los bomberos que hicieran un rastrillaje. Después de varios días sin resultado, Mili lo encontró. La felicidad de esa familia le alimentó el alma”, apunta, y añade que “como bombero, Mili ha vivido cosas muy positivas, muy lindas, y otras muy tristes”.