A 40 años del final de la guerra de Malvinas, los recuerdos de un excombatiente

“El fin se veía venir y sobre todo se deseaba”

El excombatiente Carlos Giordano contó cómo fueron los últimos días en el archipiélago, cuando él tenía, como tantos otros, 19 años
martes, 14 de junio de 2022 · 08:18

A mediados de junio de 1982, cuando la guerra de Malvinas estaba por terminar, el excombatiente Carlos Giordano, nacido en Laboulaye, localidad ubicada a unos 200 kilómetros de Villa María, tenía 19 años. Ahora es un hombre, tiene 59 y se acuerda de aquellos meses, del Batallón que integraba, el de Infantería de Marina Nº 2 con asiento en la Base Naval de Infantería de Marina Baterías, que fue una de las bases desde  donde partió la Operación Rosario que significó la reconquista de las Islas, que controlaba el Reino Unido hacía casi 150 años, en 1833, cuando las ocuparon. Ahora es un hombre que se acuerda de su trabajo en el grupo de Asuntos Civiles -de unas 41 personas-, donde tenía que garantizar los servicios esenciales como la central de comunicaciones, la usina y la planta potabilizadora de agua. Ahora es un hombre que habla sobre los últimos días de la guerra y que dice: “El fin se veía venir. Y sobre todo se deseaba. Se veía venir porque era insoportable la situación. El avance de las tropas británicas era visible, los bombardeos habían sido muy sistemáticos sobre todas las posiciones y se había perdido la voluntad de seguir en las condiciones en las que estábamos los soldados”. El y sus compañeros necesitaban que pasara todo y que pasara ya, que lo que tuviera que suceder, sucediera lo antes posible.

Su situación era insostenible. Además, no les interesaban a sus suboficiales y oficiales de las Fuerzas Armadas. “Al contrario, nosotros seguimos siendo colimbas; es decir, esos que corríamos, limpiábamos y barríamos. Esos que formamos parte de un servicio de servidumbre. Nunca cambió esa relación”, cuenta.

 

Las diferencias

No era lo mismo ser soldado raso, conscripto que suboficial u oficial. No. “Estaban en condiciones muy distintas”, menciona. Eso significa, ante todo, que algunos tenían privilegios que devenían del rango y que era evidente en la manera en la que trataban a los colimbas.

Esos últimos días, cuando los británicos atacaron los montes Longdon, Dos Hermanas y Harriet -las alturas, dice Giordano, eran “inhóspitas”, entre turba y piedra-, el panorama ya era complejo. Por ejemplo, en el monte Longdon, los argentinos se habían ubicado hacia el norte, en dirección al río Murrell, cuando los ingleses, en realidad, habían desembarcado en San Carlos, en el oeste. Cuando decidieron modificar su posición, ya era tarde y los sitios que encontraron estaban “muy desmejorados”, “muy expuestos a los bombardeos y los ataques”.

Giordano dice que, por otra parte, hubo batallones que no tenían, ni siquiera, cocinas de campaña -donde la comida se calentaba con leña o algún tipo de combustible-. Lo que solía hacerse era que otro batallón les prestaba por un tiempo. De todos modos, hacia el final, las raciones de comida que llegaban eran pocas. No había mudas de ropa y el abrigo que tenían era precario.

“Lo que se llama la moral, la voluntad de combate de la tropa estaba muy minada, muy venida abajo. Y a pesar de eso hubo episodios de valentía extraordinarios, de arrojo, de defensa del territorio, pero en condiciones muy extremas, muy desfavorables como para pensar que podía haber otro resultado”, recuerda.

 

La rendición

Giordano dice que no sabe cuáles son los recuerdos directos y cuáles fue aprendiendo durante estos 40 años. Dice, sin embargo, que el 13 de junio de 1982 los británicos ya habían pasado por encima casi todas las resistencias argentinas en los alrededores de Puerto Argentino. Había mucha gente con hambre, con frío, desmoralizados.

El 14 a la mañana los británicos intentaron comunicarse varias veces con los oficiales argentinos para intimarlos a rendirse. Hasta que sucedió: el comandante de las fuerzas terrestres británicas, Jeremy Moore aceptó la rendición del general argentino Mario Benjamín Menéndez y se declaró el cese de las hostilidades.

Entonces, hubo, tal vez, alivio o cierta calma. Porque, cuenta el excombatiente Giordano, se pudo mirar a quienes todavía estaban vivos, se pudo pensar en que los heridos recibieran un mejor tratamiento, se pudo pensar, por fin, en el regreso.

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