Los claustros de la Universidad Nacional de Córdoba elegirán entre un “Lechero” y un “Canario” a la máxima autoridad de la casa de estudios

Los dos candidatos a rector de la UNC surgieron de Villa María

Es un hecho inusual: en las elecciones de la Universidad Nacional de Córdoba los dos aspirantes a ocupar el cargo de rector son de esta ciudad. En la entrevista concedida a El Diario, ambos cuentan su historia y la formación inicial que les dio el perfil profesional y como dirigentes
domingo, 8 de mayo de 2022 · 08:15

Entre el 31 de mayo y el 2 de junio se realizarán las elecciones en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), las que definirán quién será el futuro rector de la histórica casa de estudios.

Lo llamativo es que los dos candidatos para ocupar el cargo que dejará Hugo Juri, son de Villa María. Uno nació en el barrio San Martín y egresó del Trinitarios. Otro nació en La Palestina, pero de muy chico se vino a Villa María y cursó el secundario en el Rivadavia.

El “Lechero” -o egresado del Trinitario- es Alberto Beto León, bioquímico y candidato por el espacio “Vamos”.

El “Canario” -o egresado del Rivadavia-  es el contador Jhon Boretto y se postula por el espacio “Somos”.

A ambos les consultamos lo mismo: como fue su formación inicial, lo que los motivó a elegir la carrera que eligieron y a quedarse en la UNC y finalmente, las políticas que impulsan para la casa de estudios. Esto respondieron:

La economía marcó la vida del palestino

“Mi familia se trasladó a Villa María, justamente en coincidencia con el inicio del colegio secundario, que lo hice en el Instituto Secundario Bernardino Rivadavia”, comenzó diciendo Jhon Boretto. Y siguió: “La verdad es que esa fue una institución muy importante en mi formación. Tenía excelentes profesores y profesoras, realmente inspiradores, que promovían el sentido crítico en los aprendizajes. Conservo las mejores experiencias y vivencias de ese colegio. Imaginen que transcurría mi cursada durante la dictadura, entre el 78 y el 83, y pese a ello, el colegio mantenía una fuerte impronta de cultura cívica y democrática. Por ejemplo, en cada curso elegíamos por el voto de los propios estudiantes a un Consejo entre nuestros pares, compañeras y compañeros, y también participábamos eligiendo los candidatos a abanderados y escoltas. De modo tal que el colegio, que se inspiró con las ideas de avanzada -desde el punto de vista pedagógico- de Antonio Sobral, mantenía, aún en ese contexto de la dictadura, una impronta que me hizo valorar mucho el sentido de la defensa de la democracia. A la vez, participé en el último año del secundario de la vivencia de la apertura democrática, porque justo terminé el nivel medio en el 83, cuando fue elegido Raúl Alfonsín como presidente de la Nación.

Respecto a mi decisión vocacional, creo que vino dada desde los primeros tiempos del secundario y que estuvo marcada por las vicisitudes y los problemas económicos de mi familia. Mi papá tenía un pequeño campo y tuvo muy malas cosechas en esos años, por lo que tuvimos que trasladarnos desde La Palestina a Villa María, donde empezó a trabajar como empleado. De modo tal que las preocupaciones por los problemas económicos familiares y la situación económica del entorno en que vivíamos marcaron mi interés por las Ciencias Económicas.

Recuerdo que cuando estaba en primero o en segundo año de la secundaria ya sabía que quería estudiar Ciencias Económicas. Por otro lado, mis padres, que trabajaron toda la vida, siempre tuvieron mucha conciencia y nos inspiraban e incentivaron a mí y a mi hermano para que estudiemos. Por eso, la decisión de ir a Córdoba, con un gran sacrificio, porque la verdad es que la situación económica de mi familia era compleja. Con algunas ayudas de otras personas pude viajar y completar mis estudios en la Universidad”.

Al hablar de la decisión de quedarse en Córdoba, esto expresó: “La decisión de radicarme en Córdoba tuvo que ver con el amor por la Universidad. Empecé a transitar los claustros, a involucrarme en la vida institucional de la Universidad, a participar como representante estudiantil en el centro de estudiantes y después me incorporé a las actividades de docencia, de investigación. Pero siempre lo hice comprometiéndome con lo que pasaba en la institución y tratando de involucrarme en la solución de los problemas. Así es como ocupé distintas responsabilidades de gestión, me quedé viviendo en Córdoba y desarrollándome tanto en la formación de grado como después en la formación de posgrado en nuestra Universidad”.

Finalmente, al referirse a su propuesta dijo: “Creo que lo más importante es el hecho de que el espacio político Somos es una expresión diversa y plural que integran miembros de todos los claustros -estudiantes, docentes, nodocentes y graduados- de las 15 facultades de nuestra Universidad. Esta integración resulta fundamental porque, por la riqueza de la UNC, una expresión política que pretenda conducir los destinos de la institución tiene que albergar distintas miradas y enfoques”.

Beto, el pibe inquieto de la Nicolás Avellaneda

Ante nuestra consulta, Alberto “Beto” León abrió el baúl de los recuerdos: “No había cumplido aún los 6 años cuando ingresé a la Escuela Nacional N° 296 Nicolás Avellaneda, situada sobre la ruta pesada de Villa María. Viví, allí, una feliz infancia entre el aprendizaje de la Aritmética, la Lengua y los largos recreos en los que pateaba la pelota, me trepaba a los eucaliptos del fondo y jugaba a la ‘Choreada’, que es como llamábamos al Policía y el Ladrón. Seguramente, las maestras de Educación Práctica y las de Música no tendrán recuerdos tan agradables, dada mi manifiesta inutilidad para esas disciplinas.

La ‘señorita’ Mimí, mi maestra de primer grado, le dijo a mi madre al finalizar las clases que me iban a otorgar un premio por haber sido un alumno que ni siquiera había gastado el banco, ya que casi no logró hacerme sentar durante todo el año. La de tercer grado, Martha Colasanti, que trataba con infinita dulzura a un colectivo complicado, conformado por muchos alumnos de sectores postergados, me hizo entender que podía esforzarme un poco más allá de cumplir con las exigencias mínimas.

En mi familia se había decidido que, al terminar la primaria, estudiaría en el colegio Rivadavia. Esa opción quedó de lado cuando, desde los Trinitarios, ofrecieron dos becas para estudiar una carrera nueva: el Bachillerato Técnico Lácteo, en la Escuela Superior Integral de Lechería (ESIL). No éramos muchos los que íbamos a seguir el secundario y, con mi compañera Vilma Acosta, nos inscribimos para cursar esa tecnicatura. Pesaba en contra que la currícula tenía un año más de duración (6 contra los 5 que tenían los demás colegios) pero, cuando me dijeron que iba a aprender Química desde primer año, no dudé de que ese era mi lugar.

A esa altura, ya había llegado un televisor a casa, pero -enganchado como estaba yo con los libros- no le prestaba especial atención. Salvo cuando transmitían partidos de fútbol por la Copa Libertadores y se juntaban muchos amigos en casa porque, al vivir en las afueras de la ciudad, era más fácil receptar los canales de Rosario con la antena multicanal.

Por ese entonces, ya me había incorporado a las inferiores de River Plate, en una camada de grandes futbolistas. Ganamos varios campeonatos y muchos de los integrantes de aquel equipo llegaron a la primera del club y jugaron en la región: Taza Ballario, Daniel Bachanini, Jorgito Daniel, Guli Barengo, Chelo Nonis, Fernando Piqueras y el Zurdo Suárez; además de un grande a quien una lesión lo tuvo a mal traer, pero era increíble verlo en la cancha, Arturo Ramallo.

Cuando empezó a acercarse el final del secundario, confirmé mi decisión de estudiar Bioquímica en la ciudad de Córdoba. Mis padres, ambos empleados, hicieron tremendos esfuerzos para que pudiera cursar la carrera sin trabajar. Me instalé en barrio Iponá (atrás del Campus de la Universidad Nacional de Córdoba) en una vieja casa sobre la avenida Valparaíso que, al lado del número, tenía un nombre pintado: “Villa María”. Ya vivían ahí cuatro estudiantes oriundos de la misma ciudad donde nací, que alquilaban desde hacía años y ya estaban por recibirse. Pero la mayoría de los nuevos habitantes, que se fueron sumando a medida que otros se iban, venían también desde allá; entre ellos mi hermano Hugo y el querido Javier Suppo.

En 1980 rendí el examen de ingreso en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), donde nos inscribímos más de 1.200 aspirantes, pero entraban solo 180, en el marco de un sistema de ingreso restrictivo que había impuesto la dictadura del 76. Hice un muy buen examen gracias a la formación del colegio secundario, pero me incorporaron al servicio militar por lo que debieron prorrogarme la admisión un año. En 1981 empecé las clases estando todavía bajo bandera, ya que la baja la obtuve recién a finales de mayo, cuando el cuatrimestre estaba muy avanzado. Para que pudiera cursar las materias mis padres me esperaban a las 5 de la mañana en la puerta del cuartel, cuando terminaba la guardia, me aprovisionaban y me dejaban en la Terminal donde tomaba el colectivo a Córdoba. Asistía a clases dos días y volvía uno a hacer guardia. Con mucho esfuerzo terminé el primer año y empecé el segundo con entusiasmo, pero cuando se declaró la guerra de Malvinas fui llamado como reservista y obligado a no alejarme a más de 100 km de Villa María por una posible reincorporación a las Fuerzas Armadas. Esta situación afectó nuevamente mi regularidad en los estudios, pero, al finalizar la guerra, unos compañeros que iban un año adelantados en la facultad -y eran excelentes alumnos- me encerraron en su departamento durante 30 días, ayudándome a “salvar” el cuatrimestre.

Me recibí en 1985, el tiempo estricto acordado con mis padres. Por entonces, y ya en democracia, se acababa de lograr el ingreso irrestricto a las universidades nacionales que volvían a ser masivas, por lo que hacían falta más docentes. Me incorporé entonces a la cátedra de Química Biológica, donde trabajé ininterrumpidamente. Posteriormente, hice el doctorado en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata y el posdoctorado en el Instituto de Agroquímica y Tecnología de los Alimentos perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de la Universidad de Valencia (España).  A principios de este siglo, ingresé al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y fui promovido a Investigador Superior en 2019.

Prácticamente desde mi ingreso a la facultad, empecé a interesarme por la situación de la universidad. Me sumé al Club de Ciencias Químicas, un espacio estudiantil que se reunía en la Iglesia Salesiana de Alberdi, para intentar organizar a los estudiantes; ahí conocí a otro villamariense, Amadeo Sabattini (N. de la R.: nieto de quien fuera gobernador), y al bioquímico radicado en Villa Nueva, Carlos Navarro. Con ellos, sigo manteniendo desde aquellos tiempos una amistad inquebrantable.

Antes del regreso de la democracia en la Argentina, el Club de Ciencias Químicas ganó las elecciones para el Centro de Estudiantes, Amadeo fue electo presidente y Carlos, secretario de Prensa. Yo quedé como secretario gremial y presidente del Cuerpo de Delegados. A partir de aquella temprana vocación de participación en la vida universitaria fui posteriormente consejero estudiantil, consejero docente (ya en la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la UNC), secretario de Ciencia y Tecnología de la UNC durante el Rectorado de Carolina Scotto y secretario General de la UNC en el gabinete del rector Francisco Tamarit.

Mantengo mi vínculo con Villa María, voy a visitar a mi madre periódicamente y participo (poco) del grupo de WhatsApp de la promo 79 de Bachillerato Técnico Lácteo y del de los colimbas de la clase 61.”

Finalmente, al referirse a la propuesta dijo: “La propuesta de Vamos se asienta en los principios de autonomía de la Reforma del 18, la gratuidad que decretó el peronismo, las luchas universitarias por presupuesto, cogobierno, inclusión, ingreso irrestricto de finales del siglo pasado y principios del actual. Todo eso ha conformado una universidad pública argentina única en el mundo, gratuita, con libertad de elección de carreras, inclusiva, autónoma, cogobernada, con concursos permanentes y que forma profesionales de excelencia, con gran producción científica y un claro compromiso con la realidad del país y la región. Modelo de Universidad que plasmamos en los 9 años que gobernamos la universidad que usaremos de plataforma para abordar los desafíos de la actualidad y construir la universidad que se viene”.

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