Entrevista al sacerdote Diego Zandrino, el cura párroco de Nuestra Señora de Luján, la iglesia de calle Malvinas Argentinas en barrio Rivadavia
“Lo que más busca la gente es alguien que los escuche”
“Hay gente que tiene muchas cosas y otra a la que le falta lo necesario para la vida, pero en todos se ve que en un mundo tan vertiginoso, de andar a las corridas, acelerados, está la necesidad de detenerse, de ser escuchado”, dijoDiego Zandrino es el cura párroco de Nuestra Señora de Luján, el templo católico de barrio Rivadavia. Tiene 44 años y es un sacerdote “de barrio”, según definen varias personas, naturalmente valorando esa cualidad.
Dicen que mucha gente va a sus misas o a conversar con él a la parroquia de calle Malvinas Argentinas. El cura está en permanente contacto con vecinas y vecinos. Muchos, buscan en él un oído y una palabra, les cuentan sus cosas, se acercan a hablarle de sus vidas.
De la pandemia y la pospandemia, del mundo actual, de los misterios de la vida, de esperanza, de todo eso y más, hablamos ayer a la mañana con él en la iglesia, en una charla de 40 minutos.
-¿Qué ves a partir del diálogo cotidiano con toda la gente que llega a la parroquia?
-Veo una profunda necesidad de encontrarse y ser escuchado, sobre todo después de la pandemia.
Durante la pandemia este era uno de los pocos lugares en donde podían venir y lo hacían para conversar, y no solo llegaban personas de la parroquia, sino también gente que antes no venía, y que llegaba a contar lo que vivía, lo que le pasaba.
Más allá de lo que uno podía decirles, estaba la necesidad de ser escuchado, de poder expresar lo que tenía en el corazón.
-¿Detectas problemáticas comunes, más allá que hay de todo?
-Hay un denominador común. Hay gente que tiene muchas cosas y otra a la que le falta lo necesario para la vida, pero en todos se ve que en un mundo tan vertiginoso, de andar a las corridas, acelerados, está la necesidad de detenerse, de ser escuchado. Que me reconozcan, que me miren a la cara, que me den una palabra.
Aunque están las redes sociales, los perfiles, los likes, detrás de eso está la necesidad del encuentro personal.
Hay personas que están solitas, pero otras que conviven, que tienen compañeros laborales, pero en el corazón está eso de que en este mundo a las corridas buscan detenerse y entonces vienen a hablar.
-¿Por qué creés que quienes tienen compañeros o amistades, sin embargo, vienen acá a contar sus cosas?
-No es porque no quieren al otro, sino que aún conviviendo no saben encontrarse, no saben dialogar, porque no han aprendido o porque entraron en una vóragine que, por así decirlo, los termina llevando puesto.
-¿Esta escucha es un poco tu misión?
-Escuchamos mucho, es una de nuestras tareas. Es prestar el oído. Lo que más busca la gente es alguien que los escuche. No está pensando tanto en lo que se le dirá, sino en ser escuchado. Salen reconfortados por ser escuchados, y además, cuando uno habla, se escucha también, y eso permite ver cosas.
-¿Cómo manejas el recibir tantas historias y dramas?
-Uno a veces se siente desgarrado junto al otro, pero también allí es descubrir a Jesús, que en su cruz asumió todo ese drama humano. No soy yo el que lo toma sobre mis hombros. En situaciones realmente difíciles, donde no hay palabras, me ayuda mirar a Jesús en la cruz, que en la resurrección nos habla de esperanza. No es negar, minimizar ni justificar el dolor, sino que todo eso es tomado por Jesús y su resurrección nos habla de esperanzas.
La pospandemia
-¿En qué crees que nos cambió la pandemia?
-En el primer tiempo, nos puso de cara a la realidad, nos hizo valorar el encuentro, las pequeñas cosas, que son las que sostienen la vida: un abrazo, la palabra de aliento, una cena compartida, cuestiones que cuando no las tuvimos, las valoramos.
Con el paso del tiempo algunos hemos olvidado lo que aprendimos, el valor de las pequeñas cosas, del encuentro.
Hay una paradoja.
La pandemia nos hizo dar cuenta también de lo vulnerables que somos, un bichito minúsculo nos hizo ver que no somos omnipotentes. Y como dice el Papa, solos no podemos, necesitamos del otro.
-¿Crees que lo vemos?
-Me parece que ahora ya no. Una vez que salimos de la pandemia, nos sacó cosas no muy buenas, como el estar irascible, la división, la grieta en todo, si te vacunas o no, el porqué te vacunas o por qué no, los escraches. Al comienzo sacó lo mejor, después ya no. Somos faltos de memoria.
Al vernos limitados, a muchos les generó una vuelta a la espiritualidad, en el buen sentido, no la que me hacía evadir la realidad, sino la que viene de Dios, la que nos hace encontrar con nosotros y los demás, la que nos hace comprender, si se quiere, lo que vivimos.
Hay gente que antes no venía a la parroquia y después de la pandemia lo hace. También sucedió al revés, pero es parte de los procesos, uno no lo ve mal.
-¿De qué edades?
-Después de la pandemia se acercaron personas de entre 40 y 60 años. Hasta entonces eran los menos numerosos. Bajó el promedio de edad.
El individualismo
-¿Ves mucho de un mundo materialista e individualista?
-El individualismo tan fuerte está presente en nosotros.
-¿Encontrás razones?
-Un poco tiene que ver con un mundo que propone eso, que lo exacerba. El consumismo también hace que te centres en vos y eso está unido al individualismo. Hay una raíz en el ser humano, uno busca seguridad y ser reconocido, pero eso tiene que ser puesto en su lugar.
La vida no se sostiene por lo material. Es cierto que todos tenemos que tener lo necesario para vivir dignamente, eso sí, pero después de eso la vida no se sostiene por lo material. La vida se sostiene por las relaciones, la vida no me la sostengo yo solo.
Lo que sostiene la vida es la relación con los demás y aparece Dios como la relación fundante, si realmente me encuentro con Dios me voy a poder encontrar con los demás y conmigo mismo. Un Dios profundamente humano, que vivió en el seno de la familia de Nazareth, que uno lo ve en el Evangelio: los amigos, lo que compartía.
Otra cosa muy presente en el Evangelio es que nunca condena la riqueza ni los bienes materiales, pero los pone en su lugar. Nunca los lleva a endiosarlos, a poner la vida en eso.
-¿Cómo ves el futuro?
-Lo veo con esperanza.
-¿La esperanza está ligada al sacerdocio?
-Es propio de los cristianos.
-Pero notás que hay cosas que tenemos que cambiar sí o sí.
-Hay cosas que no nos hacen bien. Seguiremos adelante, pero a costa de más sufrimiento, más heridas.
Está muy presente hoy lo de Ucrania. Uno piensa que esto pasa después de una pandemia, y es inexplicable. No se entiende la cabeza de quienes están en esto. Ponemos a Rusia, que es la que invadió, pero también a todos los que están detrás de esto, porque hubo un buscar esta guerra.
También veo que uno gesta la paz, o la guerra, todos los días. Lo que se ve en Ucrania no es algo que podemos separar cotidianamente en nuestras relaciones. Nunca llegaremos a ese extremo, pero la guerra y la paz es la sumatoria de un círculo virtuoso como la paz, o un círculo vicioso como la guerra.
Aún mirando con esperanza porque todo está sostenido por un Dios que asume todo esto, para evitar esto hay cosas que tienen que cambiar en nosotros: el invidualismo, el materialismo, las divisiones, los ataques cotidianos. Hay que valorarnos, reconocernos, detenernos ante los otros.
-¿Tenemos más líderes que gestan la paz o que gestan la guerra?
-Lamentablemente, uno mira los medios de comunicación y no sé si se gesta mucho la paz. Pero esto es también una expresión de lo que vivimos como sociedad. Al principio de la pandemia parecíamos todos unidos, incluso los líderes.
La muerte: “Hay algo mucho más allá de lo que vemos”
El cura Diego escucha a muchas personas todos los días, y muchas veces entre lo que le expresan está la tristeza y el dolor de las pérdidas.
Algunas son de un dolor inconmensurable, como quienes pierden un hijo o una hija.
“Primero, escuchar con mucha atención y delicadeza, comprendiendo o tratando de comprender el dolor del otro, pero solo las personas que atraviesan una situación así pueden comprender”, destacó ante el planteo periodístico.
Habló de recibir ese dolor, “y en la medida en que se puede- porque en eso hay que ser muy cuidadoso- decir una palabra”, aunque acotó que muchas veces eso no es posible y queda el silencio.
“No tengo explicación para el dolor, es unirlo a la cruz de Jesús, que está asumiendo ese dolor. Me sostiene el creer profundamente en la esperanza de la resurrección”, expresó el pastor.
“Hay cosas que no podemos comprender y será un misterio que estará con nosotros en todo el camino, pero al final creo en la resurrección y de que hay algo mucho más allá de lo que vemos, y eso sostiene. No como una ilusión, sino creyendo profundamente”, reveló.
Los Santos a los que más se les reza
La Parroquia de Luján, en calle Malvinas Argentinas (a media cuadra de bulevar Alvear) de barrio Rivadavia, está siendo muy concurrida.
Muchas personas asisten al templo.
¿Cuáles son los santos a los que más se les pide? ¿Se le pide mucho a María?
Ante la consulta, Zandrino aclaró que “siempre es a Dios a quien le pedimos, y allí aparecen los intercesores”, como los santos.
“La figura del Santo es importante porque al haber sido una persona como nosotros, uno lo siente cercano. La vida de los santos ha sido compleja, entonces uno siente esa complicidad”, describió.
Como es la Parroquia de Luján, naturalmente llegan muchos devotos y devotas de la Virgen que es “Patrona del país, que quiso quedarse con nosotros”.
En la iglesia también existe una imagen del Cura Brochero. “Existe mucha devoción, es uno de los más visitados. También está eso del ser cordobés, el cura gaucho, dispuesto a hacer una gauchada”, explicó.
Luego, nombró a San Cayetano entre los predilectos de la gente.
Cuando se le preguntó por el rezarle a los ángeles y arcángeles, resaltó que son “mensajeros”.
Ante preguntas, incluso dijo que se puede pedir a nuestros seres queridos que fallecieron. Confió que no tiene ninguna duda que sus abuelos están con Dios, entonces ve posible pedirles a ellos como intercesores.
Zandrino llegó a esta parroquia casi en consonancia con la pandemia, luego de su paso por distintos pueblos de la región.
Cuando le preguntamos si notaba una idiosincrasia particular en el sector donde se encuentra la Parroquia de Luján, explicó que sí.
“Es diferente el pueblo de la ciudad. En la ciudad, el ritmo está más marcado por el horario escolar y laboral, y en los pueblos no es así”, indicó.
“Acá no viene nadie a la siesta ni después de las 20, salvo algunas pocas personas. En el pueblo, la llegada de la gente es constante. Y cuando salís a la calle la gente está tomando mate, te espera, siempre encontrás alguien, y te hablan. Es distinto”, describió.
