El contexto, los discursos y una “adopción irreflexiva”

Las palabras de la pandemia

Claudia Ceballos es docente de semiótica de la UNVM y habló, entre otras cosas, sobre la manera en que todo lo que ocurrió con el COVID impactó en el lenguaje, en la vida diaria
sábado, 23 de abril de 2022 · 09:07

Podríamos hablar de algunos hombres. Por ejemplo, de uno que se llama Ferdinand de Saussure, un suizo que nació en 1857, que hablaba varios idiomas y que fundó eso que conocemos como lingüística. El decía que la lengua no aparece como un asunto de cada uno de nosotros, sino como un sistema -donde hay un conjunto de elementos sistemáticamente relacionados- que se impone. Por eso, estudió los signos lingüísticos, a las palabras, y su lógica interna. Ese es, digamos, el origen. Porque después, allá por las décadas del 50 y 60 en Francia e Italia, se empezó a desarrollar la cultura mediática: otros lenguajes, como el cine, la fotografía, las historietas, las revistas y diarios, se volvieron cotidianos.

Y apareció otro hombre. Se llamaba Roland Barthes, había nacido en Francia en 1915 y retomó las ideas del suizo y les dio una vuelta de tuerca. Él habló de semiología y dijo que todo —absolutamente todo— significa: o sea, dijo que sí, que la palabra importa, que allí había un problema para abordar, pero también, y principalmente, habló de los sentidos, de las significaciones y de las lecturas que hacemos de los signos y, por ende, de los valores sociales, morales, ideológicos que circulan por ahí. Entonces, se encargó de ver, donde todos veían lo mismo, otra cosa. De mirar, como se dice, críticamente. De desmontar aquello que se daba por sentado.

A finales de los sesenta llega a Europa la propuesta de un filósofo estadounidense que vivió entre 1839 y 1914. Charles Sanders Peirce, si bien había trabajado con todo tipo de signos, introdujo aquello de la semiósis y un campo de estudios que se conoce, todavía hoy, como semiótica o análisis del discurso. En los ochenta, el italiano Umberto Eco y el argentino Eliseo Verón, ambos semiólogos, retomaron las ideas de Peirce y, esta perspectiva, dejó de referirse, concretamente, a la lengua o al signo, y pasó a enfocarse en el discurso. Un discurso, en un sentido amplio, es toda materia que significa algo -palabras, colores, lugares y etcétera, etcétera-. Un discurso es un objeto social: la sociedad completa está involucrada en su producción, en su circulación, en su consumo. Por tanto, el contexto histórico, para entender, es imprescindible.

 

El lenguaje, permeable a las circunstancias

Hace algunos días, un amigo me dijo que leyó un artículo de un diario en el que se hacía esto: se mencionaban, de la “a” a la “z” todas las palabras que se habían sumado a nuestro vocabulario en estos dos años de pandemia. Por ejemplo: burbuja, cuarentena, contacto estrecho, long COVID, pandemial (por aquellos que nacieron en pandemia), PCR (que se traduce del inglés como Reacción en Cadena de la Polimerasa), UTI (Unidad de Terapia Intensiva), Zoom -se llegó a hablar de “zoompleaños”-. Por supuesto, había otras que ya se escuchaban desde hace algún tiempo -delivery, take away- pero que, con el encierro, se escucharon y se leyeron por todas partes.

Hace algunos días, también, hablé con una docente de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM). Se llama Claudia Ceballos, es profesora de análisis del discurso y hablamos precisamente de esto, de la forma en la que impactó -y en la que impacta- la pandemia en el lenguaje y, sobre todo, en un contexto en el que, entre otras cosas, hay plataformas como las redes sociales que permiten que todo se reproduzca, se multiplique. Y ya que estamos, que se propague.

“Estamos pensando que el lenguaje es totalmente cambiable y permeable a las circunstancias y etapas que atraviesa a la sociedad. Por ahí, no se pueden hacer grandes afirmaciones, pero sí me parece que hay que reflexionar sobre algunas características que han sido muy notorias en la pandemia y que ahora estamos viendo que en esta especie de pospandemia siguen latentes”, dijo.

Sin embargo, se preguntó qué sucedió, qué se puso en juego acá, en el plano del lenguaje, con la pandemia. Comentó que varias de las palabras son anglicismos, tienen origen inglés: como dijimos, delivery (en vez de envío a domicilio), take away (en vez de retirar en el local), Zoom (en vez de videochat -más allá de que en este caso “Zoom” es el nombre del programa de software). “Las empezamos a incorporar; por ahí forman parte de ciertas tendencias o modas. Pero a mí lo que me llama la atención es, fundamentalmente, cuando el propio Estado, las instituciones públicas y algunas organizaciones, empresas e incluso los medios de comunicación, las incorporan a la diaria, a la vida cotidiana, creo yo, de forma irreflexiva”, apuntó.

¿Cuáles son los efectos de esta adopción? Ella respondió: “Me parece que pone de manifiesto algunas cuestiones referidas a la construcción identitaria, a la identidad de nuestro país. Me parece que se pone en juego este componente que tenemos tan marcado de mestizos, de mestizaje, esta combinación de habitantes originarios, inmigrantes, extranjeros. En general, siempre nos identificamos más con los componentes europeos o de otros países y no tanto con lo propio”.

Por último, no hizo una conclusión. Habló más bien de un indicador, de algo que se puede identificar ahora que estamos en una especie de pospandemia y podemos mirar, un poco, tomando distancia. Dijo: “Somos muy plausibles a tomar cosas de afuera por nuestros orígenes mestizos”.

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