Aventura - Duró casi un mes

La bici y otra manera de percibir

Gonzalo?Garrido y Julia Picatto hicieron unos 800 kilómetros. Pedalearon por Río?Ceballos,?Valle Hermoso,?Capilla del?Monte,?San?Marcos Sierras, Villa de?Soto, San Carlos Minas y Salsacate, entre otros lugares.?Salieron el 12 de enero de Córdoba y regresaron el 9 de febrero
sábado, 5 de marzo de 2022 · 07:57

Gonzalo Garrido es villamariense, profesor de Minivóley en la Escuela Normal Víctor Mercante y tiene 42 años. Julia Picatto es santafesina, vive en Uruguay desde hace tres años, trabaja como profesora de Alemán y tiene 32. Ambos se conocieron en Córdoba capital hace una década. Ella estudiaba allá. Y mantuvieron el contacto a lo largo del tiempo. Dicen que, más que amigos, prefieren llamarse compañeros. Hace pocos meses volvieron a encontrarse porque tienen un interés en común: les gusta viajar. Lo hacen en bicicleta. Están acostumbrados. El, con algún amigo o familiar, supo hacer tours, por ejemplo, en el sur del país. Este enero, después de que ella tomara la iniciativa, de que le insistiera, decidieron partir hacia alguna parte. El destino que eligieron fue La Rioja. Pero no: por alguna cuestión cambiaron y el recorrido terminó siendo otro.

Se reunieron en Córdoba y desde ahí salieron el 12 de enero. Anduvieron unos 800 kilómetros en bici. Pasaron por Río Ceballos, Valle Hermoso, Capilla del Monte, San Marcos Sierras, Villa de Soto, San Carlos Minas, Salsacate, Los Túneles de Taninga, Panaholma, Mina Clavero y Nono. También hicieron el Camino de las Altas Cumbres -donde frenaron en Río de Los Sauces y en la Quebrada del Condorito a dormir- e Icho Cruz. Luego siguieron hasta la ciudad de Córdoba. De allí fueron hasta Oncativo y el 9 de febrero llegaron a Villa María. En el camino acamparon: tenían una garrafa para cocinar -fideos, arroz- y también se alimentaban, mucho, de frutos secos y frutas. De vez en cuando, en alguna peña, con folclore de por medio, se comían unas empanadas o pizza y se tomaban algo. Sin embargo, no todo fue carpa. Cada cinco, seis días, se detenían -si lograban conseguir- en un hostel para descansar -lo que se llama descansar- en un colchón. La mayoría de las veces no había hostels, pero sí encontraban piecitas o lo que por estos lados se llama “sucuchito”. Después, continuaban pedaleando. Así fue durante casi un mes.

 

La voluntad, la clave

Garrido dijo que sí, que hay que tener estado físico pero que, sobre todo, lo que importa es la “voluntad”. Hay días que se avanzaban diez kilómetros y otros en los que se trasladaban cien. Además, ella remarcó que no es lo mismo una subida que el llano. Y la voluntad tiene que estar para bancar todo aquello que, en algún punto, es inevitable: el qué cansado que me siento, el porqué a mí se me viene a reventar una goma, el justo ahora va a llover. Y, por supuesto, les pasó: una de las veces, por ejemplo, en la Quebrada del Condorito. Se vino una tormenta y les preguntaron a los guardaparques si podían acampar en una galería donde estaban ellos. Les contestaron que no, excepto que la tormenta se pusiera “muy brava”. Tuvieron que armar la carpa a un costado, cerca de las casas de los guardaparques, donde también había una cochera. Cuando ellos se fueron a dormir, para Garrido y Picatto la cuestión ya estaba muy brava y se mandaron, sin avisarles, a la cochera. Al otro día se despertaron bien temprano y él encontró la goma de la bici reventada. Tuvieron que tomarse colectivos. Se separaron a eso de las 9 de la mañana y se vieron otra vez, recién, a las 7 de la tarde.

 

De a dos, vale más

A pesar de esto, coincidieron en que “fue hermoso desde el primer día”. Y comentaron que lo hicieron “tranqui”.  Que sea “tranqui” no solo es una posibilidad que ofrece la bici. Es, principalmente, una decisión. Es la que ellos tomaron. Y Picatto dijo que fue “muy único”, que frenaron mucho, que la velocidad fue otra, que tuvieron otra percepción del paisaje y que el hecho de haberlo compartido con su compañero, le dio más valor al viaje. Picatto, en su Instagram, compartió algunas imágenes de la aventura y lo acompañó por un texto pequeño que funciona como un fotograma de una película que quedará en su memoria y en la de todos los que conocieron en el camino. Un pasaje del texto dice: “(…) el regreso a las tierras del cuarteto y el ferné tuvo un condimento más que especial. Y es que vivirla desde la bicicleta ha sido tan único como indescriptible. (…) las palabras no me alcanzan para contarlo todo”. Y agrega: “Me quedo (…) con muchos paisajes hermosos en forma de imágenes y muchas otras cosas de esas que no tienen forma de nada. Tan mías, tan únicas que no las puedo traducir a ningún tipo de símbolo indescifrable. Sensaciones, sentires (…) De esos que te da el viento en la cara durante una bajada mirando a la inmensidad de la montaña, un mate compartido en la calma de la mañana al lado del río, ese folclore sonando en cada esquina, o la alegría simple de charlar con gente amable en la plaza de algún pueblito por ahí”.

Así, el camino es, entre tantas cosas, la gente que se conoce. Por eso, ellos aprovecharon para agradecerles a Lucas, Gabi y Pelado, Gastón, Marina y Yami, Milton y Lu. Y a los demás, que son tantos. “A toda la gente hermosa con la que nos cruzamos”, dijeron. Y antes de despedirse, cuando se les preguntó si tenían planificado un nuevo viaje juntos no dijeron si sí o si no. Se rieron, nomás. Como quien se acuerda de esa frase que dice que uno siempre vuelve a aquellos sitios donde fue feliz, donde amó la vida.

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