Atravesar la espera - Todavía no hay respuestas

Acostumbrados a que no haya otra

Una docente de la UNVM contó su experiencia: es otra de las villamarienses que pide que se incrementen las frecuencias de colectivos y que, además, vuelvan a pasar por algunos barrios
martes, 29 de marzo de 2022 · 08:52

Escribe: Fran Gerarduzzi

Ella tiene 41 años, es docente en la Universidad Nacional de Villa María, y para ir al Campus -y a tantas otras partes- toma, desde hace años, colectivos. Hace poco tiene auto, está aprendiendo a manejar, pero eso, en este momento, no importa. Vive en barrio Industrial, en el sureste de Villa María y ayer, sentada en un banco del aula donde recién terminaba de dar clases, dijo que, por lo menos para ir a su trabajo, ella prefiere el bondi porque, por ejemplo, es más barato.

Lo que pasa desde hace un buen tiempo es que continúan los reclamos de los vecinos de diferentes barrios, no solo porque las frecuencias no son las mismas que antes de la pandemia, como ocurre en Las Playas, sino que hay bondis  que, directamente, no ingresan a algunos barrios como sucede en el Ramón Carrillo.

La docente dijo que antes de la pandemia tomaba el 11 en la esquina de la prolongación de bulevar Alvear y Sarratea, en barrio Industrial, a una o dos cuadras de su casa. Desde ahí, el colectivo iba hasta la Terminal de Omnibus, luego al Hospital Regional Pasteur y, por último, a la Universidad. Con la pandemia, las cosas cambiaron bastante: ahora tiene que caminar hasta la Terminal unas doce, trece cuadras, donde espera el H o H1. Dijo, incluso, que podría hacer otra cosa: caminar menos cuadras hasta barrio Rivadavia, pero los colectivos, allí, según mencionó, pasan cada 80 minutos (uno aparece a las 10.50 hs. y el que le sigue a las 12.10). ¿Y mientras? Mientras, como contamos en la edición del sábado 19 de marzo, algunos llegan a caminar 18 kilómetros por día.

Después de hablar con ella, almorcé en el comedor de la Universidad. Casi a las 14.20 estaba en la parada, sentado. Otras veces ya había tomado el colectivo a esa hora (a las y 20) pero ayer no: supuse que, tal vez, había llegado un rato antes. No lo sé. En la parada -que es una pequeña estructura- éramos unos 11. Estábamos todos sentados porque, además, ahí podíamos protegernos del sol y de los 30 grados y del viento del norte continuo, molesto. Otros -unos seis-, sin embargo, estaban a un costado de la parada, bajo la sombra pobre de algunos árboles. La mayoría miraba sus celulares. Unas cuatro mujeres hablaban sobre los gimnasios a los que van, recomiendan supermercados con los mejores precios. Una de ellas dice que no le dan el boleto urbano ni el interurbano y no entiende por qué y se queja porque no le responden los mensajes. Un grupo de alumnos de la escuela PROA hace gimnasia en el césped, a metros de la parada, bajo el cielo despejado de la siesta. A las 14.45, como está previsto según los horarios, estacionó el 21 que pasa por avenida Independencia y Buchardo, Marcos Juárez y avenida Larraburre, y llega al Centro de Transferencia a las 15 horas. Subieron los menos y una buena parte siguió esperando al otro colectivo que, supuestamente, según dijo el chofer del 21, llegaba 10 minutos después e iba directo a la Terminal, por el bulevar Alvear/España. Lo esperaron porque, muchos, vuelven a sus pueblos, pero también porque varios viven cerca del bulevar.

El que tenía que llegar en 10 minutos, llegó en 20. Y cuando llegó éramos muchísimos más, porque empezaban a salir los estudiantes de clase. Así, a las 15.10 partió el H1 repleto.

 

Un libro y un recuerdo

Hace algunos días, una mujer me envió un libro que se llama El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Me quedé pensando en un fragmento que dice esto: “El presente, reducido a picos de actualidad, intensifica (...) la atemporalidad. La promesa, el compromiso o la lealtad (...) son prácticas temporales genuinas. Hacen de vínculo con el futuro al continuar el presente en el futuro y entrecruzarlos. De este modo, generan una continuidad temporal que estabiliza. Esta protege al futuro de la violencia del destiempo”. Y sigue: “Cuando el corto plazo (...) desplaza a una praxis vinculadora a largo plazo (...) aumenta la atemporalidad, reflejada en el ámbito psicológico como angustia e inquietud. La creciente discontinuidad, la atomización del tiempo, destruye la experiencia de la continuidad”.

Ayer, mientras esperaba el colectivo, podría haber mirado historias en alguna red social, me habría preparado unos mates si hubiera tenido yerba, podría haber conversado si hubiera tenido algún conocido, podría haber leído. En cambio, no hice nada. Me quedé sentado mirando a los demás. Y no vi, en sus caras, cansancio o hastío. Es probable que quiera haber encontrado en sus gestos lo que había en los míos: cierta angustia, cierta inquietud, porque en esa espera, tal vez, se destruya esa experiencia de continuidad de la que habla Byung-Chul Han. No lo tengo claro. Solo sé que, a veces, esos tiempos que llamamos muertos no se atraviesan: se escalan con desgano. Y, mientras, uno mira la hora porque empiezan los retrasos, las demoras y cómo nos organizamos porque hay que ir al otro trabajo, hay que llevar a los chicos a la escuela, hay que dejar el almuerzo preparado, se me hace tarde y qué se le va a hacer si no hay otra, si siempre estamos acostumbrados a que no haya otra.

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