Día del Médico - Concepciones y reflexiones sobre la labor
“Uno siempre trabajó para que la gente tuviera lo que necesitaba”
Lo dijo el médico Carlos Gagliano, ya jubilado, y habló de su vocación pública, de que las personas puedan acceder a un derecho como es la salud, incluso no pudiendo pagar. Además, se refirió a la lucha que, desde hace semanas, llevan adelante los profesionalesEscribe: Franco Gerarduzzi (de nuestra redacción)
Todo el tiempo o, mejor dicho, una buena parte del tiempo, en una casa de un pueblo del sudeste de Córdoba, había olor a alcohol yodado. Eso, al menos, es lo que recuerda Carlos Gagliano de los años de su infancia y adolescencia que pasó en La Carlota, adonde cursó la primaria y secundaria, y vivió con Alberto, su padre, que se radicó en esa localidad para trabajar como médico.
Carlos Gagliano, de 71 años, supone que tener un padre médico, que estar buena parte del tiempo en una casa donde funciona un consultorio influye de alguna manera. Por eso, a los 17 años, cuando terminó el secundario, viajó a Córdoba, donde había nacido un 21 de mayo de 1951, y comenzó a estudiar Medicina en la universidad nacional: por aquellos años, Juan Carlos Onganía era el presidente, de facto.
Hijo además de Berta, una ama de casa, él se recibió a fines del 74, durante la presidencia de Isabelita Perón.
“Una de las cosas que había era una muy fuerte politización universitaria; era la época del mayo francés y apenas a cinco meses de haber llegado a Córdoba estalló el Cordobazo. Fue una época de mucha convulsión social. Era muy compleja, después, la posibilidad de hacer una residencia en Córdoba”, dice.
Entonces, volvió a La Carlota a trabajar con su padre, un médico rural formado, con mucha experiencia, que ya tenía un sanatorio. “Se actualizaba permanentemente. En esa época había muchas menos especialidades y el médico rural tenía la necesidad de formarse en casi todas las disciplinas de la medicina”, dice.
Y, mientras estaba en la parte privada, también se sumó, ad honorem, al hospital público.
Así pasaron dos años hasta que con 26 o 27, casado, un hijo y su mujer embarazada de otro, se independizó. Con quien había sido su compañero de estudios en la facultad recorrió gran parte del sur argentino. Luego, ambos hicieron un parate y se establecieron en un pueblo de La Pampa, donde estuvieron dos años más.
“Una experiencia muy importante para mi formación profesional y para mi decisión de encarar con profundidad todo lo que era el tema de la medicina rural; que era dura porque ahí, uno, sin la tutela de quien sabe más, debía enfrentar las múltiples problemáticas que presentaba una comunidad en donde el médico, para la gente, debería resolver cualquier problema”, dice.
En ese pueblo subsistían de la parte privada y, como en La Carlota, contribuían, ad honorem, en el hospital.
“En esa época era casi una obligación ética, una obligación moral devolver a la comunidad el hecho de haber estudiado en una universidad pública”, cuenta.
La próxima parada fue, de nuevo, esta zona de la pampa gringa: Etruria, a unos 60 kilómetros de La Carlota. Regresó solo y su compañero quedó en La Pampa. Se separaron, cuenta, en buenos términos.
Gagliano extrañaba: sus orígenes extrañaba. La Pampa le quedaba a más de 500 kilómetros y en un Fiat 600 era demasiado. La cuestión es que en Etruria estuvo 7 años: primero, con su padre, puso un consultorio y, después, crearon una clínica.
Con la llegada de la democracia a la Argentina, en el 83, él ya hacía algún tiempo que viajaba a Villa María como agregado al servicio de cirugía del Hospital Pasteur. Además, hacía tiempo que pensaba en apartarse de lo privado y dedicarse más a lo público: incluso, él, ya era militante por el radicalismo.
Y en el 84 u 85, no recuerda bien, se instaló en la ciudad. Las razones eran varias. Sentía que había terminado una etapa para su vínculo con la medicina rural. “Se empezaban a vislumbrar otras especialidades; comenzaba la tecnología a generar la posibilidad de mejorar más rápidamente los diagnósticos”, dice.
Y la educación de sus hijos era otro de los motivos, por supuesto, para trasladarse.
Ya en la ciudad, le ofrecieron la conducción del Pasteur que, dice, estaba en crisis. “Me gustó mucho el desafío porque ya mi vocación pública estaba claramente definida; de modo que tomé la decisión de aceptar el cargo y estuve prácticamente 10 años de director”, cuenta.
Y agrega: “Lo volvimos a poner en la consideración pública”.
En el 95 siguió en ámbito público, pero de otro modo: se presentó como concejal por el radicalismo y ejerció cuatro años.
En el 99 regresó al hospital como médico y allí continuó hasta hace 4, 5 años, cuando se jubiló. “En un interín de esa segunda etapa del Pasteur fui concejal nuevamente”, dice, y dice que, de todos modos, siempre volvía al Pasteur. Siempre.
Él seguía, avanzaba: por eso, por ejemplo, en forma paralela, hizo la especialidad de auditoría médica.
Una mirada, una concepción
“Uno siempre trabajó para que la gente tuviera lo que necesitaba y no lo que pudiera pagar”, destaca.
Y agrega: “Ese fue el objetivo, elevar la calidad de atención en la parte pública. Nosotros trabajábamos muchísimo en mejorar ediliciamente el hospital, en mejorar mucho lo que era la calidad de los recursos humanos, trajimos las residencias médicas, nos transformamos en el centro más importante en la provincia en tema de fiebre hemorrágica, coordinamos la campaña de vacunación de fiebre hemorrágica en toda la provincia; en fin, una serie de cosas que desde el punto de vista profesional fueron un desafío muy importante que nos obligó a estudiar, nos obligó a aprender, nos obligó a compartir con sectores de la comunidad el fenómeno salud-enfermedad porque la salud es un tema demasiado importante para dejarlo, solamente, en manos de médicos”.
Gagliano habla también de una nueva concepción: de la importancia, hoy, del trabajo en equipo e interdisciplinario para cualquier análisis. Y habla de las satisfacciones: de lograr un buen diagnóstico, un buen tratamiento, de curar a un paciente. “Muchos nos seguimos sorprendiendo del acto médico”, dice.
“La velocidad de conexión, de estar en línea permanentemente con el mundo hace que se puedan compartir imágenes y diagnósticos con especialistas de todo el mundo: en ese sentido, no solamente la tecnología, sino que la comunicación ha generado una medicina totalmente diferente a la que nosotros hacíamos hace 40, 45 años”, comenta.
Él dice que tuvo suerte de vivir aquello, esos días en los que las responsabilidades eran “muy individuales” y hasta, quizás, de un trabajo más artesanal.
Las súper hiperespecialidades
Hay una cuestión, dice Gagliano, paradojal: las súper hiperespecialidades que vacían las especialidades tradicionales. “Hoy hay dificultades para la formación de neonatólogos, de pediatras, de clínicos, de médicos generalistas”, comenta.
Y describe: “A nosotros nos tocó vivir, por una cuestión cronológica y profesional, esta evolución de los últimos 50 años. Yo hacía partos y no teníamos ecógrafo. Hoy no se puede comprender que alguien haga obstetricia sin ecografía. En aquella época se hacía radiografía sencilla de abdomen para ver el diámetro de la pelvis de la mujer y el diámetro de la cabeza del chico”. Así decidían si parto natural o cesárea, por ejemplo.
Despersonalización
Hay un poco de nostalgia en lo que dice Gagliano, sobre todo, cuando habla de los avances tecnológicos. Porque, inevitablemente, recuerda aquellos días en los que se charlaba con el paciente: en los que se descubría a través de la conversación, de la historia clínica, del análisis del entorno familiar y social. “Quizá había más tiempo para hablarlo y una formación distinta en la universidad y en la práctica médica cotidiana vinculada a la relación médico- paciente. Eso me parece que es un cambio significativo, ¿no?”, dice.
Los reclamos actuales
Hay una tendencia: la de creer que el tema de la salud se relaciona la inauguración de hospitales, con la puesta en marcha de aparatología nueva. Gagliano habla directamente de marketing político. Y dice: “No he visto ningún acto que implique la alegría de designar recursos humanos en una institución”.
Nadie niega que un buen edificio es importante. Nadie niega que el equipamiento sea importante. “Pero nadie puede negar que lo más importante es tener al personal de salud capacitado y bien remunerado, estimulado, con un sentido de pertenencia institucional lo suficientemente fuerte y bien pago para que se dedique full a ese trabajo”, remarca sobre el conflicto que se registra desde hace semanas y que tiene como principales ejes lograr una mejora salarial e incrementar el personal clínico.
“Me parece que en cierta medida el Gobierno ha subestimado esto; lo valoró en el discurso, pero no en los hechos. Y me parece que es una lucha absolutamente justa, necesaria y espero que termine con una satisfacción y un reconocimiento en los hechos”, manifiesta.
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Carlos Gagliano está sentado en el Salón de Usos Múltiples de El Diario y, mientras terminamos de hablar, pienso en su casa, en el consultorio, en el olor a alcohol yodado, sobre todo en ese olor. Pienso en cuánto pueden influir, en cuándo uno se da cuenta de que definitivamente han influido.
Y, de pronto, él me habla de Liliana Pajón, su esposa, y de sus cuatro hijos: Manuel, Gabriela, José y Agustín.
Y me habla de sus tres hermanos: Ernesto, Laura y Silvia.
Y me dice que Ernesto es médico, que Laura es médica, que Silvia se dedica a la medicina, pero a la alternativa. Me lo dice como quien dice algo que es obvio, algo que se hereda, algo que no podía -no podía- ser de otra manera.
¿Por qué se celebra?
Cada 3 de diciembre se celebra el Día del Médico porque se conmemora el nacimiento de Carlos Juan Finlay Barrés (1833-1915), un médico y científico cubano que descubrió que la fiebre amarilla era transmitida por un vector: el mosquito Aedes aegypti.
