Entrevista - Ernesto Novillo, ingeniero que trabajó en Iraq durante el conflicto bélico
El villamariense que reconstruye lo que destruye la guerra
Ernesto Novillo es un ingeniero villamariense radicado en Canadá que tuvo, durante una etapa de su vida, la dura tarea de reconstruir las centrales de energía que quedaban inutilizadas por el accionar bélico. Junto a su esposa, Marité Linzoain, narraron a El Diario la experienciaViajaron por el mundo, pero no como turistas. Abu Dabi, Rusia, Colombia, Perú, Canadá, Madrid, son algunos de los territorios donde Ernesto Novillo y Marité Linzoain instalaron temporalmente su hogar.
La profesión de él los llevó a esos destinos, porque es un ingeniero especializado en energía, que se dedicó, en los años 80, a reconstruir lo que destruía la guerra.
El matrimonio recibió a El Diario durante su estancia en Villa María, para hablar de esas particulares experiencias.
Ambos se habían conocido en esta ciudad, pero recién en Córdoba capital, cuando ella ya había egresado como profesora de Educación Física y él había concluido la carrera de oficial de la Marina, comenzaron la relación.
Radicados en Córdoba durante los primeros 14 años de vida en común, tuvieron cuatro hijos y además él, siguió estudiando. Mientras trabajaba hizo dos carreras universitarias: primero Ingeniería Electricista-Electrónica y luego, Mecánica. La Medalla de Oro que obtuvo al egresar le abrió la puerta para una carrera docente en la Universidad Nacional de Córdoba, pero al poco tiempo, una propuesta laboral interesante los llevó a Buenos Aires.
De allí, el primer destino fuera de Argentina fue Madrid. El matrimonio con los cuatro hijos se trasladó a la capital española, desde donde Ernesto asistía obras en distintas partes del mundo, entre ellas, Iraq. “Yo era gerente de Construcciones de General Electric y tenía obras en Iraq, en los Emiratos Árabes, en el Sultanato de Omán y en la República Dominicana, por lo que viajaba desde Madrid a esos sitios”, dijo.
“En Iraq, el trabajo mío eran las reparaciones de guerra”, contó. Es decir, que Sadam Husseim contrató a la empresa para que reparara lo que la guerra destruía.
“Era peligroso estar ahí, porque los blancos elegidos para bombardeos eran centrales eléctricas o pozos petroleros, que era precisamente lo que reconstruíamos”, dijo.
“El gobierno iraquí no nos permitió tomar personal árabe para trabajar, porque los jóvenes estaban abocados a la guerra. Tuvimos que contratar personal de España y de Filipinas”, relató.
Para dejar tranquila a la familia, le decía que el enfrentamiento bélico estaba lejos, pero Marité se enteraba de que no era así. “Como todas cobrábamos en el mismo banco, un día, esperando el turno, escucho a que decían: ‘¿viste lo que pasó?’. Cuando corrían para el búnker, al último le impactó una bomba”, relató ella.
Fueron tiempos difíciles, más de dos años viviendo en medio de ese conflicto entre Irán e Iraq, por lo que no pudimos menos que preguntarle que lectura hizo de esa guerra que vio tan de cerca. “La guerra fue directamente porque Iraq pretendía tomar una zona petrolífera en el sur, donde se unen el Tigris y el Eufrates. Sadam Huseim consideró que era propia e Irán respondió. Ocho años duró la guerra, no ganaron un milímetro de terreno ni uno ni otro. Terminó la guerra, nadie ganó nada y dejó un saldo de un montón de muertos. Creo que va a ser el mismo saldo que va a dejar la guerra de Ucrania. Nadie gana”, afirmó.
El nacimiento de un libro
Ernesto estuvo en Iraq entre 1981 y 1983. Además de afrontar los riesgos de la guerra, pudo interiorizarse en la historia del mundo árabe y en sus costumbres. Para compartir ese relato de lo que él llama “La historia más larga del mundo” porque si se fija el comienzo de la historia desde el inicio de la escritura, fue precisamente allí, donde hoy es Iraq, que nació la escritura. Es por eso que su libro, se titula precisamente “La historia más larga del mundo” y cuenta no solo su experiencia en el lugar, con jugosas anécdotas; sino también, el marco histórico y religioso que modela la cultura árabe.
Tampoco faltan anécdotas, como aquella cena en la Embajada española en la que incluyeron huevos duros y mortadela. “Sin dudas, era una comida más que modesta en un país normal, pero en aquel Iraq en guerra, era un verdadero manjar. Nuestra dieta habitual era abundante en pepinos y habichuelas”, dice Novillo en su libro.
Ciudadanos del mundo
A lo largo de su vida en común, que ya lleva 55 años, el matrimonio armó entre 14 y 15 casas.
“Nos adaptamos”, dice Marité al hablar de su experiencia recorriendo tantas culturas diferentes. Sintetiza lo que más le impactó de algunos lugares, la amabilidad de los colombianos, la riqueza extrema de los que viven en Abu Dabi y el clima frío de Canadá, donde finalmente se radicaron. “Tratamos de viajar a ver la familia durante el invierno canadiense”, dijeron.
Cuando le preguntamos sobre cuál es el lugar preferido en el mundo, más allá que hayan decidido vivir cerca de dos de los hijos, ella no duda en contestar: “Donde esté Ernesto”, sellando el pacto de amor que hicieron 55 años atrás.
PERFILES
Marité Linzoain nació en Buenos Aires y cuando tenía 2 años vino con su familia a radicarse en Villa María. Estudió el primario en el Instituto San Antonio; el secundario, en el Colegio Nacional; y el terciario, en las Rosarinas.
Ernesto Novillo tiene 82 años, nació en Villa María e hizo su educación primaria y secundaria en la escuela de su tío abuelo, Antonio Sobral. Luego se fue a Córdoba, a los 16 años, con su título de bachiller.
