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El Arenero, ¿tierra de nadie?
La batalla de Faluya fue sin dudas la más sangrienta de la invasión de EE.UU. a Irak en el año 2004. La “ciudad de las mezquitas”, como se la conoce, era uno de los principales reductos dominado por la insurgencia Iraquí, lo que llevó a la coalición aliada a poner en marcha la operación “Furia fantasma”, cuya primera etapa consistía en reproducir canciones de hip hop con parlantes gigantescos a fin de desestabilizar psíquicamente y corporalmente al adversario. La música como forma de ejercer violencia no es nueva; como bien relata Julio Mendívil en su libro En contra de la música, existen sobrados ejemplos a lo largo de la historia, fundados todos en un principio tan simple como espeluznante: no podemos cerrar el oído.
Por desgracia los habitantes del barrio Vista Verde casi todas las noches, pero especialmente durante los fines de semana, nos vemos sometidos a violencias de este tipo cuando la playa del Arenero se convierte en un boliche a cielo abierto. Cientos de jóvenes y no tan jóvenes se dan cita allí durante la madrugada a continuar la diversión que en otros lugares ya han dado por concluida, llevando como estandarte la música al palo.
Una batalla por el poder simbólico de los decibeles parece dirimirse en ese terreno donde cada uno muestra lo que tiene, ya sea gritando desaforadamente, haciendo sonar insistentemente la bocina de su moto, acelerándola frenéticamente para provocar falsas explosiones o subiendo al máximo el volumen de tremendos equipos de sonido cuyos componentes ocupan la mitad posterior del vehículo. Como machos alfa de una jauría acústica, la disputa no suele quedar en el campo simbólico, sino que pasa al plano físico dándose enfrentamientos a cadenazos o navajazos, como ya ha ocurrido en varias oportunidades.
Leyendo el libro antes citado, me entero que una de las peores torturas perpetradas en la cárcel de Guantánamo es la llamada irónicamente “Cajita de música”, una celda individual donde el reo es bombardeado con música a alto volumen constantemente. No importa de qué tipo, incluso la canción de “Barnie, el dinosaurio” los debilita psicológicamente hasta el desahucio. Copio un testimonio: “en la celda común podés concentrarte en algo e intentar pensar en otra cosa para evadirte de la situación, pero una vez que ponen música no puedes pensar en nada porque la música es muy fuerte en tus oídos y lo único que puedes escuchar es ese barullo”.
Son las 5 a.m., mirando el techo de mi habitación, desvelado por la música que proviene del arenero, no puedo más que darle la razón a ese preso; cuando te imponen cualquier música ya no podés pensar en otra cosa que no sea destruir por completo todos los equipos de sonido del mundo, incluidas las plataformas de música, los escapes de las motos y la humanidad entera.
Una de las principales funciones del Estado es procurar y promover el bienestar de su población, para lo cual, sin duda son muy importantes las obras de infraestructura, aunque lograr su concreción no debería ir en desmedro de desatender otras más básicas y simples, como que sus habitantes podamos dormir medianamente tranquilos.
En este caso puntual, el problema no requiere de soluciones muy difíciles ni onerosas. Como bien quedó demostrado la noche de fin de año cuando el Gobierno provincial dispuso el cierre de los boliches por la ola de contagios, un móvil de Seguridad Ciudadana se apostó en el ingreso al Arenero y santo remedio. ¿Por qué no se continuó con la medida? ¿O es que el Arenero, en vez de ser un problema, es parte de la solución de otro?
Semanas atrás se instaló en el inicio del barrio Mariano Moreno en plena costanera, un destacamento policial móvil (una casilla). ¿No hubiese sido más sensato ubicarlo en el Arenero, teniendo en cuenta estos y otros hechos delictivos que son de público conocimiento?
Históricamente, los fortines marcaban el límite “civilizado”; más allá de su empalizada se hallaba la “barbarie”, la tierra de nadie de dónde provenía el malón.
Ya es media mañana y mientras escribo esta queja, la paz ha vuelto al barrio. A las 8 a.m., nunca antes, la sirena de los móviles municipales intimó a la turba fiestera a desalojar las “instalaciones”.
Una pareja de ciclistas señala con gestos contrariados el paisaje de botellas vacías, copones de plástico y basura que ha quedado esparcido por todo el lugar. Los miro y me acuerdo de El silenciero, la novela del genial escritor mendocino Antonio Di Benedetto. El personaje que la protagoniza, se ve acosado constantemente por ruidos provenientes de sus ocasionales vecinos y pese a mudarse varias veces de casa, siempre termina atormentado por algún sonido.
A la par de su desmoronamiento psíquico, producto de las constantes mudanzas sobreviene la miseria y finalmente la tragedia. Cito uno de sus párrafos: “la noche fue silencio. Precedió el silencio a la creación. Silencio era lo increado y nosotros los creados venimos del silencio. De silencio fuimos y al polvo del silencio volveremos. Alguien pide: que pueda yo recuperar la paz de las antiguas noches y se le concede un silencio vasto, serenísimo, sin bordes. El precio es su vida”.
No estoy pidiendo tanto, apenas que bajen el volumen.
Gustavo Armando Caleri
