Color - Un juramento en el puente de la ciudad
Candados del amor
?Caminar la ciudad es intentar atrapar el secreto de su alma. Encontrar en sus calles, los reflejos del pasado, las historias de mujeres y hombres que se prolongan en las mesas de los amigos, las pequeñas maravillas que sobreviven en los márgenes. Es perseguir los fantasmas de nuestros propios pasos. Cartografiar el laberinto en la que la ciudad siente.
El filósofo Walter Benjamin sostenía que la mejor manera de recorrer una ciudad era perderse, perderse requiere aprendizaje agregaba. Es decir proponía una manera de recorrer el espacio urbano en la que la sorpresa y lo inesperado fueran las indicaciones de un mapa en permanente cambio. Abandonarse al devenir como quien confía en las súbitas sorpresas del espíritu.
Muchos escritores y filósofos han escrito sobre caminar la ciudad como una forma de leerla. El autor argentino Sergio Chejfec en la novela “Mis dos mundos” escribe: Parte de la caminata es una forma de arqueología superficial, que por lo general me resulta sumamente instructiva y en cierto modo conmovedora, porque se trata de considerar indicios modestos, irrelevantes y hasta azarosos, todo lo contrario de la definitiva pertinencia de las observaciones científicas. Son indicios que por su carácter menor o prescindible reponen un modo de ocupar el tiempo: uno es testigo de lo anónimo, de lo inclasificable para la historia, y es a la vez testimonio de lo que difícilmente perdurará.
Proponemos entonces, desde estas líneas un recorrido por la ciudad. Un caminar sus calles para descubrir lo que la misma ciudad tiene para contar.
En el puente
Tras un exilio de tres años en Buenos Aires regresé a la ciudad. La encuentro idéntica y cambiada como toda cosa viva. Me reencuentro con sus hábitos, las ausencias, las casas que ya no están y los edificios que se levantan, los seres queridos y los desconocidos de siempre.
Al regreso logré instalarme en Villa Nueva y todos los días cruzo caminando el puente Juan D. Perón hacia Villa María. La primera mañana que lo atravesé, algo me llamó la atención. Un pequeño candado en uno de los tensores del lateral del paso peatonal. Era un candado diminuto. Unos pasos más allá aparecieron otros. Estaban en los alambres paralelos que recorren el perfil. Algunos próximos, otros dispersos, de varios tamaños. Algunos están grabados con iniciales.
Al llegar al final del puente nuevo, del lado de Villa María, observo hacia mi derecha la valla que clausura el acceso al viejo puente, que dicho sea al pasar verlo tirado apena, varios candados más, prendidos a la reja. Recordé inmediatamente la Fuente de los Candados en Montevideo, contigua al Bar Facal. Allí mientras tomaba un café me enteré que los enamorados ponían un candado con sus iniciales para jurarse amor eterno y fidelidad, y creo que de paso regresar a la ciudad.
Al descubrir nuestras propias promesas de amor acerrojado, no pude dejar de preguntarme sobre la relación que tenía la ciudad con los asuntos del corazón ¿Cuánto se aman aquí las personas?¿Mucho? ¿Poquito? ¿Nada? Detrás de cada candado hay una historia. Personas que se eligen, parejas que de conocerles quizás nos sorprenderían ¿Seguirán juntos? ¿Serán felices? ¿El sortilegio tuvo efecto o solo fue un gesto a la superstición de moda?
Ignoro quiénes fueron los primeros, o como llegó a estas pampas la creencia de sellar el destino en un pacto simbólico, pero lo cierto es que algunos enamorados se han jurado eterno amor y lealtad, y para ello han elegido el puente, que como todos sabemos, son los puentes donde suelen encontrarse los desesperados
Rastrear la historia
De dónde salió esta leyenda urbana; se preguntará usted tanto como yo. Lo cierto es que en los últimos años este encantamiento de amor y turismo se ha expandido en varias ciudades del orbe, entre ellas Roma, más precisamente el Ponte Milvio donde los amantes llegados de todo el mundo, perecederos o perennes, llegan para sellar con un candado su amor, para luego tirar la llave al fondo del Tíber. Todo comenzó con el libro “Tengo ganas de ti” (Ho Voglia di Te) del popular escritor Federico Moccia publicado en 2006, donde los protagonistas sellan su destinos con un candado. Luego la novela fue adaptada al cine, y tuvo un éxito tan rotundo entre los jóvenes italianos que adoptaron inmediatamente aquel ritual amoroso, a punto tal que generó inconvenientes con las autoridades municipales al poner en riesgo el patrimonio cultural del puente milenario. Este fue también el caso del Pont des Arts, sobre el río Sena, en París, donde la abrumadora cantidad de candados instalados en la Pasarela Léopold Sédar Senghor (también conocida como Pasarela de Solferino) provocó un sobrepeso que hizo peligrar toda la estructura, razón por la cual las autoridades decidieron retirar todos los candados en el año 2012.
Sin embargo al rastrear sobre la historia de los candados de amor, encontramos otra historia y en este caso debemos trasladarnos a los Balcanes, donde las historias de amor y de guerra se confunden.
Amor y guerra
En la antigua Yugoslavia, en un pequeño pueblo llamado Brankovina, la actual Serbia, nacía en 1898 la poeta Desanka Maksimovic considerada una de las voces representativa de su tierra. Poeta, narradora, novelista, escritora, traductora de la poesía rusa, eslovena, búlgara y francesa y profesora de literatura de la Academia Serbia de Ciencias y Artes, desplegó una intensa actividad cultural. En uno de sus poemas, llamado “Oración de amor”, la poeta recrea el ruego de una mujer enamorada que clama a Dios por retener dentro sí, el objeto de su amor. El poema se basa en una conocida historia serbia, que circulaba de pueblo en pueblo al final de la Primera Guerra Mundial. Un cuento melancólico narrado en susurros en las viejas tabernas, cuando los sobrevivientes beben slivovitz y recuerdan las viejas heridas de la gran guerra.
La historia transcurre en un pequeño pueblo balneario llamado Vrnjacka Banja, en la zona central de Serbia. Parece ser que una joven maestra de escuela llamada Nada, que era de aquel pueblo, se enamoró perdidamente de un oficial serbio llamado Relja. Se conocieron casualmente en el puente Ljubavi, donde solían reunirse cada tarde. Al poco tiempo se comprometieron, pero los acontecimientos se precipitaron, y hacia 1912 se produjo la guerra entre la liga balcánica integrada por Bulgaria, Montenegro, Grecia y Serbia contra el Imperio Otomano. Fue así que Relja fue trasladado a Grecia, a la isla Corfú. Allí, en las aguas del mar Jónico, nuestro oficial encontró otro amor bajo el sol griego y rompió su compromiso con Nada, quien no pudo sobreponerse a la pena, y murió al poco tiempo.
Era tan triste verla caminar por las callecitas del pueblo, que tras fallecer, las muchachas jóvenes que temían ser abandonadas iban por las tardes a rezar al puente por su alma y pronto incorporaron la costumbre de colocar un candado con los nombres de los amantes para perpetuar el sentimiento, en aquel puente donde Nada y Relja solían encontrarse.
En el poema de Desanka Maksimovic, la voz protagonista clama: “…este amor comenzará a ser coronado y aplastado: el/ sediento se olvida del torbellino oscuro”. El torbellino oscuro, el destino de mujeres y hombres en el caos del mundo, y a su vez, el corazón que se cierra en una promesa de fidelidad, “Cierra mi alma ahora como un/ cofre de oro , conviértela en un templo del amor.”
