Bárbara Ferdinandi reside con su familia en Hong Kong y ayer dialogó con El Diario sobre el inicio de la tragedia que tiene en vilo al mundo, las distintas etapas que se vivieron y cómo se encuentra esa isla hoy
La visión de una villamariense viviendo casi en el primer epicentro de la pandemia
Una población reacia a vacunarse, crisis económica, cero polémica por los barbijos, y fronteras cerradas. Bajísimo número de casos diarios y sin cuarentena. Todo lo que contó a El DiarioEscribe Diego Bengoa
De nuestra Redacción
Bárbara Ferdinandi es villamariense y desde hace varios años está radicada en Hong Kong, junto con su esposo y su hijo e hija.
Vivió en la Argentina hasta el 2000, luego se instaló junto a su madre, padre, hermana y hermano en Nueva Jersey, en Estados Unidos, y años más tarde arribó a la isla que es una de las dos regiones administrativas especiales que existen en la República Popular China, junto con Macao. Es un territorio autónomo.
Desde allí, casi el epicentro de la pandemia de coronavirus que asola al mundo, dialogó con El Diario ayer.
El presente es bastante tranquilo. Están comenzando el verano, y queda un mes y pico de clases. “Afortunadamente, las cosas están bastante bien. No hay cuarentena y los casos diarios son menos de 10, están controlados porque además se sabe el origen”, precisó Bárbara.
La isla actualmente “está súper sellada” desde lo aéreo.
“Cualquiera que llegue al país tiene que estar tres semanas en un hotel pagado por esa persona, lo que desanima a cualquier turista o alguien de acá que quiera irse y regresar, que es el gran problema porque la mayoría somos expatriados. Tenemos nuestras familias en alguna otra parte del mundo”, describió. De hecho, su mamá reside en Villa María, como buena parte de sus familiares, mientras que sus hermanos están en Estados Unidos. La lejanía de sus vínculos ha sido para ella hasta ahora “lo más difícil de llevar”, porque hace dos años y medio que no puede encontrarse con esos afectos. “Hay peores cosas, pero si pudiera elegir algo, elegiría la flexibilidad de vuelos”, dijo a este diario.
No obstante, tiene en claro que “esa impermeabilidad que logró Hong Kong da sus frutos porque hay contados casos”.
Hay tres vacunas disponibles (Pfizer, Sinovac y AstraZeneca). De la segunda, hay una desconfianza total en la tierra en la que reside Bárbara, porque allí “no confían en China”.
“Las vacunas están disponibles al 100%. Como maestra, podía recibir la vacuna mucho más temprano, pero no hizo falta porque enseguida estaba disponible, por la edad y demás”, contó, comentando que su esposo también tiene ya las dos dosis. “Ahora se abrirá la posibilidad para los de más de 16 años, podríamos considerarlo para mi hijo, pero no creo que sea necesaria para un adolescente, al menos por el momento”, evaluó.
Hay una gran dificultad en la inmunización local, porque los habitantes son reticentes a ser inoculados. “Creo que lo hizo sólo el 13%. El Gobierno y algunas compañías locales grandes incentivan a sus empleados con sorteos de tickets a parques temáticos, noches de hoteles muy emblemáticos, cenas. Tratan de animar al público para que se vacune”, reflejó.
Es que la población se encuentra “en contra del Gobierno”, algo que viene de antes de la pandemia, épocas en las que hubo numerosas y extendidas protestas.
Tal es así que “parte de las teorías de conspiración dicen que el virus fue creado por China para taparles la boca a los hongkoneses para que no protesten más, porque se llevaban meses y meses de protestas y eso destruyó la economía del centro comercial fuerte de Hong Kong”.
“Está muy congestionada la cosa porque la población no confía en el Gobierno, y entonces no se vacuna”, confirmó.
En su visión personal, el Gobierno local tiene una eficacia “suprema”, y “siempre ha sido así, aun con millones de errores”.
Las fronteras están cerradas. “Nadie de China puede entrar y solamente estamos a un tren de distancia. Solo los puertos están abiertos, y los vuelos pueden ingresar, pero a quienes llegan les esperan tres semanas de cuarentena, lo cual cuesta mucho dinero y es complicado”, especificó.
La llegada del virus
Bárbara, que trabaja en un jardín con niños y niñas, recordó el día en que su colega de clases, la profesora de chino, estaba leyendo las noticias durante el almuerzo, en los primeros días de 2000, en cercanías del Año Nuevo chino.
“Me dijo: hay una propagación de un virus bastante fuerte de China. Leyendo las noticas de China, ella tenía otro acceso que yo, que leo un periódico de Hong Kong en inglés, escrito para la audiencia occidental, no tenía”, rememoró, explicando que en el medio de comunicación que consume “hay cierto filtro, por lo que no iban a escribir sobre la existencia de tremendo virus”.
Su colega le dijo que era conveniente que se pusiera la mascarilla, un elemento bastante común en la isla. “Cualquiera que tenga un dolor de garganta o un resfrío se pone mascarilla. Nunca fue algo extraño, entonces eso ayudó muchísimo a que no se descarrillara el número de casos como pasó en el Occidente”, observó ayer.
En ese sentido, trajo a consideración la epidemia de años atrás en el sur de China, “cuando la gente se asustó muchísimo y enseguida se usó mascarilla”.
Allá no hay discusiones por estas cosas. “No pierden tiempo ni energía debatiendo temas tan mundanos como la mascarilla. Se implementan rápido los sistemas, todos los colegios tenían barbijos, el Gobierno mandaba a los colegios barbijos y geles, luego hubo cierta escasez y ahí la cosa se complicó bastante”, repasó.
Los momentos más críticos en la psicología social se dieron ante el cierre de fronteras. Bárbara contó que en ese proceso hubo mucho pánico social. “Estamos en una isla donde no se produce nada, sólo se planta perejil, lechuga y brócoli, nunca se abastecería a ocho millones de personas”, describió. “Hay granjas, pero para el consumo local mínimo; el arroz y todo viene de afuera, entonces la gente entró en pánico, hubo colas en los supermercados comprando todo”, relató y recordó que ella adquirió garbanzos, frijoles secos y otras mercaderías, en medio de un shock comunitario.
Cuando no se conseguían más tapabocas, se contactó con un argentino que envió una caja de mil unidades, que fueron a parar a su familia y a sus colegas.
“Semanas después, el Gobierno empezó a mandar barbijos de tela con filtros extras, que te duraban más o menos un mes. Eran muy finitos, cómodos, pero el diseño tenía una connotación bastante negativa por ser las máscaras que te daba el Gobierno. Entonces la gente interpretaba que si las usabas estabas a favor del Gobierno”, contó, explicando que -por ser extranjera- se percató de esto un mes después.
Sobre la educación, al principio de la pandemia las directoras y jefes de departamentos educativos dispusieron que se empezaran a preparar las lecciones escolares de manera online.
“Lo bueno es que el sistema de wifi es súper fuerte y el 99,9% tiene acceso a un servicio de Internet constante y sólido. Las escuelas enseguida cambiaron la modalidad, no hubo tanta prórroga para eso, de inmediato se enviaron fichas, libros y materiales a la casa de los estudiantes”, explicó.
Al cabo de un mes, madres y padres ya no tenían paciencia y se iniciaron las quejas, lo que también tiene relación con las cuotas “altísimas” que cobran las escuelas semiprivadas y privadas de la isla.
“Los padres se empezaban a quejar porque decían que a las tareas, en definitiva, las tenían que hacer en casa con los chicos, mientras pagaban cuotas exorbitantes”, ilustró la entrevistada.
A Bárbara le descontaron un 25% el salario durante casi medio año, como al resto de las docentes. “Fue bastante duro, luego cambié de trabajo y empecé en una escuela internacional, los salarios no se bajaron, pero cambiaron las horas de trabajo y a la larga no ha sido tan tremendo”, apuntó.
Observó que la crisis económica es muy importante, porque además el problema venía ya de antes. “Durante 2019 hubo unas protestas larguísimas que duraron meses, lo que devastó la economía comercial de las calles más importantes. La gente no salía a comer ni comprar, y luego la llegada de la pandemia fue bastante brava”, contextualizó.
“Ahora, afortunadamente, se está bastante bien y lo peor es que no se puede salir ni entrar, salvo que lo hagas pero sabiendo que luego te esperan tres semanas de cuarentena en un hotel que tenés que pagar”, reparó la joven de 38 años, quien ama Hong Kong “y sus libertades, diferente a la China continental”, y que tiene en claro que “el dominio y la fuerza de China sobre Hong Kong es tremenda”.
