El jefe de la José Ingenieros
Ha muerto el señor Carlos Cravarezza. El acta seguramente dice que: “...el paciente Cravarezza, Carlos Humberto, falleció a la hora... por las razones tal y cual... en la clínica... en la ciudad de Villa María, el 9 de abril de 2021, a la edad de 76 años”. Sí, el señor Carlos Cravarezza ya descansa en paz.
Pero mi amigo de la infancia solo se me adelantó en el camino como aquella siesta en que montamos nuestras bicicletas y emprendimos el raid rumbo a Tío Pujio, por la ruta 9. Cuando estábamos llegando a esa localidad se nos apareció un gaucho montado en un caballo marrón blandiendo un talero al grito de “¡mocosos de mierdaaaaa!, salgan del macadán!”. Carlitos querido también gritó: “¡Pedaleá!, ¡pedaleá, que te alcanza!”. Y por suerte para mi lomo el gaucho muerto de risa por el susto que nos dio, detuvo la carrera de aquel brioso corcel marrón...
Con Carlitos vivimos mil aventuras. El fue, desde que yo tengo memoria, el chico más grande (4 años más que yo tenía) y todos los niñitos teníamos la suerte de que nos diera bola para jugar. Cariñoso y divertido, imaginativo y novelero, siempre con su sonrisa como bandera. En realidad, Carlitos no ha muerto para nosotros. Los chicos de la calle José Ingenieros, del 1 al 100, más los que se sumaban de la calle Santa Fe al 1200, éramos como 20, y todos fuimos los amiguitos de Carlitos, quien sin proponérselo, fue nuestro líder natural. Con él fuimos “los bomberos” cuando sonaba la sirena y salíamos corriendo por el largo pasillo del edificio en donde vivía el jefe. La sirena era obra de “el Bocina” Berman, mientras que los hermanos Zandrino (Miguel, Norman y Richard), el Alemán, el Eduardito Romano, el Carusito... éramos la tropa que, a los gritos y tirando cuetes y petardos, asustábamos a los peatones que acertaban a pasar por la puerta de salida del cuartel central...
Y la fuente de nuestra plaza, sí de nuestra plaza, donde eran eternas las escondidas, las cabeceadas, los picados con pelota de trapo y las eternas corridas de don Saman, el placero, al grito de “vayan a jugar a su casa mocosos del diablo”.
O aquel carnaval en la puerta del cine Premier con la calle San Martín llenísima de gente en el corso y sacamos la manguera de bomberos y la pusimos en marcha... y vino la cana... ahhhh qué maravilla... o aquel perrito(a) que nos siguió y adoptamos enseguida y que lo transformamos en el " intrépido perro volador" y que hoy, si lo hiciéramos volar, iríamos al paredón de fusilamiento ja ja ja ja... aquella anécdota y tantas otras, las miles de horas, tus cumpleaños en tu casa, los tallarines de mi vieja, las películas prohibidas pasadas en todos los pueblos, el casamiento de Dalmasso, cuando hice abogado... definitivamente, te voy a dejar ir de gira sabiendo que algún día te voy a alcanzar. Pero por ahora, te voy a mantener vivo en mi memoria. ¡¡Te quiero, Carlitos!!
“El Ricardito Kamienski”
