Se fue esta semana un personaje de la ciudad
Adiós al último Cuchara
Juan Carlos Suárez, tal su nombre y su apellido, andaba por los 60. Cuerpo delgado, movimiento rápido de piernas, calvo y escaso de dientes. De respuestas rápidas y ocurrencia a flor de labios. Por allí, en el predio del Desagüe Club, su lugar en el mundo, quedará flotando su imagenEscribe Miguel Andreis
Especial para El Diario
Consecuente con la pobreza. Nunca la abandonó. Andando a los saltitos empujaba su carrito con descentradas ruedas de bicicletas. Allí acumulaba lo que a los demás no les servía. Cartones, vidrios y hasta muebles con los que puchereaba. Monedas, siempre monedas, nunca gruesos billetes…
Juan Carlos era hijo de “Triny”, quizás que una integrante de la “familia Cuchara” más popularizada. Conocida, aquella mujer tenía un constante sonido onomatopéyico que a flor de los labios.
Por años vivieron en precarias casas en las cercanías de la antigua bomba de agua que diera de beber a los primeros caballos a vapor de galopes sobre rieles. La construcción enclavada sobre la ruta que va a la Fábrica de Pólvoras, encierra en sí historias de siglos. El Ctalamochita como patio trasero del caserío cuyos moradores fueron ahuyentados por los militares en el 78.
¿Quién no recordará a estos personajes, los Cuchara, que nadaban como peces? Los primeros en llegar cuando alguien desaparecía bajo las aguas.
Su oficio era el de cartoneros. Tal les decían.
Juan Carlos, sentía orgullo en ser “uno de los cucharas”.
Quedarán inalterables los inolvidables sketches de teatro que improvisaba, en el redondo tanque. Allí la risa trepaba hasta lo impensado y la más absoluta y disparatada realidad, él con su amigo de cabellos de colores, el Tarugo, transformaban en algo mágico.
En la memoria de los visitantes a este club de nostálgicos soñadores, Desagüe, los viernes inalterables presentaban la cita de humor. Empresarios, laburantes, deportistas, gente común y hasta intendentes como Miguel Veglia y Horacio Cabezas, todos convocados por el asado, el truco por el honor y, luego, los artistas en funciones épicas, dejaban tela para toda la semana.
En esas paredes subsistirán grabadas las voces de los intérpretes haciendo un debate, entre cientos, aquel apoteótico entre el Papa Francisco (Cuchara) y un pastor evangélico (Tarugo). La escenografía era una vieja carcaza de un antiguo televisor de gran tamaño. Allí asomados enloquecían con sus debates con salidas absolutamente disparatadas.
En otra ocasión, festejando un cumpleaños, el Cuis decidió armar un combate entre los dos amigos: el Tarugo (sin cena) unos 130 kilogramos vs. Cuchara (con desayuno, almuerzo, merienda y cena, más ropa mojada) unos 49 kilogramos. Algo despareja la cuestión.
Otro dato llamativo que iba a tener esta confrontación, es que fue contratada una dama, morocha bella, que debía pasar un cartel anunciando el número de los rounds. En el contrato se estipuló que debería vestir una malla de dos piezas. Sillas de pajas en cada rincón del cuadrilátero. A modo de agregado, cuando la dama cruzó las cuerdas, la ovación explotó hasta en la Fábrica de Pólvoras. ¿Despampanante! Cuchara se desconcentró totalmente. Sus ojos se salieron de la órbita. Fatal locura para él. Concentrado en la mujer no advirtió un golpe de revés del traicionero Tarugo, que lo desparramó hasta sacarlo del ring.
Regresó enfurecido, aunque el enojo que se le pasó apenas la exhibidora de los números volvió al cuadrilátero para presentar el round siguiente.
Ahí nomás, como un felino en celo saltó sobre ella y se abrazó a la abundante anatomía. No lo podían desprender. Lo demás se transformó un pandemonio imparable.
Miguel se llamaba uno de los tíos Cuchara que una vez peleó con un oso en un circo, en una promocionada lucha.
Otro de sus tíos falleció quemado con pólvora.
Había ingresado por el lado del río al establecimiento fabril en la búsqueda del explosivo, para luego venderlo a los cazadores que recargaban los cartuchos. Sin tomar conciencia del riesgo, tiró sobre el explosivo desechado, un pucho. La explosión lo arrojó a varios metros. Quienes estaban en una de las garitas vieron llegar a una persona que penas vivió algunos minutos más.
Vida dura y oscura de no pocos de este clan… Juan Carlos fue el último de esos queridos y reconocidos popularmente personajes denominados, vaya a saber el por qué, Cuchara.
Una despedida sin grandes títulos ni llantos conmovedores. Apenas un cartonero, cantor y actor de ilusorios tablados, de humores desopilantes y hambre siempre atrasado.
Los cambios en la ciudad también tienen esa impronta… Nos vamos quedando sin personajes… Chau Cuchara, siempre habrá un recuerdo que te tenga como primer actor.
