Lugares de la ciudad

El Andino

El puente y el pulmón verde ineludibles de Villa María, reflejado en la visión de una profesional que describe cada rincón, con virtudes y problemas
viernes, 12 de febrero de 2021 · 07:00

Escribe Marta Tymoschuk* ESPECIAL PARA EL DIARIO 

 

El Andino es una franja del río Ctalamochita, monte y arenales que se extienden desde los puentes ferroviario y carretero, ubicados en el km 162 de la ruta 158, hasta unos 6.000 m hacia el oeste-noroeste, con un ancho variable entre 100 a 250 metros.

Se llama así porque los puentes ferroviario (inaugurado en 1873) como parte de un ramal del ex-FCA, y el carretero (en uso desde 1891 aproximadamente y posteriormente reformado) de la ruta nacional 158, cruzan el cauce del río y fueron concebidos para unir el Litoral con Cuyo hasta la Cordillera de los Andes. De allí su nombre: Andino.

Por debajo de ambos puentes discurre el río Ctalamochita, que nace en el dique Piedras Moras y desemboca en el río Carcarañá, formando así parte de la cuenca del río Paraná.

El Andino es de todos, es un bien ambiental público, sin resguardo alguno.

No hay cartel que indique que se está en el Andino. Los puentes tampoco tienen nombre. Y es lamentable que aún persiste un cartel que llama río Tercero al río Ctalamochita.

 

Las motos suelen adueñarse de los caminos, como los caballos

Se accede libremente al Andino, por una bajada, sin señalización, que desciende desde la ruta 158, pasa por debajo del puente ferroviario, como si fuera una continuación de la costanera de Villa María. Lo primero que se observa a la izquierda es un montón de basura (escombros, poda, limpieza de garaje, galponcito, parque, etcétera) debajo del puente carretero y a la derecha el cauce del río, los sauces, cortaderas, juncos y un reciente canal de desagüe pluvial. A partir de allí se puede transitar parcial o totalmente a pie o con vehículos: autos, camionetas, desvencijados camiones areneros, motos modestas, motos enduro, bicicletas, cuadriciclos, a caballo, por un camino ancho, tapizado de restos de escombros, que discurre junto al río entre flora autóctona y exótica y mayores descargas de escombros, poda de árboles, partes de electrodomésticos y muebles, placas deformes de aglomerado, neumáticos, bolsas de plástico, etcétera, arrojados allí por particulares que tienen una camioneta o camioncito adonde cargar estos elementos descartados que normalmente requieren el alquiler de un contenedor o volquete o una solicitud a la Municipalidad para retirarlos del domicilio. Quien decide arrojarlos en el Andino no quiere pagar por el contenedor y los lleva por sí mismo o paga poca cosa a algún “flete” ocasional.

 

Los areneros son protagonistas

Senderos y huellas

Después de andar unos 300 metros por la calle ancha comienzan a observarse una red de senderos y huellas, sin orden ni permanencia, generando un circuito conocido como el Andino, que muchos recorren en bicicleta MTB con bajo impacto ambiental o con sus motos enduro, a toda velocidad, rompiendo el suelo, levantando polvo, esquivando los sufridos caballitos areneros, que generalmente tienen las patas maneadas, mientras comen los pastos de los claros del monte o al borde de los senderos, sin poder alejarse demasiado de los dueños. He visto cómo los motociclistas pasan a toda velocidad a centímetros de los sufridos caballos maneados que trabajan para sacar arena del río.

Feriados y fines de semana aparecen también los cuadriciclos, transportados por camionetas. Sus conductores corren enfervorizados cualquier sendero que les parezca bueno. Adultos, jóvenes y niños aprendices.

Los ciclistas encuentran en el Andino un lugar muy bueno para entrenar o simplemente andar. Incluso se han corrido carreras, especialmente de MTB o montain bike, con el nombre del Andino como atractivo, por lo complejo de muchos tramos, entre el monte y los arenales.

A 1.200 m de los puentes el río presenta un recodo hacia el noroeste, donde hay sectores más profundos a los que van algunos pescadores. El sendero se estrecha bordeando el alambrado del campo de la pedanía de Yucat. Y luego se abre un espacio pletórico de sauces, chañares, talas, espinillos, algunos algarrobos, sombra de toro, quebracho blanco, molles, opuntias, pastizales, cañaverales y cortaderas, sitio donde es frecuente hallar víboras yarará y alguna iguana. También hay especies no autóctonas que invadieron el lugar como las moreras, los siempre verdes, paraísos y olmos, formando verdes túneles sombríos, donde crecen la hiedra y otras trepadoras, bordeando decenas de senderos y huellas. En los sectores más bajos hay pastos tiernos de los que se alimentan los caballos areneros, con un cordel de plástico en el cuello o las patas delanteras maneadas. En verano es frecuente ver madres con sus potrillos.

A partir de agosto hasta fines de abril el lugar muestra lo que queda de espinillos, cubiertos de flores como pompones amarillos, sedosos y muy perfumados al final del invierno, los talas ofrecen sus dulces frutos anaranjados en verano, y, en los años lluviosos, si el río no crece, durante marzo llega el esplendor de las flores y frutos: don Diego o flor de la oración, la flor de sapo, verbenas, malváceas diversas, las chilcas mariposeras, la anredera cordifolia o enredadera del mosquito, la bignona “peine de mono”, la lagaña de perro, la barba de chivo o de viejo, Ludwigia peploides (flor amarilla que crece en el barro del río), cortaderas espigadas, juncos y totoras, algunas opuntias de flores amarillas y otras anaranjadas que dan tunas moradas, el perfumado cedrón del monte, los duraznillos, el palán palán, el guaco, los senecios amarillos, paja india o brava, moradillos, entre plantas arbustivas, trepadoras como el bello brotal, el farolito o huevito de gato y el quebrarao en los espacios abiertos. Muchas de ellas tienen propiedades medicinales.

El abandono de restos de la poda de patios, frentes, jardines, provoca la aparición de especies vegetales exóticas que compiten con las autóctonas por la luz y el agua. Muchos plásticos se dispersan y quedan enredados entre las ramas de espinillos, algarrobos, chilcas, talas o chañares. También se ven tiras plásticas celestes colgadas de ramas bajas en los senderos preferidos de los motociclistas, para marcar circuitos. Esta acumulación de toneladas de basura no se degrada, pero los que las arrojaron allí cumplieron su objetivo: deshacerse de lo molesto, lejos de su vista (conducta que en inglés se designa NIMBY: no in may back yard - No en mi patio). Pero los residuos arrojados así atropellan a la Naturaleza, la cubren, la agobian, modifican este bien ambiental público. Es lamentable: la gente pulcra en el frente y agresiva con los espacios naturales. En fin: un hombre o mujer no contrató el container, no pidió a la Municipalidad que recolectaran la basura “grande” y le pagó unos pesos a otro para deshacerse de esta tonelada de residuos, sin preocuparse de su destino... ¡Claro, le dio trabajo a otro! Pero “cero compromiso ambiental”.

 

En verano

En verano, el Andino es un lugar natural autóctono de recreación, sin modificación como tal, pues no hay asadores ni bancos con mesas, no hay sanitarios, no hay quioscos, no hay juegos para niños, no hay recipientes para la basura, no hay guardavidas, no hay carteles de prevención de fuego o de protección de la vida silvestre. Cada persona o grupo que llega a la ribera norte elige una playa, un recodo del río, una isla o un remanso para bañarse, jugar, tomar sol, hacer un picnic, matear, etcétera. Cuando se van, algunos llevan sus residuos, pero otros abandonan botellas, bolsas, pañales usados, etcétera. O sea: cada uno a su modo, se hace responsable o no de su paso por las decenas de playitas e islas del Andino.

También suelen merodear personas adultas colocando tramperos para capturar aves pequeñas del monte autóctono. Y chicos con gomeras o rifles de aire comprimido. Por eso hay pocas aves en El Andino. Solo en los días soleados de julio, agosto, septiembre hasta octubre es posible observar garzas blancas, biguás, patos y teros. Y en verano, el vuelo rasante sobre el río de las golondrinas o de algún Martín pescador.

En épocas de buen caudal, pasan los kayacs que descienden desde Pampayasta o de Yucat, buscando los canales más profundos del río.

También es frecuente ver el paso lento de grupos de cabalgata, que disfrutan del entorno natural, siempre por los senderos.

No hay habitantes fijos en el Andino. Pero allí trabajan hombres que sacan arena del río para vender en la ciudad. Lo hacen desde los playones secos durante el invierno o de partes poco profundas del río, con un cajón de hierro muy básico, de un metro y medio de largo, 70 cm de alto y otro tanto de ancho, arrastrado por 3 o 4 caballos, que lo deben tirar vacío hasta el lecho del río, caminar un tramo para cargarlo de arena, manejados por un hombre, con el agua hasta la cintura y sacarlo a la orilla. Serán 3 m3 de arena en cada entrada, pero pesan mucho por el agua que la acompaña. Luego llegan viejas camionetas o un camión volcador desvencijado, se carga la arena a paladas y se vende a obras en construcción. Es un trabajo durísimo, que se realiza en verano o en helados días de invierno. Terminada la jornada los caballos son liberados para que coman los poco nutritivos pastos del lugar. El impacto ambiental de la extracción de áridos de esta forma artesanal, por cuatro o cinco palas es moderado, puesto que el río Ctalamochita deposita continuamente arena en los playones o islas del Andino.

 

En la costa norte

En la costa norte, detrás del alambrado, funcionan las 10 bombas de extracción de agua de la Cooperativa COTAC. Allí, sobre el borde barrancoso, se conservan muchos algarrobos corpulentos, tal vez centenarios. Los caños perforan el suelo hasta 180 m de profundidad hasta alcanzar el acuífero, que por su cercanía al río tiene una reserva continua de agua dulce de excelente calidad. A unos 1.500 m de la entrada al Andino, entre chañares y trepadoras aún hay un mojón que dejó OSN como señal de su explotación de agua potable para Villa María. Actualmente el agua de la Cooperativa se distribuye a 35 localidades, desde San Francisco hasta Laboulaye. Luego siguen campos cultivados.

Cuando el ambiente del Andino se calma, cuando no rugen las motos, ni grita la gente que se divierte en las orillas del río, es posible observar garzas, biguás, Martín pescador, golondrinas, benteveos, algunas especies de patos, horneros, cachalotes... pero huyen ante la presencia humana. Otro evento que modifica el cauce del río son las crecientes del verano, que probablemente destruyen nidos de los recodos mansos y de las islas.

Así es el Andino: un lugar adonde es posible estar en contacto con un relicto de monte del espinal, con enormes bancales de arena, un río de agua correntosa y fresca, con poca arcilla, salvo en las crecientes, en el que hay impacto por la presencia humana: bolsas de polietileno, restos de poliuretano, montículos de electrodomésticos rotos, de muebles destrozados, caños plásticos, hierros de construcción oxidados y escombros, ruido de motos y cuadriciclos, trazado caótico de senderos y huellas que compactan el suelo y destrozan la vegetación baja, extracción de áridos y una vida silvestre autóctona escasa que resiste el pisoteo, el ruido, las crecientes, la basura y la invasión de especies exóticas.

Durante el año 2010 la Legislatura cordobesa tuvo la oportunidad de sancionar una ley de ordenamiento territorial de bosques nativos, que propendía a reconstruir el equilibrio socioambiental de nuestra provincia, tendiente a la conservación de estos ambientes naturales.

Sin embargo, el 5 de agosto de ese año la Legislatura cordobesa sancionaba la Ley 9.814, mal llamada Ley de Bosques, que un día más tarde sería promulgada por el Ejecutivo, récord para un trámite administrativo que suele demorar unos cuantos días más.

La mencionada ley no solo no protege los pocos relictos de bosques nativos que le quedaban a la provincia, sino que sirvió para seguir padeciendo e incrementando los problemas ambientales como las tormentas de tierra, los aludes, la generación de cárcavas, la pérdida de biodiversidad, la disminución de calidad de nuestras aguas, agudizando considerablemente la crisis hídrica. Desde entonces, esta ley condena a los últimos relictos de bosque nativo de Córdoba a su desaparición, además de traicionar el espíritu de la ley madre: Ley Nacional 26.331 de Presupuestos Mínimos para la Protección de los Bosques Nativos.

La flora y la fauna autóctonas del Andino está en retroceso por acciones humanas. Y no hay acciones de mitigación ni de control. Cada cual entra y sale libremente del Andino y su paso puede ser amigable, moderado o sumamente dañino. Y lentamente perdemos un relicto de monte de espinal, tan cerca de la ciudad.

 

* Jubilada docente. Profesora de Ciencias Biológicas y Química, de la ENVM. Licenciada en Ciencias Aplicadas de la UTN FRVM. Licenciada en Enseñanza de Ciencias del Ambiente, UTN Facultad Regional San Francisco.

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