Historias ciudadanas - La juventud villamariense hacia finales de la década del 60

Antiguas rebeldías

martes, 2 de noviembre de 2021 · 07:59

Escribe: Normand Argarate
ESPECIAL PARA EL DIARIO


Borges, que siempre regresa, nos enseña que: “El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica… Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo”.

Es el caso del libro “Antiguas rebeldías – Crónicas para demoler la impiedad del tiempo” de Roberto Bosio, editado y presentado recientemente por El Mensú Ediciones, de nuestra ciudad, y cuya sustancia es el tiempo.

El libro reproduce el diario personal del autor escrito en cuadernos entre 1968 y 1973. Es la crónica detallada de los días de un adolescente mientras transita el bachillerato en Técnico Lácteo, los primeros “Tamberos” como eran llamados despectivamente por otros estudiantes de la ciudad. Especie de álbum de imágenes, registro de diálogos, fotografías y volantes u otros documentos construyen un friso de la juventud durante aquellos convulsionados años marcados por grandes transformaciones sociales como el Mayo Francés, el viaje a la Luna, Los Beatles, la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, el Cordobazo, y el eco de esos grandes momentos de la Humanidad, en las calles de Villa María.

 

El tiempo y su memoria

En las páginas de “Antiguas rebeldías”, vemos como una generación de chicas y chicos se van transformando al calor de los acontecimientos sociales, los recorridos por la ciudad que se expandía, los vínculos, el proceso de aprendizaje, la relación con profesores y padres, el despertar de la sexualidad, pequeñas viñetas donde los lugares emblemáticos de la ciudad se iluminan en una escena, una cartografía sentimental en la cual aquellos protagonistas la conquistaban en la medida que la descubrían.

El libro, por cierto, es esa larga batalla contra el olvido de esos días. Epoca de grandes cambios, de revoluciones culturales, de debates ideológicos, de movimientos insurgentes y revueltas.

En nuestro país ese año fue clave en el acontecer histórico. Onganía en el poder atacó ferozmente a la juventud, y uno de sus objetivos fue las universidades. Dos años antes del inicio del diario se había suprimido la autonomía de las universidades públicas, que pasaron a depender del Ministerio del Interior. La razón de esta medida es que había que poner fin a la infiltración marxista y a la agitación estudiantil. La salvaje irrupción de las fuerzas represivas en las casas de altos estudios (Noche de los bastones largos) y las purgas de académicos progresistas provocaron la movilización permanente y la protesta masiva de los jóvenes. En este marco de creciente tensión, Santiago Pampillón en Córdoba; Juan José Cabral en Corrientes; Adolfo Bello y Luis Blanco en Rosario, perdieron sus vidas frente a la represión policial. Esta violencia agitó aún más al estudiantado, y provocó la indignación de la clase media y trabajadora expresada por las grandes muchedumbres en los funerales y huelgas de protesta.

 

La protesta

Este es el telón de fondo de las primeras páginas de “Antiguas Rebeldías”, el clima de época. Allí podemos constatar la importancia que tuvo el rol de los sacerdotes del Tercer Mundo en la organización de grupos de jóvenes en el debate social en los encuentros realizados en La casa de la Familia. Roberto Bosio retrata los “Encuentros Juveniles” donde se discutía y analizaba, desde el uso de las minifaldas, o cuestiones de filosofía, o sobre los problemas de la realidad argentina. Entre las travesuras o aventuras típicas de adolescentes, Bosio nos propone un viaje hacia el pasado, volver a una geografía de la que habíamos olvidado que somos autores. Entre una de esas escenas, con un estudiantado movilizado por los acontecimientos políticos, nos cuenta que en una de esas tantas manifestaciones, uno de los muchachos de apellido Seguel le grita un sobrenombre fulero a uno de los uniformados. Cosa que lo tomó mal. Y comenzó una carrera para detenerlo. El muchacho se refugió en un legendario café: “Otro cana, gordinflón, que se cae del caballo no puede volver a montarlo ante el silbido de los presentes, que nos hacemos una fiesta ante el espectáculo policial. Unos agentes, machete en mano, quieren silenciar las burlas que los acosan y se abalanzan sobre un grupo que corre a refugiarse en el IchiBan. Hasta allí llegan los uniformados, pero no pasan de la puerta porque el corpulento dueño de la confitería les impide la entrada. Las burlas se multiplican hasta el infinito: risotadas y silbidos de todos los rincones para los canas y aplausos festivos para la valiente actitud del dueño, al que apodan “Gato”.

 

El autor

Roberto Bosio pertenece a las primeras camadas de egresados del Bachillerato Técnico Lácteo, lo que daría origen posteriormente a la Escuela Superior de Lechería (ESIL), un orgullo de la educación villamariense y una verdadera cantera de profesionales destacados. A los 67 años, ya jubilado de una larga trayectoria en la industria láctea, Bosio recupera en los cuadernos manuscritos las huellas de pequeñas historias que forman un conjunto coral.

 Nos encontramos en la Petrobras. Llega puntual y rápidamente pone su libro de seiscientas páginas sobre la mesa. Al poco de conversar, explica: “Este es el registro de una generación que atravesó todas las contradicciones de una época. Políticas, sociales, de la moda. El proceso de aprendizaje desde aquellos encuentros juveniles hasta las discusiones políticas.”

Cuando le pregunto por qué se le ocurrió llevar un diario, responde. –“Por alguna sensibilidad especial uno comienza a parar la oreja, a escuchar lo que se dice, comencé a juntar todos los volantes y panfletos de esa época. Los juntaba y los guardaba junto a las anotaciones de los cuadernos. Por otro lado, mi curiosidad natural. Si había una marcha o una manifestación, una reunión, allá iba y luego lo escribía. Esos años fueron muy interesantes desde el punto de vista de la actividad sindical. En Villa María había dos grupos. Uno que adhería a la línea nacional y otro a la CGT Córdoba, con Atilio López, los años de Tosco. El diario registra la vida que llevábamos los estudiantes entre 1968 y 1973. Fue una época irrepetible. Tanto lo que se vivía en el país como en Villa María. Los coletazos del mundo cómo repercutían en nuestra ciudad. Era una época tan diferente a la actual. Se discutía en los bares, en todos lados y a pesar de las prohibiciones y la represión, en el pueblo circulaban libros, fotocopias, panfletos, casettes. Había una necesidad de discutir y debatir todo.”

Sobre el momento inicial, el impulso de comenzar a registrarlo todo, Roberto recuerda: “Alguien propuso, seguramente un compañero, lo lindo que sería dejar testimonio de lo se vivía en ese momento y ahí comencé.”

 

Un recorrido sentimental

A través de las páginas de “Antiguas rebeldías” podemos reconstruir una Villa María desvanecida en el tiempo pero aún latente en su presente. Los primeros grupos de rock como Grupo 81, las citas en Plaza Centenario, o el viejo local de la Fraternidad sobre calle San Martín casi esquina Tucumán y que tanta actividad desplegó por aquellos años. “A la vez es un reconocimiento a tanta gente que conocí, que se transformaron en lideres, en presos y desaparecidos políticos como el caso del Gallego (Eduardo) Requena.” Agrega Bosio, mientras repasa sus recuerdos. “Por esos años yo apoyé un grupo que se llamaba el Frente de Trabajadores Combativos, que lo conocíamos como el “Grupo Macondo” porque nos reuníamos en la antigua librería Macondo (ubicada en San Martín al 100 y pico). La librería Macondo era como la jabonería de Vyetes donde nos reuníamos con Susana Barco, Omar Toscano, unos curas de Villa Nueva que eran sacerdotes del Tercer Mundo y de los que nos habíamos hecho amigos, y varios compañeros donde discutíamos y analizábamos todos los problemas del mundo. En el diario también creo que queda registro de cómo se expresaba la ciudad. Todo era muy distinto. Desde todos los estamentos de la sociedad había una necesidad de cambiar.”

El ambiente que logra capturar el libro es la vitalidad y la confianza en los proyectos colectivos. En las primeras páginas se cuenta los últimos años de un rito comunitario que en su momento de esplendor alcanzó esos hitos urbanos que establecen las cronologías de las comunidades, como era el Desfile de Carrozas, clásica competencia de habilidad y construcción entre los estudiantes para el día de la primavera y que contaba con el aporte de los comercios locales. Bosio narra los altercados en torno a los festejos del último año, por la situación general que vivía el país y en particular el número creciente de estudiantes muertos a mano de la Policía. “Los universitarios” se oponían al desfile. Bosio y sus amigos se atrincheraron para defender su carroza ante un posible atentado, armados con un 38 y algunos aires comprimidos.

En esas imágenes se sintetiza el paso de una época a la otra. Es el fin para el Desfile de Carrozas que cada año recorrían las calles de la ciudad, pero simultáneamente es el nacimiento de otro acontecimiento comunitario. La Farándula, un acto distintivo del Rivadavia.

 

Reconstruir el tiempo

Nacido en la ciudad, Bosio reconstruye las calles y los barrios con sus señales o referencias típicas. Escribe: “Vivía en la calle Corrientes, a tres cuadras de Las Rosarinas para el lado de la fábrica de hielo. Conocía cada vecino, la casa de mis amigos, el campito de Arcas..” El plano emocional de barrio Lamadrid, y los recorridos hasta el río o el Parque de Villa Nueva. El Túnel de los Hermanos Secco y su memorable olor a meada. El Zoológico, la Canchita de Ejercicios Físicos junto a los viajes en un Whipett modelo 1928 o las incertidumbres y dudas que cualquier joven tiene en el momento en que se aleja de su infancia y se acerca a la adultez.

La sombra de la dictadura alcanza los claustros y las aulas. En la entrada del miércoles 28 de Mayo de 1969, Bosio anota. “El petiso Dalmasso me comenta que en la hora anterior vino al colegio un agente de la SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado) a interrogarlo. Me pide no divulgarlo para no generar pánico entre los compañeros que simpatizan con el movimiento estudiantil.” El Cordobazo se siente en todo el territorio nacional, es un sacudón en la conciencia social y junto a la historia grande, los pequeños hechos de la vida cotidiana. Las picadas en un Gordini que terminó estrellado contra un árbol. Entre el fluir de los días, uno advierte la importancia que tuvo por ejemplo la inauguración de la nueva Terminal de Omnibus el 27 de septiembre de 1970 en su actual emplazamiento. Pueden leerse algunos de los volantes o panfletos que las distintas organizaciones sindicales distribuían en las calles, y reconocer allí las tensiones que confrontaban diversos sectores. Se pasea la figura del historiador Dino Calvo como un protagonista directo de la movilización popular, y también la del Dr. Carlos Pizzorno, con su inveterada amabilidad y capacidad de conversación.

En esas derivas nocturnas, los muchachos de la barra nombrados con sus apodos: Panchín, El Flaco, Pistín, El Chancho, Pato, El Gordo, Marciano, entre varios más, podían pasar de una matiné de cine en El Ópera, el Broodway, el Rex, el Monumental, o El Premier, a asistir luego a una función clandestina de la película “La Hora de los Hornos” de Pino Solanas y Octavio Getino que se proyectó en el Sindicato de Empleados de Comercio, el martes 15 de junio de 1971.

 

El documento y sus lecturas

La historia de las ciudades suelen atesorar olvidos memorables, que hacen a su singularidad, en aquello que también definen por omisión se encuentra una imagen reveladora. Por ello rescatar de las brumas temporales la creación de la Seppac (Sindicato de Educadores Privados y Particulares de Córdoba), en la que la figura carismática de Eduardo Requena sobresale como uno de sus creadores junto a Roberto Tais, Ana María Monti, Antonio Arza, Sonia Oddino entre muchos más, ilumina parte de nuestra historia no muchas veces contada. A través de la intensa actividad sindical podemos intuir el grado de conciencia y movilización que habían alcanzado las grandes mayorías en nuestro país. A la vez en el texto se reproducen algunos documentos históricos como por ejemplo, el volante firmado por la Regional Villa María de la CGT de los Argentinos en octubre de 1968 titulado “Por el respeto a la Dignidad Humana y el Libre Gozo de Las Libertades Públicas”.

Entre sus párrafos sobresalientes, la agrupación reclama: “la igualdad de deberes y derechos y que sean anuladas las leyes que castigan las ideas, que mantienen privilegios, las que sostienen un sistema de explotadores y explotados y las que con violencia o discriminaciones impiden la plena vigencia de la dignidad humana” asimismo se solicita que “restablezcan las libertades públicas y la soberanía popular”, hacia el final el documento se solidariza “con los estudiantes y la juventud cuyo más alto ideal es luchar por la liberación nacional”.

En dos a tres líneas podemos ver el drama de aquellos años. El onganiato que era una dictadura fosilizada en los años 30 por un lado y el espíritu de rebeldía que nacía en las juventudes del mundo, y por expansión también aquí en el pago chico, y que luchaba por vivir de una manera diferente. Donde “las ideas” no sean “castigadas”. El anuncio de las nuevas generaciones que ya no querían permiso para pensar, que ponían todo en discusión, en definitiva, que querían cambiar el mundo. Fueron los años de Mafalda filosofando junto al globo terráqueo o señalando los palitos para abollar ideas.

Como decía el filósofo Walter Benjamin: “Todos los documentos se comunican en lo material. En los documentos domina la materia. Materia es lo soñado”. En esa materia de los sueños, los documentos nos revelan y amplían la conciencia sobre nuestro propio devenir, la forma que le damos a la historia, al relato de nuestra propia identidad.

 

Carpe diem

Finalmente, mientras terminamos nuestro café le pregunto a Roberto cómo se organizaba, cómo era su método de trabajo. Muy calmo, como si remontara el proceso de persistencia, de serena obsesión por recordar esos días, responde: “Andaba todos los días con los cuadernos. A veces utilizaba los cuadernos de clase. La mitad era para los estudios, la otra para mis escritos. A veces en agendas, o en hojas sueltas que luego agrupaba. Por ello registré campamentos, viajes, bromas que hacíamos, todo lo que viví. Y si bien hay mucho que solo puede interesarnos a los protagonistas, el trasfondo es la forma en cómo vivía la juventud de Villa María en esos años.

La última entrada al diario se registra el lunes 26 de noviembre del 73. En ella se reproduce una conversación casual entre un profesor, mencionado en varias oportunidades como un gran interlocutor de aquellos muchachos. Hacia el final del diálogo, se dice: “Hablando de todo un poco nos dice que hoy, la educación sirve más al imperialismo que al pueblo.”

“Antiguas rebeldías” es el intento por arrebatar a la impiedad del tiempo y del olvido, los dorados años de la “divina juventud”, es el conjuro contra las voces de los poetas muertos que nos dicen: “…aprovecha el instante presuroso/ breve es la vida, la esperanza vana: el tiempo huye, no fíes crédulo/ en día venidero, goza éste que se va”.

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