Violencia de género - Testimonio de una mujer que vivió una década de horror
Vivir para contarlo
Animarse a contar lo vivido entre cuatro paredes es un acto de liberación que decidió ejercer una mujer de Villa María que vivió una década de violencia. Pedir ayuda y estar acompañada, la clave para ser sobreviviente¿Qué marcas deja vivir una noche de terror? ¿Qué marcas mostrás cuando querés denunciar que horas antes de que te hicieran la cesárea, tu expareja y padre de la niña que iba a nacer te tuvo apuntada con un revólver, alternando la amenaza de matarte con la de matarse?
La historia que hoy se anima a contar N.R. es también la historia de la evolución que tuvieron las instituciones que deben proteger a víctimas de violencia de género en Villa María. Ella lo sabe en primera persona porque pasó una década viviendo violencias de un hombre que juró amarla.
“Todo lo que viví fue entre cuatro paredes y, por consejo de mi psicóloga, hoy me animo a contarlo”, dijo.
Entrevistada en su casa por El Diario, N.R. (preservamos su identidad real) relató lo que vivió después que conoció al hombre que parecía de ensueño, el que enviaba flores dos o tres veces por día.
Ella era una mujer separada, madre de dos hijas, cuando empezó una relación que se extendió por varios años. “Terminé el noviazgo porque me di cuenta de que había cosas que no me gustaban. La principal, era que no entendía cuando uno decía no”, dijo.
Con la separación, comenzó un infierno: acoso constante, persecución, ataques a cualquier persona que quisiera acercarse a ella, irrupciones en su casa o en su trabajo.
Recuerda que un día, en la vereda de su casa, el la molió a golpes, pateándola cuando ella estaba indefensa en el suelo. “Yo ahora, que entiendo lo que se vive, no dejo de parar cuando veo que un hombre insulta o agrede a una mujer, porque no hay que ser indiferente como sociedad”, agregó.
En esa oportunidad, la de los golpes en la vereda, decidió ir ella misma a la Unidad Judicial. Para su sorpresa, él había llegado antes.
Como en todos los ciclos de violencia, en algunos momentos de esta larga historia, él lograba su cometido y ella, como muchas mujeres, creía que podía volver a empezar y que las cosas serían distintas.
Así las cosas, quedó embarazada y todo fue peor. El creía que tenía el derecho sobre el cuerpo de ella “porque llevás a mi hija”, le decía, y así buscó por todos los medios que no trabajara o que estuviera “siempre atenta”, porque podía pasar -y entrar- a su casa en cualquier momento.
En la previa al parto, él la llevó a su casa para acompañarla al día siguiente a la clínica, donde tenía la cesárea programada. “Fue una noche de terror”, cuenta, relatando con detalles lo que vivió cuando él la amenazó con un arma y luego, poniéndose la misma arma en la boca le decía: “Si me dejás, me mato”.
Cuando regresó de la clínica, ya con la bebé en brazos, quiso “limpiar” el horror regalándole un auto. Así de extremo, así de perverso.
La charla con N. R. dura casi tres horas. Va desgranando cada momento de horror, cada golpe físico, cada amenaza, cada insulto: “Me resuena aún hoy su voz gritándome ‘negra de mierda’ o ‘puta’”. También tiene en el cuerpo las huellas de los golpes, con dolores en la espalda que no dejan que se olvide de lo ocurrido. Y en la memoria, el horror de las veces que abusó sexualmente de ella.
El mandato de proteger
Criando a la pequeña, trató por todos los medios de protegerla del padre violento. Muchas veces subía al auto con él para que la niña no fuera sola. Tenía miedo, sí. Pero entendía que era peor que el riesgo lo corriera su hija.
“No se quién nos enseñó a proteger, a aguantar. No te imaginás lo pesado que es tener que estar bien después de una agresión, como si no hubiera pasado nada”.
El camino judicial no estuvo exento de dificultades. Recuerda que una vez fue citada por el juez Fernando Flores, quien atendía la causa por el régimen de visitas. “El se quedó sorprendido porque en los papeles, decía que yo no le daba a la nena impidiendo el contacto con el padre. No sabía nada de la historia de violencia y tampoco, que yo, aunque se me fuera el alma, nunca se la había negado”, relató.
La pequeña crecía y cada vez que podía, manifestaba su deseo de no ver al padre. “Se daba cuenta que lo único que hacía el padre era preguntarle por mi, qué hacía, con quién me juntaba, si tenía novio”.
Todo explotó el último Día de la Niñez, cuando el padre llegó a la casa con una tablet de regalo y la pequeña se esconde porque no lo quería ver: “Dejó la tablet y dijo que esa chica no se merecía nada y le gritó diciéndole que, si no iba con él, no iba a tener qué comer. Yo me indigné, porque había aguantado muchas cosas que me hizo a mi, pero sabía que no podía tolerar que se las hiciera a mi hija”, agregó.
El 3 de septiembre de este año, a raíz de todas estas situaciones con la pequeña, decidió volver a Tribunales a denunciar. La situación ya no es la misma. Está fortalecida, acompañada como siempre con las profesionales del Polo de la Mujer.
Así que, consciente de que debía poner un coto a esta década de violencia, pudo denunciar.
Esta vez, obtuvo una orden de restricción del padre hacia la niña y siente que, eso demuestra lo importante que es escucharla y hacer oír su voz.
“La restricción es por seis meses y lo que le pido a la Justicia es que sepan ver a quién le dan a nuestros hijos. Yo la verdad, es que sigo teniendo miedo, pero espero que comprendan esta situación y que nos ayuden a que toda esta pesadilla termine”.
“Todavía no puedo decir que estoy bien, pero se que quiero salir de esto, que quiero tener una vida, una vida normal, volver a trabajar y no tener que salir a la calle con el miedo de encontrármelo y que me mate”, concluyó.
