Estar enfermo y sentirse culpable - Llegó a bajar entre tres y cuatro kilos
Vivir en “el infierno” por COVID-19
Franco Bustamante atravesó días “como si se hubiera apagado el reloj”. También sostuvo que sintió como “una puñalada” detrás de los ojos y manifestó que el único trayecto que hacía era de su habitación al baño para vomitarFranco Bustamante tiene 39 años y, por la pandemia de coronavirus, hace casi un año que no ve a su hija de 20, que vive en Alta Gracia con la abuela. “Siempre fui un tipo crédulo. En ningún momento dudé de que podía ser peligroso, sobre todo para los que trabajamos en un lugar con mucha confluencia de gente”, dijo. Ese lugar es la Fábrica Militar, donde a finales de octubre se dio cuenta de que era posible -muy posible- que tuviera COVID-19.
Un mes y medio antes, en septiembre, ya había tenido síntomas: eran los de un resfrío. En esa ocasión, desde el trabajo le pidieron que regresara a su casa y lo aislaron por 15 días: dio negativo para la enfermedad.
La segunda vez, los síntomas fueron diferentes: no era un resfrío, no tenía tos. Estaba en la Fábrica Militar durante el turno mañana, que es el único que comparte con otros hombres. Entró un perro al taller eléctrico donde se encontraban desayunando. “Se puso al lado de donde estábamos sentados y uno de mis compañeros lo corrió porque tenía mal olor”, contó. En ese momento, él no sintió nada. E hizo una prueba: abrió un bidón de nafta. Tampoco sintió el aroma. No les dijo nada a sus compañeros.
Cuando llegó a su casa, empezó con diarrea y dolor de cabeza. Durante esos días se levantaba a las 3 de la mañana para llegar al trabajo a las 4, y por el horario, comía mal. Entonces no se preocupó tanto. Pero fue cuestión de tiempo: dos horas después, el dolor era inmanejable. Se llegó a la Asistencia Pública y le dijeron que para atenderlo, los síntomas tenían que registrarse por tres días. Bustamante contestó que se pasaba vinagre por la nariz y no sentía nada. Entonces, se hizo una excepción: lo hisoparon y dio positivo. Le dieron una planilla y le pidieron que cargue los síntomas por Internet.
“Volví a mi casa y, bueno, viví un infierno”, dijo.
El “infierno”
El día que lo diagnosticaron fue un miércoles. Hasta el viernes no tomó ni comió nada: cualquier cosa que ingería -incluso pastillas- la vomitaba. “Debo haber bajado tres o cuatro kilos”, comentó.
Si bien no lo internaron, expuso que si hubieran visto el estado en que se encontraba -y el peligro de deshidratarse-, sí lo trasladaban. Desde las últimas horas de sol del miércoles hasta el viernes, Bustamante refirió que vivió como “si se hubiera apagado el reloj”. “No sabía qué hora era”, rememoró y dijo que el único trayecto era de su habitación al baño a vomitar.
El vive solo y dijo que lo asustaba no solamente que la enfermedad se prolongara en el tiempo, sino que también tenía miedo de haber esparcido el virus. En esta dirección, manifestó que, más allá de que algunos lo apoyaron por teléfono, se sintió acusado por otros de sus compañeros de la Fábrica Militar. “Hay gente que sí lo subestima y no comprende, a lo mejor, la gravedad del asunto”, manifestó. Y añadió: “No sé si hubiera creído si me lo cuentan, de los problemas, sobre todo el dolor detrás de los ojos, era como si tuviera una puñalada”.
En el medio debió organizarse porque nadie podía visitarlo. “Pude pedirle a la gente del supermercado del barrio que armemos una especie de logística para que me traigan alimentos”, describió. Sin embargo, hizo hincapié en que la frustración lo invadió.
En este punto, también aseguró: “Muy deprimido me sentía. También la culpa, eso es algo de lo que nadie habla, pero es muy importante tenerlo en cuenta: mucha responsabilidad cuando uno da positivo y se enferma porque sabés que estuviste con tal persona y esa persona viene como paciente de riesgo”.
A partir de las críticas que recibió, y por el malestar que estaba atravesando, Bustamante decidió no darle al Centro de Operaciones de Emergencia (COE) el nombre de las personas con las que había estado. “Sé que es una actitud irresponsable, me hago cargo de eso. Ya había pasado por eso anteriormente cuando fui negativo, cargar con la responsabilidad de nombrar a las personas que estuvieron”, recordó.
Luego recibió el llamado de la jefa de Sanidad de la Fábrica Militar preguntándole si había dado los nombres. El dijo que no porque habían tenido los cuidados necesarios y porque “a lo único que se dedicaron por lo menos dos o tres compañeros” fue a señalarlo. Posteriormente, de acuerdo con lo que apuntó, la jefa de Sanidad, “unilateralmente”, le informó al COE. En esta dirección, el trabajador destacó que es importante hacer una observación respecto de que “cualquiera puede llamar” y decir que tal estuvo con tal. “La pasé tristemente mal”, enfatizó.
Desde el COE le dieron el alta el 7 de noviembre, después de que insistiera para poder rehacer su vida y volver al trabajo. Seguidamente, nadie volvió a comunicarse con él para que se hiciera un examen y ni siquiera atendieron su requerimiento para ser donante de plasma.
La ansiedad
“Estuve dos veces aislado y es un poco complicado para hacer la vida normal”, destacó sobre los períodos de tiempo en los que debió mantenerse encerrado y, principalmente, viviendo solo. “A mí el encierro no me afecta en sí, hace muchos años que vivo solo, me gusta la música, pero fue la segunda vez y no lo bancaba, ya estaba muy ansioso”, apuntó y subrayó que, inclusive, tuvo palpitaciones.
