Para toda clase social - El 17 de noviembre volvió a abrir, después de unos ocho meses de parate por la pandemia

El hombre detrás de la calesita

Mayco Rinero habló de su trabajo, recordó su niñez y, entre otras cosas, contó cómo atravesó y debió rebuscársela durante gran parte de 2020 por el COVID-19
lunes, 25 de enero de 2021 · 08:33

La noche del 19 de marzo de 2020, desde Olivos y en conferencia de prensa, el presidente Alberto Fernández mencionó un Decreto de Necesidad y Urgencia y dijo: “Por ese decreto, a toda la Argentina, a todos los argentinos, a todas las argentinas, a partir de las 0 horas de mañana deberán someterse al aislamiento social, preventivo y obligatorio. Esto quiere decir que a partir de ese momento nadie puede moverse de su residencia (...). Hemos decidido prolongar esta medida (...) hasta las 24 horas del día 31 de marzo”.

Esa noche, Mayco Rinero, de 33 años y calesitero de Villa María, estaba trabajando. Un sábado de noviembre, ocho meses después, en el comedor de la casa que alquila en barrio Palermo, dijo: “Me enteré cuando llegué acá y vimos el noticiero. Sentí que se me venía el mundo abajo porque uno, más allá de todo, tiene vida, tiene deudas, tiene cuentas que pagar, tiene cosas por hacer. Me bloqueó, digamos”.

El 10 de abril se comunicó la extensión de la cuarentena hasta el 26 del mismo mes. Entonces, Mayco Rinero dijo qué, cómo se sigue. Las primeras semanas miró películas, pintó las rejas del frente de su casa, alguna pared, hizo arreglos: trató de mantenerse ocupado. Por aquellos días, con su familia, salió a la vereda: pasó un patrullero y un policía les dijo que no se podía. “Me sentía asfixiado. Lo pasé muy mal”, contó.

Cuando el Gobierno nacional anunció otra extensión del aislamiento, empezó a vivir de los ahorros: no eran muchos, pero alcanzaban para subsistir. Después tuvo que rebuscársela: empezó a hacer changas y un amigo le ofreció hacer un programa de radio, al que ahora volverá, estima, en febrero o marzo. También hizo mudanzas, repartos y, como había comenzado la carrera de Diseñador Gráfico, flyers y videos publicitarios para negocios.

“Me armé de paciencia. Sabía que algún día íbamos a volver. Miedo no tuve. Estaba muy abrumado. Yo a fin de mes no llegaba. Al día 20 ya estaba para atrás. Pero bueno, hoy en día hacen falta dos sueldos para estar en una casa. Por suerte, el plato de comida no faltó. Siempre con algo nos arreglábamos”, sostuvo.

El viernes 6 de noviembre del año pasado lo llamaron desde el Ente Deporte y Turismo de la ciudad y le dijeron que había buenas noticias: en Córdoba capital se había aprobado un decreto para que las calesitas volvieran a funcionar.

Mayco Rinero, hijo de un trabajador de una fábrica de galletas y de una ama de casa, es villamariense: nació y se crió en el centro, a una cuadra del Salón de los Deportes, por calle Carlos Pellegrini. Con tres amigos del barrio correteaban por ahí, iban a la plaza Centenario y a las salas de videojuegos, se metían en sitios abandonados. Tiene una hermana ocho años menor. Hizo la primaria en la Escuela José Ingenieros y cursó el secundario en el Trinitarios hasta que, a los 15, murió su padre y tuvo que salir a trabajar. Entre changa y changa, a los 18 o 19 ingresó como empleado a una droguería. Mientras, terminó el secundario bajo la modalidad nocturna. Después se quedó sin trabajo en la droguería y siguió buscando: fue cadete, manejó un taxi. Antes de convertirse en calesitero, atendió al público en una farmacia, en la que trabajaba 11 días de corrido, hasta que hubo recorte de personal.

“Entré último y, al ser el último, me fui primero”, recordó.

Un amigo se enteró de un llamado a licitación pública para la calesita de la plaza Pedro Viñas, adquirida en 2002 por el exintendente Eduardo Accastello, y le avisó. Mayco Rinero cree recordar que participaron otras dos personas (una de ellas era el hombre que la tenía hasta ese momento) de la licitación. El y su novia Mariela (actualmente, además, contadora) con su proyecto querían apostar al arte callejero: invitar a payasos, a magos, a estatuas vivientes, a músicos, a tatuadores. Querían renovar las piezas de la calesita. Querían volver con la sortija (pieza de metal agitada por el calesitero desde un costado de la calesita mientras los chicos intentan agarrarla: el que la alcanza gana una vuelta adicional). Querían hacer algo distinto y para todos.

“Desde un principio queríamos que la entrada fuera barata porque la calesita es para toda clase social: baja, media o alta”, afirmó. La vuelta, cabe precisar, cuesta 20 pesos (cuando comenzaron salía $10).

Y los seleccionaron. El 1 de junio de 2018 abrieron por primera vez y les costó porque la lona que tapa la calesita es pesada. Además, apenas llegaba un chico la encendían. Pero se amoldaron; dijeron que uno haga esto y el otro aquello: ella se ocupó de la boletería y él de la publicidad digital (por Facebook e Instagram) y el mantenimiento. Los jueves comenzaron a entregar chupetines, los viernes a ofrecer promociones y los sábados regresaron con la sortija. Compraron un parlante y empezaron a poner música: para chicos, popular, de los 80 y 90.

 

Algunos recuerdos

Rinero rememoró que cuando era chico su padre lo llevaba a la calesita que se encontraba en la costanera, en cercanías de las compuertas: se quedaba con su familia desde las 4 de la tarde hasta las 10 de la noche. En ese momento la ficha salía un peso y a él le daban diez: con eso tiraba hasta que anochecía.

Por otro lado, también habló de su padre y la afición por los circos. Por aquellos años había, además de magos y payasos, animales: leones y elefantes. Se acuerda que iban juntos a ver espectáculos repetidos y que, inclusive, a veces, su padre iba solo.

De él también aprendió otras cosas: por ejemplo, el marketing. El hombre tenía una distribuidora que fue una de las primeras en comenzar a vender cigarrillos. Y él colocaba un cartel que decía cigarrería, pero con la letra “s”. Entonces, en ese sentido, Rinero considera que heredó de su padre cuestiones vinculadas con conocer cómo se debe ofrecer un producto, venderlo.

Otra persona de la que no se olvida es su abuelo Roberto Deiver, hijo del exintendente de la ciudad Salomón Deiver. “El día que supo que adquirí esto se ofreció inmediatamente a ver qué le faltaba, con qué podía ayudar. Cada vez que restaurábamos algo, él venía y lo controlaba”, aseguró.

En otro punto, contó que el balance a lo largo de estos años es positivo: lo han invitado para el Día del Calesitero (4 de noviembre, en honor a don Luis, que tenía una calesita del año 1920 y que desde 1963 funcionó en el patio de su casa en el barrio Villa Luro, en la Ciudad de Buenos Aires) a escuelas para dar charlas.

 

El regreso

Finalmente, la calesita pudo volver a funcionar el 17 de noviembre pasado con una importante afluencia de público. Por eso, incorporaron un día más: ahora trabajan de miércoles a domingo.

En este marco, se cumple con todas las medidas de bioseguridad: barbijo, alcohol en gel y se mantienen las atracciones limpias todo el tiempo.

 

Vandalismo: Desde que Mayco Rinero trabaja como calesitero ya sufrió casi una decena de actos vandálicos. Este viernes sucedió otra vez: cuando llegó encontró cartones en el suelo (como si alguien hubiera dormido), restos de comida, colillas y, además, le habían roto detalles de las atracciones como volantes y bocinas.

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