Crónicas de pandemia - Historias de vida en una etapa muy difícil

“Limpiar vidrios deja una moneda, pero no tanto como el pan”

Víctor siempre trabajó en la construcción, hasta que el aislamiento por el COVID-19 lo obligó a buscar otra salida. Largas jornadas cerca del semáforo, para llevar el pan a su casa
martes, 18 de agosto de 2020 · 09:00

Escribe: Diego Bengoa
De nuestra Redacción

Fue albañil toda su vida, como su familia, pero la pandemia de coronavirus le vedó toda posibilidad de trabajo en la construcción.

Por eso, desde hace unos meses, Víctor Hugo (28) se gana la vida vendiendo pan casero en la zona de bulevar Vélez Sarsfield y las vías. A veces se para cerca del semáforo ubicado frente al ingreso a barrio La Calera, en otras se traslada una cuadra y media y se apuesta en inmediaciones de la Iglesia Trinitarios.

Vivió mucho tiempo en barrio Botta, y hoy reside en calle Colombia al 900, en el Roque Sáenz Peña, con su compañera, la hijita de ambos (de 2 años) y el hijo de ella (de 11), quien ayer lo acompañó en la venta de panes.

El Diario lo abordó pasado el mediodía del sábado. Allí, Víctor contó que desde que se quedó sin su fuente laboral por el aislamiento social, pasó a limpiar vidrios de vehículos y luego decidió hacer pan.

“Limpiar vidrios te deja una moneda, pero no tanto como el pan. Pago 45 pesos la harina, lo vendo a 100 pesos y con eso sobrevivo. Hoy me traje 13 panes para vender, me llevaré 1.300 pesos de acá, con eso vivo al día”, describió, y agregó que su pareja paga los servicios básicos con lo que perciben por la Asignación Universal por Hijo.

 

Agradecido

“Hago entre 15 y 20 panes por día, hasta que no los vendo no me voy de la esquina. Estoy muy agradecido a la gente porque me ayuda mucho, y si no me compran, me dan una moneda”, aseguró.

Puntualizó que llega entre las 8.30 y las 9 al bulevar, o a veces va a las 14 y permanece hasta cerca de las 18. Confesó que lo cansa mucho estar parado en la calle, “pero si no lo hacés, no llevás el plato de comida”.

“De acá me voy a casa, pero antes paso por la carnicería”, expresó.

En varios momentos de la charla con este cronista hizo hincapié en la necesidad de contar con harina, para poder elaborar el alimento que comercializa.

“No tengo a nadie que me ayude con la harina. Pago 900 pesos por bolsa, pero a veces no llego. Ayer (por el viernes) compré un pack de 10 kilos, me quedan cinco todavía. Con cinco kilos que amasé saqué 15 panes, dejé dos en casa y el resto me lo traje. Mi único gasto es la comida, la verdura”, detalló.

Precisó que pagan 10 mil pesos de alquiler para “un departamento con agua caliente, con todos los chiches, pero que cuesta. Es que la plata no alcanza para nada, todo está muy caro”.

Víctor se lamentó por no haber podido acceder al IFE, el Ingreso de Emergencia previsto por el Estado nacional. “Agarré el celular, me quise inscribir y no pude hacerlo porque ya había pasado el tiempo”, explicó. Dijo que un amigo lo gestionó “a través de Derechos Humanos, pero yo no llegué a tiempo, y lo necesito mucho”.

La venta de panes es de lunes a lunes en la zona del Vélez Sarsfield, aunque a veces se va para Villa Nueva. “Veo mucha gente vendiendo, acá en la otra cuadra hay nenitos de 7 años con panes caseros”, dijo en referencia a algo que se ve más que nunca en los últimos tiempos: chicos muy pequeños en la calle limpiando vidrios o con pastafrolas u otros alimentos para comercializar.

“Sobrevivo con esto, le compro pañales a mi hija, puedo pagar el agua y la luz. Vivo el día al día”, recalcó el entrevistado.

“Laburé en todos lados, durante mucho tiempo como albañil, como toda mi familia; en un campo”, repasó.

Cuando se le preguntó qué siente y qué piensa sobre la pandemia de COVID-19, dijo que “es algo inentendible, los chicos no pueden ir a la escuela, te tienen conque vuelven las clases, pero al final no empiezan”.

 

El miedo al virus

“Le tengo miedo al virus, porque tengo mi familia y estoy mucho en la calle. Mi miedo es chocarme con alguien que lo tenga, como por ejemplo un camionero, porque uno dialoga con mucha gente, y que después sin saber lleve el virus a casa”, manifestó.

Dijo que los sábados hay momento de oración en su casa y resaltó en varias oportunidades la empatía social. “La gente es muy amable, muy respetuosa. Hay mucha gente buena que ayuda”.

“De los gobernantes, ni idea. Cada cual sabe cómo hacer su trabajo. El mío es venir a vender y poner la cara, es la primera vez en la vida que lo hago, no hice nunca antes esto de salir a la calle a vender. Y no estoy acá por los vicios -que no tengo-, sino para ayudar a mi familia”, expresó cuando se le planteó qué piensa de los gobernantes.

Recalcó que su hijo “ahora tiene clases por teléfono, hace las tareas, se pone a estudiar, tiene mucho bocho, pero los sábados quiere venir acá a ayudarme”. “El es el que quiere estar acá, dice que lo hace para colaborar con la casa, pregunta cuándo se va a terminar esto porque quiere ir a la escuela. Se sienta solo a estudiar, sin que le digamos, porque le gusta”, subrayó.

“Te soy sincero, hoy sábado estoy acá porque no tengo plata, no tengo dinero. Tuve que pedir prestado para comprar la bolsa de harina. Si alguien me ayudara con la harina, Dios se lo multiplicará”, declaró.

Sobre el final, Víctor saludó a un joven y dos adultos que caminaban a media cuadra. El Diario siguió a esas tres personas, que ingresaron a las viejas y abandonadas instalaciones contiguas al Molino Fénix en donde hoy habitan (lo que dio lugar a la nota publicada en el diario del domingo). Son tiempos de pandemia, en donde la crisis socioeconómica que se venía profundizando empeoró y está castigando mucho a un gran sector de la sociedad, que necesita oportunidades y herramientas de trabajo.

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