La experiencia de José Benítez - Cuatro meses distintos en el mar

Las vivencias de un bailarín en un viaje por el mundo marcado por el COVID-19

A mitad de la navegación conoció que el recorrido se interrumpía por la pandemia. El relato de cómo fueron sus días en el barco y las sensaciones por la crisis sanitaria
viernes, 26 de junio de 2020 · 08:30

Escribe Diego Bengoa DE NUESTRA REDACCION

El 5 de enero, el bailarín local José Benítez partió desde el puerto de Génova, en Italia, siendo parte del tour mundial de la naviera Msc Cruceros.

Estaba previsto que la nave recorriera 43 destinos de 23 países de los cinco continentes del planeta, durante 117 días. Entre los lugares a visitar estaban Barcelona, Lisboa, Río de Janeiro, Buenos Aires, Papeete, Auckland, Sídney y Bombay.

Sin embargo, la pandemia de coronavirus interrumpió el recorrido pautado, al cual José se plegó al haber sido contratado por una agencia como bailarín de jazz. 

El 10 de marzo, cuando estaban por bajar a Australia se enteraron de que iban a existir alteraciones en el plan original. El COVID-19 avanzaba sobre distintas geografías y el mundo comenzaba a cambiar. “Esa mañana el capitán anunció que no íbamos a bajar en la isla de Tazmania. Nos fuimos a Sídney, donde supimos que la gira al mundo se daba por terminada”, recordó Benítez en una larga charla con El Diario.

Había transcurrido la mitad del viaje. El artista brinda una dimensión de lo que fue ese momento al comentar que la edad promedio de quienes iban en el crucero orillaba los 70 años, es decir, era grupo de riesgo ante la enfermedad.

La compañía de la que fue parte tenía que hacer 45 shows distintos. Cada equipo concretó poco más de una veintena. “Todo el tiempo estábamos aprendiendo coreografías”, contó. “El teatro contaba con una compañía de bailarines divida en dos grupos de 10 personas cada uno (seis chicas y cuatro varones), además de nuestra coach. Había una orquesta de música clásica y se contaba con invitados en cada país”, precisó.

Cuando se cortó el recorrido -el 14 de marzo-, se les propuso llevarlos a su casa desde Australia en avión (opción que solo utilizaron unas 200 personas) o bien emprender un largo viaje en crucero hasta Europa, sin bajar en ningún puerto, solo con paradas técnicas. La mayoría se quedó en el barco. “A partir de ahí emprendimos un largo viaje durante un mes y medio para volver, sin pisar tierra”, describió José. El crucero continuó funcionando, pero el marco en que avanzaba por el agua se había modificado drásticamente.

“Nunca subestimé lo que pasaba. Me llamaba la atención lo que vivía China”, señaló. Dijo que se percibía mucha tensión entre los pasajeros, y que el trabajo de los distintos artistas pasaba por entretenerlos, todo un desafío en tiempos de pandemia.

Pese a ese clima existente, José sostuvo que lograron divertir.

Atravesó así un mes y medio, con condiciones que estaban lejos de las pensadas. “Lo naturalizás. Fue la cuarentena que me tocó vivir”, expresó Benítez, describiendo los espacios existentes en el barco, en donde había desde gimnasio hasta pileta.

Fue el único argentino en el grupo, el idioma que prevaleció fue el inglés y vivió “un choque cultural” en el encuentro con sus colegas.

“Fue un desafío en un contexto extraño. Me gustó, volvería a hacerlo”, declaró.

Concibió muchas amistades de distintas culturas, “algunas muy lejanas a la nuestra”. Entabló vínculos con chicas y chicos de Brasil, Ucrania, Rusia e Inglaterra, entre otras nacionalidades.

 

Crucero apagado

Permaneció en el barco hasta el 30 de abril. En los días previos quedaron solo 100 personas en la nave. El crucero estaba apagado y regían las medidas de distanciamiento social y de uso del barbijo. El gimnasio del lugar se cerró, se comía en mesas distintas y cada uno estaba solo en su camarote.

Pasó 10 días casi en solitario, una experiencia que vivenció como una especie de vacaciones tras un arduo trabajo y también de “adaptación a una nueva vida”, desconociendo cuándo podía retornar a la Argentina.

¿Cómo fueron los días de soledad en la nave? “Me refugié en el ejercicio físico. En los pisos abiertos corría alrededor del barco. Hice una coreografía en una cancha de tenis”, repasó. Trataba de mirar el mar y de crear.

No tenía plazo para dejar el barco y en ese entonces -contó ahora- especulaba que volvería al país recién en septiembre, situación que le despertaba “mucha incertidumbre”.

El desenlace positivo se dio mucho más rápido que lo imaginado. El bailarín se comunicó con la Cancillería en París, y después supo que la empresa Msc había conseguido un vuelo de Air France que venía a Buenos Aires a buscar a franceses en el marco de las medidas sanitarias que empezaron a regir en diversos países, el cual tomó para volver a su tierra.

Desde Marsella (a la que llegó el 20 de abril) hasta París, José se trasladó en auto. En la capital de Francia fue testigo de un aeropuerto vacío, símbolo de lo que sucedía en gran parte del mundo. El vuelo de regreso -con escala en San Pablo- “fue estresante”.

Desde la Capital Federal vino hasta Villa María en remís. Hacía cuatro meses que no veía a su familia y a su entorno y no pudo encontrarse con sus afectos ya que debió permanecer aislado. Cuando llegó, se retiró a un campo familiar durante 15 días para pasar la cuarentena, que fue en soledad tal como había sido el último tramo en el barco. Recién luego de ese período, y mediando un hisopado que resultó negativo, pudo retornar a su hogar.

 

Sensaciones

Cuando este matutino le preguntó qué sensaciones le dejó la experiencia que había arrancado en un enero en donde la pandemia parecía lejana, respondió que las emociones han sido “indescriptibles”.

“Fue un aprendizaje infinito”, sintetizó y dijo que profundizó en el ritmo laboral del show bussines y en diversas culturas, como la hindú o la tailandesa. “Vi muchas realidades”, recalcó.

Aseguró que cambió su manera de alimentarse, hubo modificaciones en sus horarios y que reforzó su argentinidad. Valoró la libertad del ser argentino.

Respecto al COVID-19 consideró que “el mundo debe cambiar”. “Es algo gravísimo. Surgió, entre muchas comillas, en un mercado de China por un accidente y a los cuatro meses el mundo estaba de rodillas”, graficó. “Pienso que nos debe cambiar, pero creo que eso le sucederá a quien quiera hacerlo. Esto dejó expuestas las desigualdades y falencias del planeta”, evaluó.

Cree que los artistas son partícipes de lo que será un cambio de era. Le preocupa “que se confundan las flexibilizaciones que se van permitiendo, con el volver a la normalidad, algo que no se puede producir cuando el contexto es anormal”.

“Hay fosas comunes, hay un enemigo que acecha a todos por igual. La humanidad está vulnerada”, marcó. Entre sus reflexiones, dijo que los seres humanos “vamos a repensar qué espacios queremos habitar” y se preguntó también “a qué público nos vamos a enfrentar luego de esta crisis”.

Está convencido de que se viene un nuevo tiempo, y que esta transición representa un momento especial “para pensar nuevas formas de hacer arte”.

 

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