El Potrerito Malvinas de barrio Las Acacias
La solidaridad cumple 12 años
El espacio de contención social atraviesa su mes aniversario en medio de una realidad dramática. La angustia y la incertidumbre se acentúan más y másAquel lugar que primero fue un potrero, gracias al trabajo en familia (que también está integrada por un excombatiente del trágico conflicto armado) está cumpliendo 12 años y algo sigue predominando en cada una de las cenas: la contención.
Sandra Quevedo, quien es la cara visible del grupo, dialogó con un periodista de El Diario en medio de un panorama complicado por la pandemia que afecta al mundo. Son momentos difíciles ya que los colaboradores van mermando y la cantidad de asistentes se siguen incrementando.
“Habíamos preparado una superfiesta para nuestro aniversario, pero con todo esto no se puede hacer nada, así que bueno… tenemos mucho tiempo para festejar todavía”, reflexionó Quevedo.
Al mismo tiempo, comentó: “Se llega mucha más gente que antes y el viernes se nos hizo un poco imposible”.
“Me largué a llorar junto a una mamá que se puso mal comentando la situación… ¿cómo seguir con todo esto?”, se preguntó.
“Si bien tenemos 70 chicos que tienen prioridad, estamos dándole también a todos los que se acercan… no podemos decirle a nadie que no. Por esa misma cuestión, si entre los lectores hay un colaborador, estamos pidiendo una olla. Necesitamos una cacerola grande ya que estamos necesitando cocinar más cantidad”, dijo.
En el espacio ya no hay bullicio de niños y el sonido de las mesas y las sillas. Por las medidas vigentes, se entrega a los habituales asistentes una vianda. En la misma se les aporta la cena y el postre (que pueden ser flan o gelatina). En los últimos días, gracias a la iniciativa de los productores, también se sumaron choclos en la entrega.
Pero la realidad es cruel en extremo. La trabajadora solidaria expresó que durante los últimos días se hizo presente “una persona para pedir comida diciendo que me cambiaba un corte de pasto por alimentos para su esposa, a la que tenía enferma”.
“Obviamente le dije que no me ofrezca trabajo, que yo le daba la ración igual”, narró, al tiempo que señaló que “no solamente ha venido gente a pedir comida, también precisan productos de limpieza porque están asustados: lavandina, jabón blanco o pañales”.
Pero, de todas maneras, se rehizo para afirmar que a la situación “hay que ponerle garras y ovarios”.
Milagro...
Durante los últimos días, desde el espacio se gestionaron (y consiguieron) bolsas de portland para techarle una habitación a una pequeña familia con hijos que no tenía donde habitar.
“Yo quiero pedirle a la gente que tome conciencia. Que lo que por ahí no les sirve a ellos, le sirve a otra persona y se le da mucho valor… A lo mejor tiran algo pensando que no sirve, pero cuando se lo das a los que lo precisan le estás regalando oro”, aseguró.
En otro pasaje de la charla indicó: “Hace unos días nos faltaba carne, verdura y pan. Estábamos muy tristes hasta que llegó un alma de esas que aparecen de repente: Machuca y sus amigos”.
“Ellos trajeron carne molida, puchero y unas agujas. Aunque no lo creas, nosotras saltábamos de alegría con la otra cocinera y la otra ayudante”, graficó.
“Quiero también agradecer a Pastas Picca que siempre está presente. Y también quiero agradecerle a mucha gente más, pero todo lo que llega a veces es poco. Son muchos chicos; pero pienso que se puede hacer mucho con un poco cada uno”.
En el mismo sentido, Sandra siempre expone y agradece en las redes a cada uno de los que dan una mano.
Un poco de historia
Yendo hacía atrás, la reporteada recordó que lo que hoy es un comedor convocante surgió un día alrededor de la mesa de su hogar.
Hay comidas que a los chicos no le agradan y este es un hecho innegable. Ella (Sandra), pensó que “otros lo agradecerían y por ahí ellos no, porque lo tenían todo”.
Pero hubo otra puerta de ingreso a la actividad solidaria. La virtud y el amor de Quevedo por ayudar es definido por ella como “una gran debilidad”.
“Siempre quise ayudar a personas con problemas de adicción, incluso antes de saber que tenía un hijo también con esa problemática”.
“Me he levantado a la madrugada y vi chicos que no eran míos andar en el barrio, en una esquina tirados, mal y los he rescatado”, recordó.
Y agregó: “Los he hablado, he retado a muchos de ellos, también he pasado discusiones y les he hecho entender; cuando otros miran para otro lado, a mi no me da vergüenza, he hecho mucho por ellos”.
De algún modo, aquellos jóvenes que buscaban cobijo terminaron cenando junto a toda la familia. Aquel fue el germen.
“Una vez que le conté a una madre que su hijo estaba en mi casa comiendo sopa porque es algo que él pidió y lo hicimos”.
Esa anécdota de cómo nació el amor alrededor de un plato de comida, también se replicó en un joven que comentó sus problemáticas mientras la cocinera realizaba la carbonada para unas empanadas.
“No se consiguieron psicólogos o cosas que hemos pedido”, reclamó finalmente. Pero, sin dudas, El Potrerito Malvinas es un maná, un espacio que alimenta y llena algo más que los estómagos.
