Carolina Ludueña - La repatriación en primera persona
“Cuando llegué tenía ganas de besar nuestra tierra”
Tras 27 días de espera, la joven llegó desde Perú a Villa María y está cumpliendo la cuarentena. Cancillería, Embajada y cierre de fronteras, un mensaje de texto al presidente Fernández y el retorno tras una odisea a bordo de un Hércules“El kilo de tomates sale tres soles y el de zanahorias, cuatro”, destaca Carolina Ludueña (27) con un dejo de ironía tras haber pasado 27 días en Cuzco (Perú).
El pasado 6 de marzo, la joven villamariense había partido rumbo a Lima (Perú) en un vuelo de Latam, pero su viaje turístico y de vacaciones de 15 días se transformó en una odisea de casi un mes repleto de incertidumbre ya que el presidente peruano Martín Vizcarra había decidido liberar las fuerzas de seguridad a las calles, “prohibir las libertades constitucionales” y cerrar todos los aeropuertos y fronteras.
Finalmente, aquella dura travesía finalizó durante la jornada del viernes, cuando ella arribó al Aeropuerto Pajas Blancas de Córdoba capital, y ahora ya se encuentra en Villa María cumpliendo la cuarentena obligatoria. Pero antes de que eso sucediera, muchas fueron las vicisitudes que debió atravesar.
“Fui viviendo el viaje nunca en conexión con la situación que sucedía; algunas personas ya andaban con barbijos, pero todo fue de un día para el otro”, destacó la joven en diálogo con El Diario.
“El inicio de todo esto me encontró en Aguas Calientes”, explicó, y recordó: “Un sábado compré anticipadamente la entrada para ir al Machu Picchu”.
“Saliendo desde Cuzco, donde yo estaba, a ocho horas hay una central hidroeléctrica a la que llegás a través de una Trafic que te transporta para que después vos camines hasta Aguas Calientes, donde cenás, pasás la noche y subís al Machu Picchu a la madrugada”.
“En el momento que pasó todo yo estaba cenando en Aguas Calientes; enterándome de la nada que Vizcarra declaró la prohibición de todas las libertades constitucionales y el cierre de todas las fronteras terrestres, marítimas, aéreas y el traslado interprovincial... no lo podíamos creer”, reflejó.
“No pude ir al Machu Picchu, que tiene un costo de más de 100 dólares. Supuestamente, por el horario nos daba tiempo, pero cuando fuimos nos dijeron que estaba cerrado; eso lo perdimos, mandamos mail y todo, pero no nos respondieron”, lamentó.
La odisea
Tras haberse enterado de toda la problemática imperante en el país inca, la entrevistada reflejó que “todos los turistas estaban desesperados por volver a su país, pero no había modo”.
“Las calles del centro estaban cerradas, llenas de policías y había militares armados... algo muy fuerte”.
“Ahí asumimos que no nos podíamos ir a ningún lado y las aerolíneas nos abandonaron completamente. La persona que fue a Perú con Latam ahora odia esa empresa porque se borraron y seguían vendiendo pasajes sabiendo que no iban a salir. Hay gente que se compró dos pasajes y los perdió a ambos”, reflexionó.
Tras retornar a Cuzco, al hostel, la reporteada comentó que se sinceró con la propietaria y le explicó que no podría mantenerse allí porque el dinero no le alcanzaba y, al no obtener ninguna rebaja significativa, finalmente y gracias a haber conocido a una joven de Buenos Aires y un muchacho ecuatoriano, se mudó a otro hostel donde el valor era menos que la mitad de lo que estaba abonando (“Me dijo que también había más cordobeses y salí sin pensarlo”).
Un mensaje a Alberto
En ese panorama, de mensajes e incertidumbre con el grupo al que se había sumado, según comentó: “Federico, un muchacho que estaba ahí, pudo conseguir el celular del presidente Alberto Fernández y le mando un mensaje”. “El nos respondió y nos dijo que en 24 horas nos daría una solución... pero pasaron cinco días y no hubo noticias. Luego, a través de la Embajada, empezamos a hablar con Felipe Solá (ministro de Relaciones Exteriores), hasta que por Cancillería se resolvió todo”.
“Durante todo ese tiempo comimos arroz y verduras, haciendo comidas en común entre todos los que estábamos, con el motivo de ahorrar; había falta de información y era presionar todos los días para también visibilizarlo en los medios”.
“En algunos casos sufrimos feas experiencias, porque vi personas con ‘mala leche’ como gente que al ver que sos turista se cruza de vereda, te insulta en voz baja o hasta un chofer que nos llevó sin consideración alguna en un colectivo como si nos llevaran al matadero”, reflejó, al mismo tiempo que destacó también la buena iniciativa de gran parte de la comunidad peruana y un caso en particular donde “un hombre que poseía una iglesia adventista ofreció espacio... había mucha gente que ya estaba sin dinero y en la calle; la Cancillería nos derivaba con las aerolíneas; las aerolíneas nos dejaban en espera, nos decían que estaban saturadas y pedían que mandemos un mail”.
“Hubo un abandono completo de persona, porque la gente no tenía más plata, alimentos o medicación. Mi situación, asimismo, era de privilegio porque todavía me podía aguantar”, expresó, realizando una comparativa con otros turistas que no corrían con la misma suerte.
La vuelta
Respecto a los vuelos de repatriación, donde aseveró no comprender la manera en la que se priorizaba, la reporteada recordó: “A mí me tocó volver en el tercer vuelo. Fue gratuito a bordo un avión Hércules” (N. de la R.: los Hércules son aviones pertenecientes a la Fuerza Aérea Argentina).
“Anteriormente habían salido dos Hércules y también un chárter para personas que estaban en grupos de riesgo. Igualmente me sorprendí porque con nosotros venía una mujer de 74 años (que era parte del grupo de riesgo)”.
“Nos pedían que detalláramos la vulnerabilidad, algunos se pasaron de vivos, pero parece que después no le daban importancia”.
“Finalmente, tras aquel vuelo, llegué cerca de la medianoche del pasado sábado 4 al Aeropuerto de El Palomar (Buenos Aires) y desde allí me llevaron en colectivo hasta Córdoba”.
“Nos tomaron la temperatura en cada lugar que pasábamos, todo el tiempo, y es algo que quiero recalcar”
“A mí me dejaron en el aeropuerto de Pajas Blancas, donde yo había dejado el auto, me hicieron hacer una declaración jurada y me dejaron venir manejando en el auto hasta Villa María, a mi casa”.
“Hace un rato recibí un mensaje que me advirtió que cumpla la cuarentena. Actualmente, a los alimentos me los trae mi papá y yo, el próximo viernes 17 cumpliría los días de aislamiento, pero leí por ordenanza que sería hasta el viernes 24... que es algo que no importa: cuando llegué tenía ganas de besar nuestra tierra”, redondeó.
