Coronavirus - El aislamiento deja paisajes y protagonistas diferentes

Circular por una ciudad desierta y bajo una histórica pandemia

En sus 151 años de vida, Villa María no tuvo tantos habitantes atrincherados. A pesar de los irresponsables, las calles lucen vacías y son propiedad de muchos héroes anónimos que luchan en medio de la incertidumbre
lunes, 30 de marzo de 2020 · 10:43

Escribe: Juan Manuel Gorno (de nuestra Redacción)

Ciudad bajo pandemia. Quedó atrás una semana. Desde la punta de un bulevar se ve más lejos que de costumbre el horizonte donde asoma la rotonda que lo une con el otro. 

No circula un auto. No se cruza un perro. Nadie deja pasar a nadie en una esquina porque, esta vez, realmente no hay nadie.

Frente al coronavirus, Villa María tiene la tristeza del vacío.

Apenas algunos osados pasan con sus autos bien temprano, en busca de algún supermercado abierto, pero el pavimento luce más brilloso, que en este caso no significa que sea más brillante.

Los juegos en la costanera esperan por el regreso de los niños

A los periodistas nos otorgan la autorización para poder ocupar algunos de esos largos y anchos espacios por donde ya nadie ocupa con la misión de contarle al mundo nuestro de cuatro paredes que, por afuera, solo el virus se apoderó de la rutina de antes. Y el virus da cuenta de un caso, de dos y hasta de ocho, entonces domina el ambiente por sobre cualquier cosa.

Sin embargo, es también misión cronicar que por las calles de la ciudad ya no pasan corriendo los niños ni caminan las parejas. Una ciudad que durante 151 años de vida no ha tenido tanta gente oculta, atrincherada.

Ese contexto conspira contra la comunicación de mirar a los ojos y hay quienes prefieren desafiar al virus para no perder aquello de encontrarse con algún desconocido.

“Vine al súper porque necesitaba salir de casa”, reconoce Marcelo, un hombre de 32 años que, cumpliendo la misión de hablar desde más de un metro de distancia, reconoce uno de los tantos pretextos de la irresponsabilidad que impera en algunos de los que pululan todavía. Pero no se ven tantos Marcelos.

En la calle sobresalen los que deberían entrar en los cómics de superhéroes, conformando la Liga extraordinaria menos ficticia y más humana.

Por el bulevar Alvear ya no se escuchan tan seguido los motores de los autos

Entonces, de repente le buscamos la capa escondida a un médico que camina rápido para llegar a tiempo a la clínica, mientras dos cuadras más allá, paradita al lado de dos conos naranjas, la joven oficial que entró a la Policía para dar servicio parece transformada en “superchica” por el hecho de estar condenada a volver a casa después que todos los demás.

“Veo que también estás trabajando, te compadezco”, dice con una sonrisa desde su puesto de control, al observar la autorización para circular detrás del parabrisas del auto. Si supiera que su misión de salvar al mundo de nuestras cosas simples es mucho más necesaria.

Pero la ciudad tiene estas cosas, personas anónimas que -con sus problemas a cuestas y sus salarios que nunca alcanzan- se encargan de que todo sea normal dentro de la anormalidad más absoluta.

La enfermera que diariamente va al encuentro de la incertidumbre o el basurero que aparece como único sobreviviente de la noche, saltando desde un camión que rompe el silencio, son algunas de las pocas personas que circulan por las calles.

Hay quienes se quejan porque se observan más “rebeldes” en los barrios, sobre todo jóvenes (sería triste que alguna vez pierdan todos su rebeldía) con escasos recursos que no quieren quedarse en sus hogares, muchos de las cuales llevan historias complejas.

En ese sentido, la mayoría de los detenidos por la Policía son menores de 30 años que no saben explicar por qué salieron. Y algunos “prefieren” pasar una noche en el calabozo.

 

Esos lugares

Los caminantes furtivos no dejarán de existir porque así pasa en todas las ciudades del mundo que atraviesan la cuarentena.

Lo que cambia son los lugares. Y aquí la costanera va renovando su aire como el río renueva su color; la calle Mendoza parece tener sus árboles más activos para darle sombra a un par de autos estacionados que son nuevos y parecen abandonados; la calesita de la plaza Pedro Viñas espera la vuelta de algún domingo feliz; en Plaza Ocampo crece el césped de la cancha mientras descansa obligadamente el fútbol.

En la tradicional esquina de Buenos Aires y General Paz, la imagen de los dos cafés cerrados marca una realidad incontrastable.

Es la misma imagen del Polideportivo sin corredores y la Universidad sin estudiantes.

“Lo que más extraño es el cafecito”, reconoce Héctor, quien atiende un quiosco céntrico.

El comerciante es también uno de los pocos que andan por ahí.

“No sabemos si somos privilegiados o no, porque no se justifica la venta por el riesgo de la salud”, añade.

Como él, ningún vecino se preparó para una pandemia semejante, por eso en algunos barrios hay quienes improvisan desde sus ventanas, poniéndole música a las calles silenciosas. Otros gritan o aplauden, imitando lo que se produce en diferentes latitudes con el aislamiento.

En Buenos Aires y General Paz, los cafés cerrados ya no cuentan ni con transeúntes

Esto ocurre sobre todo a la noche, cuando la ciudad queda cada vez más desértica y realmente nadie se cruza en el camino, ni siquiera por la Dante Alighieri, que tan abarrotada se veía hace unos meses atrás, en tiempos de Festival.

En el momento del regreso nocturno, quizás por la amenaza del virus, porque vimos demasiadas películas de suspenso o porque alguna vez leímos Bram Stoker, el ambiente aplasta la cabeza y se siente más la presión. La nada de las calles villamarienses atemoriza.

Solo se mueven los árboles y acompañan las luces. Y de vez en cuando aparece un patrullero en acción.

Pocos saben si en ese momento, aquel vecino musicalizador del Ameghino ya puso a Cerati cantando “no hay nada mejor/ no hay nada mejor que casa”.

Más de
22%
Satisfacción
0%
Esperanza
11%
Bronca
66%
Tristeza
0%
Incertidumbre
0%
Indiferencia