Opinión
El eterno retorno
Escribe: Gustavo Caleri
A lo largo de su historia, la Humanidad ha tenido que soportar pandemias que con mayor o menor virulencia, la han atacado de manera sistemática y cíclica desde los inicios de su existencia. Vaya como muestra un par que han dejado registro, como la peste negra que a mediados del siglo XIV se cargó a un tercio de la población europea, o la viruela, que un siglo después ayudó a los conquistadores a diezmar la población originaria de América.
Históricamente, ha sido Italia la puerta de entrada a occidente de los virus asiáticos. Incluso ahora, que los flujos comerciales ya no dependen únicamente de las rutas marítimas y la han desplazado de su antigua centralidad, el turismo ha tomado la posta utilizando, por costumbre quizás, los mismos antiguos caminos como vectores de contagio. Y en este ponerle el pecho a las microscópicas balas, la ciudad que se lleva la palma dentro de la península es Venecia. Fundada en el siglo V, la ciudad de los canales zafó de la debacle tras la caída del Imperio Romano de Occidente, gracias a su ubicación en medio de una laguna que la protegió de invasiones, vinculándose a través del Adriático con el Imperio Bizantino. Se transformó en potencia a partir de la Cuarta Cruzada, cuando se adueñó definitivamente de las rutas comerciales con Oriente. La parca no es de quedarse en casa y junto a las mercancías, cada tanto le hacía una visita de cortesía vestida de epidemia. En una de esas, para protegerse de las pestilencias emanadas por los enfermos, los sanitaristas inventaron el guardapolvo hasta los pies y esa famosa máscara de pico largo, cuyo interior rellenaban con aromáticas para mitigar los malos olores y que llegó a nuestros días convertida en ícono del famoso Carnaval. También en Venecia nacieron los primeros organismos públicos de asistencia a los enfermos, como la famosa Scuola di San Rocco, dedicada al santo que en las fotos siempre aparece con un perro a sus pies. Nacido en el sur francés, de jovencito Roque pegó un viaje en peregrinación a Roma justo cuando se desataba la peste bubónica. La noticia, lejos de intimidarlo, lo animó a adentrarse en la zona roja asistiendo a los infectados que encontraba por el camino. Como cabría esperar, fueron tantos que terminó contagiado. Cuando los bubones negros en su cuerpo fueron evidentes, producto de la inflamación de sus ganglios linfáticos, se internó a morir en un bosque para no seguir siendo fuente de contagio. Según la leyenda, sobrevivió gracias a los cuidados de un perro que le lamía las llagas y le traía todos los días una hogaza de pan. Obviamente, con semejantes antecedentes no tardó en ser santificado y su intercesión requerida ante cada epidemia. La Cofradía veneciana pagó una cifra millonaria en 1485 para hacerse con sus restos, que permanecían desde su fallecimiento en la lombarda ciudad de Voghera, cuestión que motivó la construcción de un nuevo edificio para albergar todo el conjunto de la Scuola. Concluido en 1564, se encargó la decoración del techo de la sala de juntas a Jacopo Comín, apodado el Tintoretto, que se despachó con la magnífica y muy visitada “Glorificación de San Roque”.
Casualidad o no, nuestro gobernador ha dispuesto que sea justamente el San Roque, el hospital que concentre la atención de los infectados por el coronavirus en la capital provincial. Trasladado a un nuevo edificio en el año 2000, el viejo hospital construido en el año 1800 todavía resiste tozudamente el paso del tiempo y guarda sobre el lomo de sus gruesos contrafuertes de ladrillos trágicas epidemias, como la de fiebre amarilla de 1871 o la de gripe española en 1918. Causalidad o no, durante estos aciagos días hay quienes repiten que después de esta pandemia nada será igual. Desgraciadamente, la historia contradice tales afirmaciones.
