La pandemia, según tu vecino - Otra manera de narrar

Enfermeras en el tercer capítulo

“Las primeras”, es el título de esta nueva entrega de Plano Detalle, realizado por La Forastera para El Diario. Los sentimientos de dos trabajadoras de la salud en este año tan difícil que se va, a través de su propia voz. Algo de lo que ya está disponible en nuestra web, en esta página
miércoles, 30 de diciembre de 2020 · 08:00

Sus amigas le dijeron:

-No nos vamos a juntar porque trabajás en la clínica.

Yanina Jimena Maldonado, villamariense, 35 años, es enfermera hace unos cuatro y les contestó:

-Yo me cuido más en la clínica. Yo tengo que tener miedo de ustedes.

 

Es la mañana de un miércoles de diciembre y en el sanatorio, al noroeste de la ciudad, se siente que las paredes, los pisos, las puertas, las ventanas, los vidrios y las barandas de las escaleras están limpias desde siempre y para siempre. Los espacios están señalizados. La iluminación no es severa, pero tampoco leve: es sutil, uniforme, justa. En el ingreso, un hombre le toma la temperatura a la gente, entrega alcohol en gel y la organiza en una fila. Otras personas están sentadas en el centro de la planta baja y esperan ser atendidas. Algunas caminan, conversan, se acercan a los mostradores y hacen consultas a las secretarias. A un costado hay un bar.

 

Absolutamente todo, por lo pulcro, por lo blanco, adquiere delicadeza.

Parece un centro comercial.

 

Hija de una empleada doméstica y de un hombre ya jubilado de la Municipalidad de Villa María, Maldonado, que trabajaba en Tribunales, quiso ser bombero. No se aguantó y fue al cuartel, que está en frente: le dijeron que no admitían mujeres. Entonces, a otra cosa.

Le gusta dar una mano y por eso decidió ser enfermera. Su madre lo aceptó. Su padre, en cambio, no quería: tenía miedo.

-Era la nena de papá. Pero ahora cualquier cosita me llama y me pregunta. Soy la que lo acompaña al médico.

Demoró en recibirse porque fue madre joven. Su marido se llama Matías y tiene tres hijos: Alma, Laureano y Renata.

 

Cuando el presidente Alberto Fernández anunció el aislamiento, ella estaba en su casa, de vacaciones. Dice que gracias a la decisión del Gobierno en los hospitales se evitaron desmadres: les dio tiempo para prepararse. De todas maneras, hubo sobrecargas: por doce días se aisló la terapia y las horas pasaron a ser más de las ocho habituales. Durante el pico de contagios, escuchó que algunos decían que la enfermedad no existía, que era mentira.

-Vos decís, vení, vamos a trabajar juntos. Muy pocas personas tuvieron empatía con nosotras.

 

Con la pandemia, la enfermería se puso en agenda: se la empezó a mirar. Pero dicen que no alcanza: el sueldo básico es de unos 40 mil pesos. Y piden, también, que las escuchen.

-Teníamos que venir a trabajar cansadas psicológicamente.

 

Sofía Dichiara, 25 años, de Buenos Aires y radicada en Villa María desde 2014, también es enfermera y trabaja en el sanatorio hace nueve meses. Antes del coronavirus tenía una vida normal: por ejemplo, a la tarde, visitaba a su madre para tomar mates. Ahora, los días son un peregrinaje inflexible: de casa al trabajo, del trabajo a casa, donde vive con Elías, su marido, y Gian, su hijo.

-Es estresante. He llegado a puntos de colapso.

Porque, para ella, rige una máxima inapelable: cuidar al otro. Debió, con su familia, en medio de los meses más complicados, no cruzarse con su suegra, que vive frente a su casa. La veían desde la vereda, desde la ventana.

-Es triste pero uno, como profesional, sabe que no lo hace porque quiere sino por el bienestar del otro.

Se atribuyen nuevos sentidos: se cuida si se toma distancia.

 

-Desde chica aspiraba a ser, no sé, una secretaria administrativa.

Se dio cuenta que quería ser enfermera durante la carrera que cursó, como su compañera, en el Instituto Superior Doctor Ramón Carrillo.

 

Ella vivía sola y recién cuando comenzó a estudiar le contó a sus padres, que están separados. Ellos, una ama de casa y un hombre que es empleado en una empresa de Buenos Aires, la apoyaron.

 

Sobre el confinamiento dice que, aunque estuvo bien, se apresuraron porque acá, a principio de año, no había casos. Le parece que el encierro debería ser ahora porque los contagios seguirán y, después de las vacaciones, todavía más. Pero está convencida de que sabrán resolverlo mejor.

 

“¡Ay! ¿Me va a tocar a mí atender al sospechoso?”, dice Maldonado que se preguntaban.

 

Tenían miedo: son las que más tiempo pasan con los pacientes. Ellos les cuentan cuántos hijos tienen, de qué viven, dónde viven, cómo se sienten. Los familiares les llevan celulares pero, al no saber manejarlos, las enfermeras los ayudan para que hagan videollamadas.

 

-Sabés la vida. Y cuando fallece te choca un poco, comenta Dichiara.

-Me ha pasado que me he encariñado con los pacientes y al otro día venís y…, acota Maldonado.

-No está, interrumpe Dichiara.

-No está. ¿Qué pasó? ¿Y cómo? ¿Se puso tan mal? Y sí, se ponen mal. Pero uno no lo quiere ver por ahí, dice Maldonado.

Ellas recuerdan, por ejemplo, a un hombre, de 80 años, leyendo.

-Y después, al otro día, te enterás que…, suspira Maldonado.

-Se descompensa. Eso es lo que no entiende la gente. Es cuestión de segundos. A lo mejor entró en paro y no lo podemos sacar, grafica Dichiara.

 

Hablan entre ellas, con sus compañeras, con sus jefes, con sus familias.

-Y si tenés que llorar, llorá, clausura Dichiara.

 

En una oficina, sobre estantes y en otros recodos de la sala, hay bandejas con pequeños bolsos transparentes, cerrados con precintos, que contienen pertenencias de los pacientes muertos: cada uno tiene una etiqueta con el nombre de la persona. Se sanitizan y dejan, sin que nadie los toque, 15 días. Luego, los familiares llegan a retirarlas.

A veces, de los muertos no queda más que algún papel.

 

-Yo en mi caso digo: “Bueno, no me encariño con más nadie”. Porque tenés que dejar los problemas en tu trabajo, no los podés llevar a tu casa, expresa Maldonado, pero cuenta que, igual, lo charla con su marido, con sus hermanas.

-Es así la ley de la vida. Nosotros ya estamos preparados y acostumbrados.

 

La diferencia, claro, fue la cantidad de muertos en tan poco tiempo: en octubre se registraron picos que superaron los cien casos positivos diarios.

Sin embargo, el mandato se alza irrefutable: ser fuertes, estar en la “primera línea”.

 

Ellas se colocan el mameluco, dos pares de guantes, el barbijo N95 y el quirúrgico, las gafas, las botas. Visitan a los pacientes tres o cuatro veces durante la mañana y la tarde, y dos por la noche. Con las altas médicas, el llanto puja incontenible. Con las muertes, hacen lo que pueden. A los cadáveres los meten en bolsas y los trasladan a la Morgue.

 

Dicen que aprenden a sobrellevarlo. La incertidumbre se vuelve rutina.

Así.

 

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