La pandemia, según tu vecino

Otra manera de narrar: está disponible el segundo capítulo

Ingresando a la web de El Diario, nuestros lectores encontrarán otra voz sencilla, como la suya... Es la de Marisa Sánchez, responsable de un comedor comunitario
sábado, 19 de diciembre de 2020 · 09:40

Este segundo capítulo realizado por La Forastera para El Diario se titula “Los demás”. En él verán a los ojos a Marisa Sánchez y sentirán su voz.

 

El anochecer, para ella, es un aterrizaje desganado: cena, lava los platos, se da una ducha y se queda en silencio. Se acuesta tipo 11, 11 y media. En la cama, algunas noches, su pareja le dice que pare un poco: los llamados siguen llegando.

-Tengo que atender porque las necesidades están. Yo me llevo al hombro 100 niños y es un compromiso muy grande. Soy la cabeza fundamental de todo esto.

“Esto” es el comedor Caritas Felices, ubicado en el barrio La Calera, al noroeste de Villa María.

Marisa, además de ser la encargada, es ama de casa. Tiene 56 años, cuatro hijos, tres nietos y pareja. Podría haber nacido en Tío Pujio, donde vivía su madre, pero no: la mujer, cuando estaba por parir, decidió venir a esta ciudad, a este barrio, a metros del lugar en el que vive ahora, donde tenía una hermana. Marisa Sánchez pasó su primer año y medio en una habitación de esa casa hasta que su madre conoció a un hombre al que ella llama papá de corazón y que murió hace 10 años. A su padre no lo conoció: sólo dice que, por cierta persona, supo que murió. Ella es hija única y tuvo una infancia humilde: vivía de lo que ganaban sus padres en un pequeño almacén. Iba a la Escuela Sarmiento, en el barrio, y de aquellos días elige recordar esta escena: con su abuela recolectaban carqueja, con la que armaban escobas, y barrían el patio. El secundario fue un recorrido breve: hizo unos tres años y no quiso estudiar más.

-Mis padres tampoco me impulsaron mucho. Yo se los reprochaba, dice.

A los 16, 17, quedó embarazada y a su madre, principalmente, no le gustó: cuando cursaba el quinto mes le pidió que se fuera de la casa. Ella viajó a Bell Ville y se instaló en la casa de una tía que tenía nueve hijos y un marido que hacía changas. Cuando se cumplieron los ocho meses de embarazo, la madre la fue a buscar. Marisa Sánchez dice que ella y su padre no sabían qué darle o cómo atenderla porque se sentían culpables.

-Después, nunca más me fallaron.

Cuando vivió en lo de su tía, pasó hambre. Al frente, en un monoblock, vivía doña Tita, de la que se hizo amiga. Comenzó a cuidarle los nietos y ella, a cambio, le daba de comer. Pero si doña Tita no le daba, no comía: o sea, tomaba un mate cocido y, otras veces, leche con maicena.

-Yo era grande y me dolía. Era tristeza, llorar y llorar, y preguntarme por qué, por qué yo. Pero en el caso de los niños pienso cómo ellos manifiestan el hambre. Pobrecitos, porque calculo que le deben pedir a la mamá y la mamá qué les va a decir.

A los 18 empezó a trabajar en una clínica, limpiaba. Lo hizo durante dos años hasta que se operó del riñón y la despidieron. A los 20 se casó con un hombre del que se separó hace algún tiempo. Luego estuvo dos o tres años sin trabajar hasta que pudo hacer lo que hacía desde adolescente: cuidar chicos. Se acuerda de que, cuando era niña, su papá solía invitar a dos o tres chicos vecinos a tomar mate cocido. Por eso cree que en su familia -y en él- está el embrión de este presente.

El 2 de junio Caritas Felices cumplió ocho años. En 2012, cuando Marisa Sánchez se decidió, junto con dos vecinas, Luisa y Silvia, el comedor todavía era una idea de comedor y funcionaba en la casa de su hijo, que en aquel momento había sido trasladado a otra ciudad por su trabajo como agente del Servicio Penitenciario. Los sábados entregaban la copa de leche para unos 15 chicos. Juntaban ropa. Los colaboradores eran cada vez más: les entregaban platos, ollas, alimentos. Le propusieron, entonces, darles de comer los lunes. Aceptó. Mientras, el hambre crecía. Por eso, durante un año, los alimentó también los miércoles. Cuando se enteró de que a su hijo lo trasladaban otra vez a la ciudad, tuvo que conseguir un sitio nuevo. En los medios -diarios, revistas, canales- pidió que la gente colabore con materiales. Los consiguió y, de a poco, levantó el comedor. Al principio, las condiciones eran precarias: no tenían, ni siquiera, techo. Las colaboraciones se envalentonaron y las actividades en el comedor también. En Caritas Felices se organizaron y cumplieron: de lunes a viernes, a ningún chico le faltó el plato de comida. Incluso agregaron talleres de folclore y pintura, y aprovecharon, en esos casos, para entregarles la merienda.

Siguieron así durante años. De repente, el virus, el aislamiento: la llamaron desde la Municipalidad de Villa María y le dijeron que los chicos no podían ir más a comer. Ella insistió hasta que acordaron hacer viandas. Hubo días en los que entregaron hasta 150 porciones diarias. Pero siente rabia porque dice tener la idea, y no sabe por qué, de que los padres comen primero y los chicos no. Pero después dice:

-Quizás hay casos que yo sé.

Y parece que sabe por qué.

Se despierta, por lo general, a las 8 de la mañana. Desayuna y, tareas más, tareas menos, sale a la calle. Unas dos veces por semana va al Mercado de Abasto a buscar frutas y verduras: prepara bolsones para las familias. Lunes, miércoles y viernes recibe 60 litros de leche. En ocasiones le llegan criollitos, pan, harina y hace lo mismo: reparte. Cada mañana revisa qué le falta a sus compañeras, está con ellas en el comedor, que funciona de 9 de la mañana a 1 de la tarde. A veces, como su hija trabaja, cuida a su nieto y cobra unos pesos. Almuerza o cena lo que se prepara en el comedor y vive del dinero de una pensión no contributiva por tener diabetes. Desde el municipio aportan 20 mil pesos para el comedor, con los que pagan luz, agua y gas, con suerte. Durante la pandemia, los días se complicaron. A pesar de que los colaboradores nunca la abandonaron, tuvo que buscar más comida: se pasó de cocinar dos ollas a cuatro. Repletas.

Cuando tiene tiempo toma mate, lava la ropa, limpia.

Cuando tiene tiempo, aclara.

-Mi teléfono no para, comenta sin soltarlo.

Ella (por Facebook y WhatsApp) pregunta quién tiene alimentos, quién tiene ropa, quién tiene juguetes. Piensa cómo se puede festejar un cumpleaños, cómo se puede celebrar el Día del Niño, cómo se puede organizar una juntada para Navidad. Pide, pide mucho, mucho porque, dice, los chicos la pueden.

-Acá no hay vacaciones...

Es un viernes caluroso de noviembre. En la cocina, Viviana, Alicia y Walter, que colaboran todos los días allí, comienzan a preparar la comida en cuatro ollas inmensas. A media mañana, se sientan a tomar unos mates y comer algo. Lo hacen rápido: sobre todo ellas. Al mediodía deben tener listo el almuerzo para unas 100 familias.

Minutos antes de las 12, unas 10 mujeres y un hombre hacen fila en el pasillo. En la puerta de ingreso, Marisa Sánchez y Viviana colocan una mesa blanca de plástico donde reciben los tuppers y los rocían con alcohol. Viviana le pide a la mujer que tiene más cerca que todas se pongan el barbijo. Esa mujer se lo repite a la que está detrás y así hasta que se entera la última. En la cocina, Alicia y Walter les preguntan a sus compañeras cuántas porciones y cargan los tuppers: fideos con queso y una salsa preparada con chorizo, carne molida, cebolla, pimiento, zanahoria. Antes de que las mujeres se vayan, Marisa Sánchez les consulta si debe contar a sus hijos para la semana próxima...

Podría vivir mejor. Le gustaría.

-No te voy a decir que tiramos manteca al techo... Se fue dando mi vida así. Siempre la piloteé...

 

Eso y mucho más dice Marisa en www.eldiariocba.com.ar.

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