El Diario en la web - A propósito del 19º aniversario de Cooperativa Comunicar

Otra forma de narrar

Luego de incorporar a nuestra edición digital el SUM Virtual para que nuestros artistas puedan exponer sus obras en tiempos de pandemia, acabamos de sumar un formato para que nuestra comunidad de lectores acceda a la realizada, según sus vecinos. “Yo me bajo” es el primer capítulo de la propuesta
domingo, 13 de diciembre de 2020 · 08:30

Quienes ingresen y hagan click en el Plano Detalle que se encuentra en nuestra página,  www.eldiariocba.com.ar, encontrarán a Mirka Soria. Ella tiene 56 años y ya no pasa hasta 12 o 13 horas en el taxi como lo hacía antes de que el presidente Alberto Fernández, allá por marzo, dijera aislamiento para todos por la pandemia de coronavirus y ella dijera se nos viene todo abajo. Ahora, un día de fines de noviembre, en el comedor de su casa, en Los Olmos, un barrio al este de Villa María, cuida sus plantas, sus pájaros..., plancha, lava, cocina, limpia.

-Cosa que le gusta más a mi marido, dice.

El también es taxista y antes de la pandemia trabajaba a la mañana y a la noche, mientras ella lo hacía por la tarde. Ahora él sale temprano y regresa a las 7, 8 de la tarde porque muchos comercios comenzaron a funcionar con horario de corrido y, ella dice, prefiere que no corte para no perder viajes. Cuando vuelve a casa, él le pregunta si quiere salir: a veces ella dice que no, porque no tiene ganas, y a veces se sube al auto y sale unas dos horas.

-Será que estuve tantos años afuera, en la calle, vivía y vivía trabajando, trabajando, trabajando en el taxi, que llega un punto en que no te dan ganas de salir. Digo yo que puede ser por eso.

Mirka Soria hace, más o menos, 30 años que es taxista.

Primera hija de un matrimonio con restaurante y hermana seis años mayor de un varón, nació en 1964 en James Craik, ciudad ubicada a unos 35 kilómetros de Villa María. Cursó la primaria en una escuela a la que sólo asistían mujeres porque, dice, así era por aquellos años: las nenas con las nenas y los nenes con los nenes. Cuando pasó al secundario, chicos y chicas ya iban juntos, pero hizo lo que quería su madre: viajaba todos los días al colegio de monjas Catalina C. de Visca de Oliva. Ella no está desagradecida porque todavía conserva sus amistades, pero le hubiera gustado seguir con los estudios en su pueblo. La adolescencia llegó con algunas discusiones, las típicas: quería salir a las confiterías y los bailes, pero sus padres no la llevaban ni dejaban que fuera con otras chicas. Sin embargo, salía. Esos años vinieron, también, con trabajo. Ayudaba a su padre en el restaurante: terminaba a la 1 o 2 de la mañana y a las 6 tenía que estar arriba de nuevo. Cuando terminó el secundario dijo basta.

-Me cansé tanto que dejé de estudiar.

Y se quedó en el pueblo unos tres, cuatro años. Siguió trabajando hasta que sus amigas, las del secundario, le insistieron para que continúe con estudios terciarios. Mientras, en un baile, ya había conocido al hombre que hoy es su marido y que, por esos años, viajaba al pueblo para visitarla. Con ese hombre, y ambos con veintipocos, se instalaron en Villa María, en la misma casa en la que aún están y en la que, en ese entonces, vivía la hermana de su esposo. Mirka Soria hizo el Profesorado de Artes Plásticas en la Escuela de Bellas Artes y se recibió. Dio algunas suplencias, pero no pudo seguir por depresión.

-Ahora ya estoy bien, comenta.

Poco después, ya casada, nació su primer hijo, hoy de 30 años -además tiene una hija de 20-, y se dedicó a criarlo. Trabajó como ama de casa y empleada doméstica hasta que su hijo creció y pudo ingresar a una panadería donde atendía al público. Fueron alrededor de 10 años que no olvida porque eso le sigue gustando: estar con la gente. Su marido, cuando su hijo todavía no había cumplido 1 año, trabajaba en una empresa de venta de materiales de construcción. Pero levantó y levantó arena y piedra y se lesionó la columna: le dijeron que no podía seguir y se convirtió en taxista. Ella, cuando tenía francos en la panadería aprovechaba: comenzó a salir con su esposo para conocer la ciudad. Ella manejaba desde los 18: había aprendido de su padre que, a pesar de enseñarle, no le prestaba el auto. En Villa María sólo le faltaba experiencia. La juntó y no dejó más.

-¿Querés que te diga la verdad?

La dice: no le gusta ser taxista. Nunca le gustó. Y además dice que el auto, en la calle, pierde valor. Pero, como siempre, el dinero: hay que salir porque si no, cómo se sobrevive.

Mirka y su marido eran choferes hasta que el padre, la madre y el hermano de ella los ayudaron a comprar un auto propio: ya lograron cambiarlo tres veces. Y las cosas empezaron a ser distintas: pudieron manejar sus horarios y no hubo que repartir lo que ganaban.

-Es bravo ser chofer.

Porque el chofer se queda con alrededor de un 30% y el propietario con un 70%.

Empezó a atrasarse con el pago de otras cuentas. El encierro la “aceleró un poquito”. Con el taxi no hizo más de tres o cuatro viajes diarios: si antes de la pandemia juntaba unos tres mil pesos por día, después no pudo llegar ni a la mitad. Esos meses pasó más tiempo en casa: esperaba que le avisaran por teléfono de algún viaje. A veces, en el barrio surgía algo. Otras, se iba a la central, por bulevar España. Hacía tiempo: conversaba con el operador, miraba televisión. Charlaba con sus compañeros.

-Estábamos todos iguales.

-¿Y qué comentaban?

-Nada más que de la pandemia.

-¿Qué decían?

-Que nos cagó la vida. En realidad, el año.

Dice que la gente está nerviosa, cansada, que hay que manejar con cuidado porque una mala maniobra y te dicen de todo. Dice que por ser mujer le tiran el auto encima, la putean. Dice que tiene bronca por eso. Y lo dice con bronca.

Dice que tiene miedo de contagiarse de COVID y que por eso se cuida mucho. Dice que tuvo familiares que se contagiaron: uno se enfermó y otro murió. Dice que higienizan el auto a cada rato.

Dice que el dinero no le alcanza, que debe pagarle los estudios a su hija, que no puede, y que las instituciones privadas no perdonan. Dice que ya no se toma las cosas -la vida- tan arrebatada como antes, cuando había discusiones por dinero.

-Al vicio, porque las deudas seguían estando.

Dice que los hijos ya están grandes y que si hay un pesito y puede irse uno o dos días a las sierras, hay que irse.

-¿Y eso lo hacés?

-Sí, sí, sí lo hago.

Dice que si su esposo tiene un viaje hacia otra ciudad, lo aprovechan.

-Hace poco tuvo un viaje a Rosario y me dice, “Mirka, ¿vamos?”. Vamos.

 

Eso y más dice Mirka. Historias tal vez parecidas a la tuya vas a encontrar en www.eldiariocba.com.ar, 100% de la gente. Y producidas por profesionales que se formaron en la UNVM.

 

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