Un perito informático de esta ciudad explicó que existen formas de saber cuándo una página desde la que se nos requiere información está autenticada por entidades legalizadas por los estados
Hace falta educación digital para cuidar nuestros datos en la web
¿Tenemos conciencia acerca del manejo que se hace de la información personal que volcamos en las redes sociales o en Internet en general? Aquí presentamos una aproximación a un tema que debería ocuparnos. El debate queda abiertoCada actividad que hacemos online genera un rastro de datos que son almacenados por diversos entes: al subir fotos en Instagram, mensajes y “Me gusta” en Facebook, al hacer una actualización en Twitter... Vamos por Internet dejando una enorme huella de información que facilita identificarnos. Junto a esto, proporcionamos datos voluntariamente: le damos nuestro correo electrónico, nuestra fecha de nacimiento o nuestra dirección a cualquiera de estas redes sociales, rellenamos encuestas que aparentan ser inofensivas... y estos datos, aunque los llamemos “personales”, en muchos sentidos dejan de pertenecernos. Así lo afirmó Marianne Díaz Hernández en un análisis realizado para Hipertextual.
Aunque la apropiación de nuestros datos tiene canales todavía más sofisticados para “manejarlos” (y tal vez hasta para “manejarnos”).
Un compañero de El Diario al que le comenté que trabajaba sobre el tema que trata esta nota, me confió algo que le ocurrió recientemente: un día después de concurrir a una fiesta, desde una de las mencionadas redes sociales se le sugería la amistad de otros asistentes al evento a quienes no conocía, con los que no había cruzado palabra alguna, pero... tuvo activado el GPS de su celular en el mismo lugar que ellos.
Otro colega, en este caso de Uniteve, al que le solicité un contacto para realizar una consulta sobre cuestiones de privacidad en la web, me volcó una experiencia personal: “Queríamos saber si era verdad lo que plantea Eli Pariser en su libro El Filtro Burbuja, en el sentido de que estamos siendo espiados también a través del celular. Nos encontrábamos con otro matrimonio y dos hijos adolescentes. Entonces, dejamos los teléfonos sobre la mesa y empezamos a hablar de las cataratas. A propósito, nombramos muchísimas veces las cataratas. Y al día siguiente, cuatro de nosotros recibimos publicidades de hoteles ubicados en ese destino turístico”.
Ahora mismo acabamos de hacer en la Redacción otra de las pruebas de Pariser. Dos personas elegimos una misma palabra (“Brasil”) y la escribimos al mismo tiempo en el buscador de Google de nuestros celulares: y a cada uno nos ofreció información diferente por aquello de los algoritmos, es decir, porque programadores informáticos tradujeron nuestros gustos y necesidades a un lenguaje que una máquina pudo entender.
Por cierto, “Mark Zuckerberg tiene tu número de teléfono, y está dispuesto a venderlo”, era el título del análisis de Díaz Hernández.
“Es muy serio...”
Para el perito informático Sergio Martínez, quien fue delegado de la Regional Villa María del Consejo Profesional de Ciencias Informáticas de Córdoba, “este tema es muy serio y a todos debería importarnos mucho”.
“Actualmente, entre los mayores comienza a tomarse conciencia sobre los peligros que para los niños y adolescentes anidan en Internet, como el grooming, por citar un ejemplo. Pero también existen otras amenazas solapadas dirigidas a los adultos, que tienen que ver con el manejo de nuestros datos y, a veces, con intenciones de fraude”, comentó.
Martínez, quien investigó delitos informáticos en algunos casos a pedido del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Córdoba, comentó que “esas amenazas suelen materializarse a través de la técnica conocida como fishing (pesca)”.
“Pueden, por ejemplo, pedir una actualización de datos, para lo cual envían un enlace. Al clickear, la víctima ingresa a una página que en realidad es trucha y pone allí una serie de datos, que en algunos casos puede llegar a incluir números de tarjetas de crédito o débito, claves de home banking... Por desconocimiento, uno cree que está haciendo una actualización cuando en realidad está cayendo en una trampa”, advirtió.
“Saber quién está del otro lado...”
El especialista apuntó que, “como siempre en Internet, hay que saber quién está del otro lado”.
Consultado acerca de cómo hacer para saberlo, explicó que “los navegadores, como Google Chrome, Explorer u Opera suelen avisar cuando se está por ingresar en una página que pudo haber estado vinculada con estafas”.
“Por ejemplo, si se ingresa a la página del Banco de Córdoba (www.bancor.com.ar), arriba, a la izquierda, se puede observar un candado de color verde, lo que quiere decir que se trata de un sitio que tiene la certificación digital, es decir que está autentificada por entidades que cuentan con autorización del Estado para hacerlo. Es tan sencillo como importante realizar esta verificación. Cuando el navegador te muestra un candado rojo ahí arriba, no hay que ingresar, no hay que responder ni la encuesta que pueda parecer más inofensiva ni a cambio del mejor de los premios que te puedan ofrecer”, agregó el perito informático.
Sobre este último punto, hay una suerte de máxima en el comercio, que se aplica absolutamente en Internet: cuando un producto es aparentemente gratuito, es probable que en realidad lo estemos pagando de alguna manera y, en el caso que nos ocupa, lo hacemos con datos (esto pasa en las redes sociales como con las tarjetas de fidelización de tiendas o supermercados o con un sinfín de aplicaciones que nos ofrecen servicios más o menos relevantes a cambio, “solamente”, de nuestros detalles y opiniones).
La periodista Gemma Galdón sintetizó en una nota publicada por El País: “Nosotros somos el producto”.
Y agregó: “En realidad, desconocemos qué se hace exactamente con nuestra información o en qué consiste y cómo funciona ese pago con datos. En el caso de la navegación por Internet, por ejemplo, las empresas y prestadores de servicios nos ofrecen de forma gratuita sus motores de búsqueda, páginas web y servicios asociados, para leer los medios, consultar la previsión meteorológica o estar en contacto con otras personas a través de redes sociales y foros. No obstante, cada vez que entramos en una web estamos descargando automáticamente una serie de microprogramas conocidos como cookies que recaban información de nuestra actividad online y hacen llegar al propietario de la web visitada información sobre nuestra IP, MAC o IMEI (la matrícula de nuestro dispositivo), el tiempo y forma en que utilizamos un sitio concreto u otros sitios que estén abiertos en el mismo momento, identifica si somos visitantes habituales y qué uso hacemos de la página de Internet, en qué secuencia y cómo accedemos a otros sitios, etcétera. Además, es habitual que diferentes empresas paguen al sitio que visitamos para poder instalarnos sus propias cookies, como también lo es que la empresa utilice los datos no solo para sus estudios internos, sino que los venda a terceros”.
En la misma línea se expresó Andrea Barbiero, una argentina especializada en tecnología y radicada en España, quien esta semana dijo a Ambito Financiero que “no estamos educados digitalmente para comprender lo que hacemos con nuestros datos”.
La propiedad de los datos
“La propiedad de los datos es un tema complejo, en parte por las mismas razones que es compleja la propiedad intelectual u otros temas similares: la información se comporta y obedece leyes muy diferentes a otras formas de ‘propiedad’, como un auto o una casa. Los bienes físicos no pueden ser duplicados (al menos hasta ahora), y en consecuencia, lo que entendemos por ‘propiedad’, que está conformado, en buena medida, por la posesión física de un bien, no se aplica a un bien del cual pueden hacerse miles de copias sin pérdida en la calidad y prácticamente sin ningún costo”, afirmó en su análisis la citada Marianne Díaz Hernández.
Y algunos aspectos de la cuestión legal en Internet son precisamente los que planificamos abordar con otro especialista en nuestra edición de mañana.
Sergio Vaudagnotto
