Cuento por los 152 años de Villa María

Un detective y los secretos de la ruta pesada

viernes, 27 de septiembre de 2019 · 09:00

Escribe Ernesto Fernández Núñez
Especial para El Diario

El Bocha Taborda, detective privado, estaciona su Peugeot 504, herencia de su abuelo sin documentación a la vista, sobre la ruta pesada, abre la puerta, baja, se apoya en el auto, prende un cigarrillo, exhala profundo y observa detenidamente. Al atardecer, ese tramo de la ruta huele a gasoil, humo, caucho, motores recalentados y mujeres pintarrajeadas que se desnudan en las vidrieras de pequeñas casas que se  derriten bajo un sol despiadado.

Nada más que la vida en movimiento.

De “casualidad” conoció a Tina en la esquina del surtidor, le llamó la atención la piel de sus hombros perfectos, lo demás, una bicicleta con la rueda baja que ayudó a inflar. Tina lo buscó con la mirada y con su escote que insinuaba tapar con su pelo rubio y largo y lo dejó venir. El Bocha, sumiso, dejó que la tierra lo tragara, había debutado con prostitutas  acostadas en catres sobre pisos de tierra y el olor al permanganato cayendo sobre la palangana y sobre sus muslos lo acompañaba desde entonces. 

No podía sustraerse de la escena que se avecinaba, de chico huía ante una mujer, ahora contenía dos minutos la respiración. En un cuarto del  Hotel La Primavera, Tina le contó de su origen misionero cruza con alemanes, sus miedos y pesadillas.

El Bocha decía a sus íntimos que arriba de una cama con esa mujer se sentía poeta.

Golpeó la puerta que le había indicado Tina, una mujer ojerosa y cansada tomando mate lo atendió, en el fondo de otra habitación a media luz, percibió una joven discapacitada en silla de ruedas de espaldas mirando televisión. Lo excitaba ese ambiente de misterio y su profesión de investigador que había descubierto desde muy joven. Le gustaba decir, para desconcertar que era un  nexólogo, nombre copiado de un libro donde un personaje se autodefinía de esa manera y pasaba su vida buscando los nexos que unen y desunen a los hechos y a las personas. Su cuerpo musculoso y alto, su mentón fuerte y un toque de natural ingenuidad daban perfectamente con su “profesión”, era difícil dudar de lo que decía.

La mujer giró sobre sus talones indiferentes y con un gesto  lo invitó a pasar y sentarse.

Conoce a Tina, preguntó Taborda, vengo a buscar sus pertenencias.

La  mujer hizo silencio, la joven discapacitada  que estaba de espaldas giró.

-Que necesita, yo soy Tina.

Taborda  se petrificó, era igual a la otra Tina, solamente  cambiaba el color de su pelo, era oscuro.

Acostumbrado a desembarcar en cualquier terreno con agua, lluvia y barro, el Bocha se recompuso - usted me recuerda a otra persona- dijo sinceramente

Tina o como se llamara, cortante lo increpó, -que tengo que pagar ahora, que coima me van a exigir, usted a quien representa, a moralidad, asuntos internos, patrullaje,  al cura de la parroquia del barrio que es mi cliente, o viene a extorsionarme sexualmente con otro cuento, si quiere  tener sexo conmigo va a tener que pagarme igual que lo hacen todos, los hombres como usted me dan asco, una prostituta acepta solo plata de laburantes, no de cobardes extorsionadores.

El Bocha Taborda no tenía carta para esa mano, se levantó turbado, saludó y salió a la vereda, prendió un cigarrillo, un camión Scania con acoplado estacionaba atrás de su auto y el chofer estirando su cuerpo entumecido, ajustaba el cinto del pantalón y entraba a ver a la otra Tina, tiene cara de laburante, pensó el Bocha.

Tina lo esperaba en el café La Madrileña, el Bocha había concurrido a ese domicilio de la ruta pesada a pedido de ella a rescatar unos documentos, entre ellos la cédula de identidad, ropa y algunas baratijas, anillos y pulseras que le habían regalado sus padres, las mismas le habían sido robadas de su cartera y según ella, estaban en esa casa.

Se tomaría reserva de lo que había visto sin comentárselo a Tina.

No había nadie en la casa, le dijo.

Qué raro, dijo Tina, siempre hay gente las 24 horas.

Volviendo a su casa, ya de noche, Taborda se sintió mal, se apoyó en un árbol y un espasmo que terminó en un vómito verdoso le sacudió el cuerpo, la cabeza giró frenéticamente y cayó al piso.

Se despertó en su cama, su mujer lo cuidaba, se miraron.

-Qué tomaste.

-Te juro que nada.

Temprano se dirigió al bar Mar-Gut  a encontrarse con un comprador interesado en la compra de un  Fiat Duna que tenía para la venta. El auto era de una reciente viuda de un jubilado que lo usaba solamente los domingos para dar la vuelta al perro.

La caja de velocidad chirriaba con los cambios, el Bocha, diplomado en un desarmadero  sobre la calle Sarmiento,  le había puesto dulce de membrillo a la caja de cambio para evitar los  ruidos, los cambios entraban como seda.

El negocio era complicado, el interesado era empleado en un tambo de la zona y quería pagarle todas las semanas con una cantidad de leche. El Bocha desechó el negocio, a esa leche se la robaban de varios jardines  maternales, había estado investigando ese caso, el “cártel tambero”, como lo denominaba, era una organización poderosa.

La pasó  a buscar a Tina  y enfiló rumbo al puente Andino, el Biguá, su amigo de toda la vida, tenía una casa  que usaban para todo, es decir, todo, refugio de amigos, asados, truco y minas, decorada con tributos de cazadores y pescadores, redes, anzuelos, cañas, riles, una cabeza de alce con su ornamento se reflejaba nítida sobre la pared del fondo y una larga mesa para doce amigos llenaba todo el comedor.

Tina se le había empezado a meter en su vida por un lugar extraño, por sus uñas, era un gemido que empezaba suave y llegaba hasta el grito desesperado, cuando sus uñas como un suave estilete iban despertando sobre la piel de su cuerpo,  la guerra, el dolor en el límite del goce y su desesperación por vivir. Tina le hablaba de sus sueños, de una familia, de hijos, de una chacra, de sus estudios en el profesorado, su lenguaje era envolvente, sensual y atrapante, era extremadamente peligrosa cuando desnuda miraba a través de la ventana.

Bocha, Bocha,  quédate, quédate, le decía entre gritos y  estertores.

Sinsa, que tenía un pasado  de gurú, atendía en el bar de siempre, en la última mesa resolvía problemas emocionales, espirituales y daba consejos  de anti-inversiones económicas, lo hacía creyendo que cumplía con el mandato de su padre, un viejo anarquista español que le tiraba bombas a las iglesias y a los tribunales, nunca en Semana Santa o fechas patrias.

El Bocha consultaba todo con él, era su ayudante en las sombras, le comentó de las dos Tina, su increíble parecido y diferentes vidas.

-Ya fracasaste como investigador, si cobraste tenés que devolver la plata, el problema es que te convertiste en un insecto- comentó Sinsa. -El robo de las joyas  pasó a segundo lugar,  el investigador ha caído en la tela de araña  de su cliente. El manual dice que cuando una mujer enamora al investigador lo hace para encubrir su propio delito, para convertirlo en cómplice.

Estaba de acuerdo, pero ¿de qué delito estábamos hablando, el robo de una cartera con documentos y baratijas?

Taborda, había ido demasiado lejos con ella y la gente hablaba, tenía ganada su buena fama de investigador, podía a esta altura seleccionar sus casos, había dejado atrás los seguimientos por esposas engañadas y hombres de un metro cincuenta de estatura que usaban tacos en los zapatos para mirar por arriba de las tapias. La investigación de la explosión en  la Fábrica de Explosivos  le había dado fama de intuitivo.

El sábado a la mañana se levantó queriendo saber de qué se trataba, pasó a buscar un viejo camión Magirus Deutz  de sus amigos los Marchetto y enfiló rumbo a la ruta pesada, la luz tenue en la ventana avisaba que la policía estaba arreglada, no había riesgos, estacionó  en la puerta, aceleró dos veces y entró.

La mujer lo miró con indiferencia, le dijo la tarifa, le cobró y lo condujo a otra habitación.

De espaldas mirando por una ventana y en silla de ruedas estaba la otra Tina, giró al escuchar sus pasos, parecía no recordarlo, con desgano, mecánicamente, se acercó a la cama y en un salto cientos de veces ensayado se acostó y desnudó su cuerpo, el mismo era perfecto entre las sábanas gastadas. Sobre la pared un póster de Jesucristo y  un banderín del Club Alumni colgaban completando la escenografía.

El Bocha se sacó el pantalón,  pero no su camisa, se acercó a un cuerpo que parecía una desarticulada y frágil  muñeca de trapo, la besó y exploró su respiración sin cambios, sus manos tocaron los lugares sensibles que había aprendido con  su  prima en las siestas   de verano de su infancia.

Tina o como se llamara, lo miró por primera vez  y en voz baja murmuró- no vas a conseguir nada más que mi cuerpo, para eso pagaste, huirías al saber lo que pienso de tu vida.

La intuición le llegaba cuando más la necesitaba, miro el póster con Jesucristo con su corona de espinas sangrantes y creyó entender el salvador mensaje, con todo el peso de su cuerpo se acostó a su lado y las uñas cuidadas  de sus dedos, delicadamente empezaron a descargar todo los gritos ahogados en cada milímetros de su piel, en la espalda, en sus senos, en su cuello, y el sonido que esperaba de un grito apagado que quería liberarse rompió el silencio y lo estéril y comercial del encuentro. A partir de allí el cuerpo liberado  recorrido por una ráfaga que circulaba por todo el cuerpo tomó vida, se contraía y se arqueaba mientras decía, “quédate, quédate”, como la otra Tina.

En la puerta del prostíbulo un viento del norte pegajoso le anticipó que el camión Magirus  no arrancaría, paró un remís y se fue a su casa  confundido.

No durmió, temprano lo fue a ver a su colaborador Sinsa, le contó lo sucedido -es simple y complejo a la vez- dijo, -o son mellizas  o es la misma con diferente personalidad, si son mellizas han sufrido un enorme abandono en su infancias por lo que dicen en la cama, si es la misma tiene disociada su  personalidad, es un clásico, prostituta de noche, estudiante de día.

-El pelo oscuro es auténtico o es una peluca, ¿le pasaste la mano por el pelo? preguntó Sinsa.

Taborda asintió, su colaborador tomó una servilleta de papel y le pidió que la pasara por la palma de su mano, apelando a su condición de exquímico, Sinsa aclaró; el pelo artificial tiene unas moléculas que se adhieren a la piel y se degradan al contacto con aceite común de cocina, ponemos una gota de aceite sobre el papel, si se pone rojo es pelo artificial. Allí mismo pidieron el aceite usado de una milanesa.

El Bocha necesitaba cerrar todas las hipótesis, tomar distancia, se había convertido en un caso personal, se había involucrado sin saber cómo. El análisis de la servilleta era bastante claro, había que tomar alguna decisión.

La citó a Tina en el bar de una estación de servicio Isaura en la ruta 9. Verla llegar era un veneno que entraba por los sentidos, disimulado en sus pechos y su sonrisa ingenua. Llegó puntual, un vestido suelto de verano traslucía un cuerpo que gritaba cuando su piel se transformaba en un campo de batalla.

Tina siempre lo escuchaba como esperando una buena noticia.

El Bocha sacó la cédula, papeles y las baratijas que le habían robado, las había recogido de una mesa en la pieza de la otra Tina.

-Misión cumplida, -dijo el Bocha tomando distancia y sintiendo que había recuperado su papel de investigador y su autoridad -pero te salió mal, estas joyas no son baratijas y no son tuyas, son las que  fueron denunciadas por un empresario por robo, pero veo que no es así, se las regaló en la ruta pesada a su amante paralítica.

Tina, acomodó su pelo, -es mi hermana melliza- dijo- tuvo un accidente en un paso a nivel, ella dice que la empujé. Es mi sombra, destruye todo lo que deseo,  hasta le regalan joyas auténticas.

Se levantó, su mirada tenía furia y resentimiento, su cuerpo se contrajo, su pelo comenzó a oscurecerse, era la otra Tina.

-Te vas a quedar conmigo o con esa paralítica prostituta- lo increpó violenta e inesperadamente, levantándose para irse.

Giró antes de salir, Taborda deseó que le pidiera que se fueran juntos, necesitaba ese empujón final, tenía decidido irse, lo había hablado con su mujer.

Tina lo vio dudar -no te necesito- gritó -yo no necesito hombres dudosos que usan a la mujer como un frasco para guardar su esperma que no sirve ni para regar un cactus. 

La tarde caía sobre la ruta y la sombra de los árboles refugiaban  historias de hombres y máquinas que pasaban raudamente rumbo a algún lugar donde nadie los esperaba.

 El Bocha Taborda sacó la servilleta de papel donde se había hecho la prueba, el papel mostraba puntos rojos, el pelo oscuro era de una peluca, era una sola Tina.

-Así y todo te hubieras ido con ella, estás a tiempo- aseveró Sinsa.´

-No me voy, ellas me llevan.

-¿Y con cuál te quedarías, a quién le darías vida?

-Una de ellas necesita ser matada, para eso te eligieron, te eligieron como verdugo,  no para descubrir el supuesto e ingenuo robo que te inventaron, concluyó Sinsa.

Taborda salió del bar, era tarde para la duda, amaba a las dos.

 

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