Día del Abogado
No somos ajenos a lo que pasa
Entender, comprender, empatizar con el cliente es una obligación que tenemos como abogados, para ejercer lo mejor que podamos nuestra profesión, tantas veces mal vista, y dar una correcta solución al tema que el cliente nos planteaEscribe Joaquín Carnero
Soy abogado hace casi 11 años, trabajo en mi estudio jurídico junto a un amigo y colega (Pepo) y una excepcional secretaria (Anita). Con el disparador planteado desde la redacción de El Diario respecto al ejercicio de la profesión en el contexto actual del país, puedo decir llanamente que “la cosa está jodida”.
En mi caso me dedico mayoritariamente al ejercicio del Derecho Laboral y Previsional y, por ello, tengo contacto diario con trabajadores o jubilados, sin dudas los más castigados por la coyuntura que vivimos.
Desempeñarse en la vida en general y en la profesión en particular, a mi criterio conlleva la necesidad de poder empatizar y ponerse en el lugar del otro, porque si no llegamos a entender lo que le pasa al cliente, difícilmente podamos dar una solución acabada a su necesidad, que no todas las veces es una necesidad jurídica estrictamente. Muchas veces es más de tipo personal. Y para que se entienda, pongo un ejemplo: una trabajadora se enferma y no puede volver a su trabajo en el que se desempeñó por más de 20 años. Me cuenta que lo que más le duele de la situación es que “nadie me llamó de la empresa para ver cómo estaba en todos estos meses”, o el empleado que con 63 años lo despiden y me pregunta “¿qué hago ahora?”
Entonces ahí es donde el abogado debe reforzar su comprensión hacia el cliente, para entender que no solo hay en su pretensión una necesidad de resarcimiento económico, sino personal. Porque, en definitiva, el Derecho hace eso: regula relaciones interpersonales; el Derecho rige nuestra vida desde que nacemos hasta que nos morimos, aunque muchas veces la respuesta no esté en la ley misma y haya que buscarla un poco más allá.
Empatizar con una persona que busca jubilarse y cuando consulta su historia laboral, descubre que muchos años de sus aportes no están y se amarga porque no llega con los años para alcanzar la regularidad y poder jubilarse. O que la moratoria se extendió en el tiempo, pero no en los años que puede comprar aportes, lo que la torna poco útil. O aquel jubilado al que el Estado le ofrece, en concepto de reparación histórica, $200 que le vendrían bien, pero si la acepta deja de cobrar la mínima. Entonces por cobrar $200 de más que la mínima, pierde beneficios como remedios gratuitos o subsidios por alquiler, que implican en ahorros mucho más que la miseria que le ofrecen.
Comprender al trabajador que inicia un reclamo por enfermedad laboral o accidente y debe sortear una engorrosa maquinaria administrativa que ideó el Gobierno actual, para luchar contra “la mafia de los juicios laborales” y desalentar la “industria del juicio”, que no hace otra cosa que demorar y tratar de desalentar al empleado frente a su derecho de acceso a la Justicia.
La realidad es preocupante, con un enorme deterioro de la economía y las instituciones, con graves impactos en cuestiones sensibles de la vida diaria. Nosotros ejercemos nuestra profesión dentro de esta sociedad y no somos ajenos a lo que pasa. Muchas veces es cruda, difícil… y duele.
Entender, comprender, empatizar con el cliente es una obligación que tenemos como abogados, para ejercer lo mejor que podamos nuestra profesión, tantas veces mal vista, y dar una correcta solución al tema que el cliente nos plantea.
Aprovecho este espacio para reconocer el trabajo de los abogados que ejercen su profesión “en la calle” y de los que están “del otro lado”, los que se desempeñan en Tribunales, de los que ejercen la defensa pública en las asesorías, los que asesoran en organizaciones públicas y privadas.
A todos ellos, un afectuoso saludo en su día.
