Dos mil kilómetros en Rastrojero
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:00
Viajaron a Chile - Dos amigos para la aventura
Un villamariense recuperó el vehículo que su padre había comprado en 1965, lo restauró e invitó a un “loco” amigo para compartir el desafío
Escribe Franco Gazzoli DE?NUESTRA?REDACCION
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La foto que marca Ferroni[/caption]
Quizás Julio Verne podría sumar el título: 2.200 kilómetros de viaje en Rastrojero (y a través de la Cordillera de los Andes). A lo que deberíamos sumar que esto se da en 2019, y cuando la velocidad abruma hasta arrastrar vidas, a cargo de dos vecinos que comenzaron de manera particular su amistad y que la historia comenzó con el capítulo de buscar y recuperar el Rastrojero de la familia, reparar y restaurarlo.
El primer desafío fue recuperar el entrañable vehículo que había sido de su padre y donde dio sus primeros volantazos. Carlos Ferroni lo había comprado al Payaso Orlando allá por 1965, cuando el utilitario tenía apenas seis meses. Casi nuevo el Rastrojero. Claro que la tarea no sería fácil y constituyó apenas el principio de la travesía que planearan y abrazaran después Eduardo Ferroni y su amigo Fermín Girolamo, dos tipos de acá que se conocieron en Italia en los 90.
Eduardo Ferroni comenzó en 2015 a rastrear el destino del Rastrojero de su padre, de la familia, ese al que montaban una cúpula y los trasladaba a todos a las sierras cordobesas, de vacaciones. Ese primer desafío nació en la mesa del café de amigos: "Buscalo", le insistió Marcelo, quien también lleva desde 2010 la misión de restaurar una motocicleta Honda 200 cc, "pero ya pasamos por tres bares y nada", devuelve Ferroni (pasar es frecuentar).
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La foto de la familia Ferroni, en uno de los viajes en el Rastrojero[/caption]
No resultó nada fácil para Eduardo andar solo con el dato de la X083254, el dominio de la patente que antes identificaba a la provincia de Córdoba con la letra. Sabía que su papá Carlos "lo había vendido en 1982 y fue pasando de mano en mano". Cómo saber hacia dónde, "si iba a parar a los campos y ni siquiera hacían la transferencia", contó. Sin embargo, con el indicio "de que había sido una familia de Pozo del Molle la que lo adquirió primero", buscó el apellido: Tolosa. "Lo primero que hice fue agarrar la guía telefónica y llamar a un Tolosa de allá, que me dijo que no, pero que se trataba de un tío y que en realidad estaba en Carrilobo". Euclides Tolosa, de 77 años, no recordaba bien, pero todavía el vehículo estaba a su nombre, 20 años después. Sí rememoró que "lo había vendido a cambio de gasoil". Y se ayudaron a encontrarlo para ordenar los papeles.
Resulta que los compradores tenían campos en Los Zorros, pero eran de Cañada de Gómez, apellidados Catáneo, y entonces una mujer de un almacén consiguió un contacto a través de la hija que era quien administraba los campos... Un enredo, pero que dio resultado", narró Ferroni. Entonces habló con la mujer que lo puso en contacto con el nuevo propietario, "pero no se mostró muy dispuesto a venderlo, porque lo habían reformado, con ruedas y una defensa de una camioneta para usar los empleados en el campo. Nos pidió que fuéramos a probarlo, que estaba en un galpón. No era por el precio, sino por la función que le daban y que, además, estaba allí la memoria de su hermano (fallecido), quien lo había reformado. Pero con una foto lo convencí". Ferroni guarda una imagen de cuando él tenía 5 años y posa sentado en el estribo del Rastrojero por entonces de su padre. También Ferroni le mencionó a Catáneo que era de la zona, ya que su familia proviene de Cruz Alta.
"Esto es un proyecto personal. Me crié arriba de este vehículo. Le voy a mostrar algo", contó Ferroni que le dijo al vendedor, mientras sostiene el celular para que todos vean la fotografía de su niñez.
La respuesta fue con cargo: "Usted lo va a saber cuidar, en memoria de mi hermano". A la semana lo mandó a llamar para cerrar el trato. "Esa foto valió la compra", concluyó Eduardo. Era noviembre de 2017. Lo cargaron sobre un tráiler y emprendieron el regreso, apenas el primer tramo del viaje.
Segunda etapa
Comenzó la reconstrucción. "Lo dejé en el subsuelo de un edificio y empecé a desarmar. Demanda mucho tiempo de una larga y tediosa tarea. Primero con el mecánico, el Urraca Borghi, le revisamos motor e hicimos aros y pistones nuevos, para largarlo a las pistas. Con otro amigo buscamos el color original con una tabla de colores, porque estaba gris y era celeste. Después pintamos. La insignia me la regaló mi hijo para el cumpleaños, y así", se fueron dando los pasos hasta llegar a una conclusión: hacer un viaje.
El desafío
Hacer un viaje largo en Rastrojero aparece como un desafío en estos tiempos. "Busqué al único loco que me podía acompañar", dijo Ferroni, señalando a Fermín.
Esta dupla se conoció en los 90: "Cuando llegué a Italia en busca de trabajo, él (Fermín) ya llevaba un año allá y me alojó en su casa". Eduardo Ferroni repasó la crisis económica de 1989, motivo por el que partió hacia nuevos horizontes, formado como ingeniero en Sistemas. Fermín Girolamo estaba radicado en Módena y se dedicaba a la instalación de cerámica. Hoy lleva adelante junto a su familia una casa de comidas en Tío Pujio.
"El mecánico me decía que estaba loco, me marcó un par de cosas para hacerle, pero me dijo que las hiciéramos a la vuelta", contó. Eduardo le hizo prometer que si algo les pasaba, "aunque lo peor era que se rompiera", Borgui los iría a buscar. Consumió "siete litros de aceite y escupía agua algunas veces, pero nos llevó y nos trajo sin problemas", redondeó al regreso de 2.200 kilómetros en cinco días.
Eduardo se ubicó en el volante el 11 de marzo y partieron hacia Valparaíso. El primer tramo fue Uspallata (Mendoza), al pie de la Cordillera de los Andes, la que enfrentaron en el Rastrojero a la madrugada siguiente. Admitieron que el vehículo "calentó un poco en la subida". Un video lo muestra, pero "la bajada por Caracoles (29 curvas en 60 kilómetros en abrupto descenso fue fascinante". "Ahí la Cordillera te aprieta, es una inmensidad compleja", comparten, habiendo parado para fotografiarse y apreciar el paisaje "más de 10 veces". Llegaron temprano a Santiago
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El día que fueron a buscar el Rastrojero a la zona rural de Cañada de Gómez y la foto en la playa de Viña del Mar[/caption]
de Chile (a eso de las 14) y cumplieron con un pedido del hijo de Eduardo, para lo que debieron recorrer la tan transitada avenida Providencia: "La gente nos miraba sorprendida", describe Fermín.
El tercer tramo fue a Viña del Mar y Valparaíso, para volver a Santiago. Al día siguiente partieron a San Martín de los Andes y el quinto día emprendieron el regreso. "Siempre condujo Eduardo, no me dio el volante para nada", se quejó entre risas Fermín, que además confió que "la velocidad promedio del viaje fue de 80 km/h y la máxima 91 para pasar un camión, según el GPS, además que me peleé siempre con la Gallega", tal como denominan a la voz predeterminada del Sistema de Posicionamiento Global (en inglés, GPS; Global Positioning System). "No hicimos tiempo de colocarle la radio", agregó Eduardo, por lo que el diálogo en compañía fue un punto fuerte de la travesía, a pesar del ruido del motor. El equipamiento, nada especial, más que una cámara GoPro que registró todo el recorrido.
"Tener algunos recursos, las reservas y despojarse de obligaciones, hacen mejor al viaje. Así no es una locura", aseguró el conductor.
Para Fermín, "una gran aventura compartida".
"Lindo desde el punto de vista humano, es una rica experiencia. Nada del otro mundo. El único contento es el que me metió fichas, de la mesa de amigos, para los demás, es una locura lo que hicimos", redondeó Ferroni.
La máxima fue 91 km/h, para pasar un camión.
El Rastrojero fue un utilitario fabricado en la Argentina, primero por Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME), luego por la Dirección Nacional de Fabricaciones e Investigaciones Aeronáuticas (Dinfia) y finalmente por Industrias Mecánicas del Estado (IME). Su nombre hace alusión a la acción del vehículo de marchar sobre el residuo de la cosecha, conocido como rastrojo. La motorización alemana Borgward presentó y desarrolló un impulsor diésel que permitió alargar la producción del Rastrojero, a la vez de permitir una reducción considerable en sus costos. En la actualidad, el Rastrojero es considerado como el más característico símbolo del ingenio y la producción metalmecánica argentina.
La foto que marca Ferroni[/caption]
Quizás Julio Verne podría sumar el título: 2.200 kilómetros de viaje en Rastrojero (y a través de la Cordillera de los Andes). A lo que deberíamos sumar que esto se da en 2019, y cuando la velocidad abruma hasta arrastrar vidas, a cargo de dos vecinos que comenzaron de manera particular su amistad y que la historia comenzó con el capítulo de buscar y recuperar el Rastrojero de la familia, reparar y restaurarlo.
El primer desafío fue recuperar el entrañable vehículo que había sido de su padre y donde dio sus primeros volantazos. Carlos Ferroni lo había comprado al Payaso Orlando allá por 1965, cuando el utilitario tenía apenas seis meses. Casi nuevo el Rastrojero. Claro que la tarea no sería fácil y constituyó apenas el principio de la travesía que planearan y abrazaran después Eduardo Ferroni y su amigo Fermín Girolamo, dos tipos de acá que se conocieron en Italia en los 90.
Eduardo Ferroni comenzó en 2015 a rastrear el destino del Rastrojero de su padre, de la familia, ese al que montaban una cúpula y los trasladaba a todos a las sierras cordobesas, de vacaciones. Ese primer desafío nació en la mesa del café de amigos: "Buscalo", le insistió Marcelo, quien también lleva desde 2010 la misión de restaurar una motocicleta Honda 200 cc, "pero ya pasamos por tres bares y nada", devuelve Ferroni (pasar es frecuentar).
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La foto de la familia Ferroni, en uno de los viajes en el Rastrojero[/caption]
No resultó nada fácil para Eduardo andar solo con el dato de la X083254, el dominio de la patente que antes identificaba a la provincia de Córdoba con la letra. Sabía que su papá Carlos "lo había vendido en 1982 y fue pasando de mano en mano". Cómo saber hacia dónde, "si iba a parar a los campos y ni siquiera hacían la transferencia", contó. Sin embargo, con el indicio "de que había sido una familia de Pozo del Molle la que lo adquirió primero", buscó el apellido: Tolosa. "Lo primero que hice fue agarrar la guía telefónica y llamar a un Tolosa de allá, que me dijo que no, pero que se trataba de un tío y que en realidad estaba en Carrilobo". Euclides Tolosa, de 77 años, no recordaba bien, pero todavía el vehículo estaba a su nombre, 20 años después. Sí rememoró que "lo había vendido a cambio de gasoil". Y se ayudaron a encontrarlo para ordenar los papeles.
Resulta que los compradores tenían campos en Los Zorros, pero eran de Cañada de Gómez, apellidados Catáneo, y entonces una mujer de un almacén consiguió un contacto a través de la hija que era quien administraba los campos... Un enredo, pero que dio resultado", narró Ferroni. Entonces habló con la mujer que lo puso en contacto con el nuevo propietario, "pero no se mostró muy dispuesto a venderlo, porque lo habían reformado, con ruedas y una defensa de una camioneta para usar los empleados en el campo. Nos pidió que fuéramos a probarlo, que estaba en un galpón. No era por el precio, sino por la función que le daban y que, además, estaba allí la memoria de su hermano (fallecido), quien lo había reformado. Pero con una foto lo convencí". Ferroni guarda una imagen de cuando él tenía 5 años y posa sentado en el estribo del Rastrojero por entonces de su padre. También Ferroni le mencionó a Catáneo que era de la zona, ya que su familia proviene de Cruz Alta.
"Esto es un proyecto personal. Me crié arriba de este vehículo. Le voy a mostrar algo", contó Ferroni que le dijo al vendedor, mientras sostiene el celular para que todos vean la fotografía de su niñez.
La respuesta fue con cargo: "Usted lo va a saber cuidar, en memoria de mi hermano". A la semana lo mandó a llamar para cerrar el trato. "Esa foto valió la compra", concluyó Eduardo. Era noviembre de 2017. Lo cargaron sobre un tráiler y emprendieron el regreso, apenas el primer tramo del viaje.
Segunda etapa
Comenzó la reconstrucción. "Lo dejé en el subsuelo de un edificio y empecé a desarmar. Demanda mucho tiempo de una larga y tediosa tarea. Primero con el mecánico, el Urraca Borghi, le revisamos motor e hicimos aros y pistones nuevos, para largarlo a las pistas. Con otro amigo buscamos el color original con una tabla de colores, porque estaba gris y era celeste. Después pintamos. La insignia me la regaló mi hijo para el cumpleaños, y así", se fueron dando los pasos hasta llegar a una conclusión: hacer un viaje.
El desafío
Hacer un viaje largo en Rastrojero aparece como un desafío en estos tiempos. "Busqué al único loco que me podía acompañar", dijo Ferroni, señalando a Fermín.
Esta dupla se conoció en los 90: "Cuando llegué a Italia en busca de trabajo, él (Fermín) ya llevaba un año allá y me alojó en su casa". Eduardo Ferroni repasó la crisis económica de 1989, motivo por el que partió hacia nuevos horizontes, formado como ingeniero en Sistemas. Fermín Girolamo estaba radicado en Módena y se dedicaba a la instalación de cerámica. Hoy lleva adelante junto a su familia una casa de comidas en Tío Pujio.
"El mecánico me decía que estaba loco, me marcó un par de cosas para hacerle, pero me dijo que las hiciéramos a la vuelta", contó. Eduardo le hizo prometer que si algo les pasaba, "aunque lo peor era que se rompiera", Borgui los iría a buscar. Consumió "siete litros de aceite y escupía agua algunas veces, pero nos llevó y nos trajo sin problemas", redondeó al regreso de 2.200 kilómetros en cinco días.
Eduardo se ubicó en el volante el 11 de marzo y partieron hacia Valparaíso. El primer tramo fue Uspallata (Mendoza), al pie de la Cordillera de los Andes, la que enfrentaron en el Rastrojero a la madrugada siguiente. Admitieron que el vehículo "calentó un poco en la subida". Un video lo muestra, pero "la bajada por Caracoles (29 curvas en 60 kilómetros en abrupto descenso fue fascinante". "Ahí la Cordillera te aprieta, es una inmensidad compleja", comparten, habiendo parado para fotografiarse y apreciar el paisaje "más de 10 veces". Llegaron temprano a Santiago
[caption id="attachment_51391" align="alignright" width="231"]
El día que fueron a buscar el Rastrojero a la zona rural de Cañada de Gómez y la foto en la playa de Viña del Mar[/caption]
de Chile (a eso de las 14) y cumplieron con un pedido del hijo de Eduardo, para lo que debieron recorrer la tan transitada avenida Providencia: "La gente nos miraba sorprendida", describe Fermín.
El tercer tramo fue a Viña del Mar y Valparaíso, para volver a Santiago. Al día siguiente partieron a San Martín de los Andes y el quinto día emprendieron el regreso. "Siempre condujo Eduardo, no me dio el volante para nada", se quejó entre risas Fermín, que además confió que "la velocidad promedio del viaje fue de 80 km/h y la máxima 91 para pasar un camión, según el GPS, además que me peleé siempre con la Gallega", tal como denominan a la voz predeterminada del Sistema de Posicionamiento Global (en inglés, GPS; Global Positioning System). "No hicimos tiempo de colocarle la radio", agregó Eduardo, por lo que el diálogo en compañía fue un punto fuerte de la travesía, a pesar del ruido del motor. El equipamiento, nada especial, más que una cámara GoPro que registró todo el recorrido.
"Tener algunos recursos, las reservas y despojarse de obligaciones, hacen mejor al viaje. Así no es una locura", aseguró el conductor.
Para Fermín, "una gran aventura compartida".
"Lindo desde el punto de vista humano, es una rica experiencia. Nada del otro mundo. El único contento es el que me metió fichas, de la mesa de amigos, para los demás, es una locura lo que hicimos", redondeó Ferroni.
La máxima fue 91 km/h, para pasar un camión.
El Rastrojero fue un utilitario fabricado en la Argentina, primero por Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME), luego por la Dirección Nacional de Fabricaciones e Investigaciones Aeronáuticas (Dinfia) y finalmente por Industrias Mecánicas del Estado (IME). Su nombre hace alusión a la acción del vehículo de marchar sobre el residuo de la cosecha, conocido como rastrojo. La motorización alemana Borgward presentó y desarrolló un impulsor diésel que permitió alargar la producción del Rastrojero, a la vez de permitir una reducción considerable en sus costos. En la actualidad, el Rastrojero es considerado como el más característico símbolo del ingenio y la producción metalmecánica argentina.