'Un obispo enamorado del pueblo”

viernes, 26 de abril de 2019 · 00:00
Cartas, opiniones, debates - Hacia la beatificación de monseñor Angelelli El sábado es el acto de beatificación de monseñor Enrique Angelelli y otros mártires riojanos. El vicario del Obispado de Villa María, Alberto Bustamante, estará presente y envió una nota sobre el tema. Este es el texto “Viviremos el 27 de abril un acontecimiento más que valioso para la vida de nuestra Patria y de la Iglesia en Argentina: la beatificación de los Mártires Riojanos. Ante todo quiero recordarles quiénes son estos primeros mártires argentinos, reconocido como tales por la Iglesia: Monseñor Enrique Angelelli, obispo de la Rioja asesinado en 1976 durante la dictadura militar en Argentina, Gabriel Joseph Roger Longueville, sacerdote diocesano; Carlos de Dios Murias, sacerdote profesor de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, y Wenceslao Pedernera, laico y padre de familia, asesinados por odio a la fe en Argentina en 1976. ¿Qué celebramos cuando contemplamos a los mártires? Quisiera responder con palabras que el Papa Francisco dirigió a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios en la reciente exhortación apostólica “Cristo vive”: “Quizás aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más? Intenta aprender a llorar por los jóvenes que están peor que tú. La misericordia y la compasión también se expresan llorando. Si no te sale, ruega al Señor que te conceda derramar lágrimas por el sufrimiento de otros. Cuando sepas llorar, entonces sí serás capaz de hacer algo de corazón por los demás.” Los mártires son los que supieron lloran con su pueblo, por su pueblo y para su pueblo. Cuando recorremos la vida del obispo Enrique vemos a un Pastor que no se quedó encerrado en su escritorio, que no interpretó la realidad de manera mediada sino en el contacto directo con las lágrimas de su pueblo. El fue un enamorado de su pueblo que lo acompañaba en el camino, y lo acompañaba hasta las periferias, las periferias geográficas y las existenciales. Recordemos el cariño conque acariciaba a los ancianos, conque buscaba a los pobres y a los enfermos, con el que clamaba por la justicia, él estaba convencido de que el hombre hecho de barro escondía adentro un proyecto de la Trinidad, un proyecto de Dios: “Mezcla de tierra y de cielo, proyecto humano divino en cada hombre se hace rostro y su historia se hace pueblo”, Dios rostro de hombre, historia de pueblo. Dios que camina a lo largo de su pueblo en la historia de salvación, “amor que se hace esperanza en cada dolor del pueblo porque el hombre se hace encuentro en cada historia de pueblo”, “ese amor que se hizo carne en dolor de pueblo.” “Aquí la historia es camino y el hombre siempre un proyecto” y porque el hombre era un proyecto acompañaba a cada hombre, a cada mujer, a cada chico, a cada anciano, a cada persona de su pueblo en este proyecto para que madurara, para que diera lo mejor, para que la gloria de Dios se manifestara en ese rostro que el mismo Dios había amasado y soplado con su espíritu. En el contexto de una Iglesia que fue perseguida, una Iglesia que se fue haciendo sangre, que se llamó Wenceslao, Gabriel, Carlos, testigos de la fe que predicaban y que dieron su sangre para la Iglesia, para el pueblo de Dios por la predicación del Evangelio y finalmente se hace sangre en su pastor Enrique. Fue testigo de la fe derramando su sangre. Los primeros cristianos tenían una frase linda, “sangre de mártires, semilla de cristianos”, sangre de estos hombres que dieron su vida por la predicación del Evangelio es triunfo verdadero y hoy clama por vida, por vida en esta Iglesia riojana que hoy es depositaria. El recuerdo de Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo Enrique no es una simple memoria encapsulada, es un desafío que hoy nos interpela a que miremos el camino de ellos, hombres que solamente miraron el Evangelio, hombres que recibieron el Evangelio y con libertad. Así nos quiere hoy la patria, hombres y mujeres libres de prejuicios, libres de componendas, libres de ambiciones, libres de ideologías, hombres y mujeres de Evangelio; sólo el Evangelio y, a lo más podemos añadirle un comentario, el que le añadieron Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo, el comentario de la propia vida. Angelelli, un obispo enamorado de su pueblo al cual supo describirlo en poemas de amor: “honduras de quebradas y silencio, arenales sedientos y bravíos, cardonales vigías en horizontes, llenos de cerros escondidos.... así es el alma de mi pueblo. Promesante con la fe de peregrino Caminante incansable de recuerdos, Alforja cargada de esperanzas, Con el ritmo del ton ton de las cajas... Así es el alma de mi pueblo.”   Ese amor lo hacía vivir con dolor esperanzado el drama de la Patria: “La Patria está engendrando un hijo con sangre y con dolor, lloran los atardeceres esperando que el hijo nazca sin odios y sin rencor, sin odios y con amor, mi tierra está preñada de vida”. Así vivía él la Patria, así la quería, preñada de vida. “En esta noche de dolor, esperando que despunte el alba, con un hombre nuevo, Señor.” Alba que va a despuntar recordando las palabras que, como las de Jesús en la cruz, Wenceslao Pedernera en su agonía, le dirigía a su hija: “Perdonen, no guarden rencor, no odien, yo los perdono”. Pidámosle, a los mártires riojanos que nos consigan de Dios la gracia de ser tierra fértil para su semilla. Que sus sangres derramadas sean una siembra de amor y unidad para el pueblo argentino. Atrás de cada martirio hay un odio asesino, pero no puede ser eso lo que domine la escena. Bastante herido está nuestro pueblo con la siembra de quienes buscan dividirlo y nunca se hacen cargo de sus llantos y de sus gritos de dolor. Esas son las semillas “sangres de mártires” que engendran vida, como Jesús, sabiendo llorar con su pueblo, por su pueblo y para su pueblo. Alberto Agustín Bustamante, presbítero, vicario general  - Diócesis de Villa María