Antonia celebró sus 104 otoños
martes, 16 de abril de 2019 · 00:00
La anciana nacida en Silvio Pellico, y residente en la ciudad desde 1940, aún sigue sonriendo
Acompañada por sus hijas, nietos y bisnietos la abuela festejó con lechón y torta un nuevo aniversario de su nacimiento. Las polcas de damas, el tambo, la huerta propia y la cocina casera entre sus recuerdos más preciados
Escribe Daniel Rodríguez
Fotos Roberto Zayas
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Con el amor de sus hijas Marta y Stella Maris, Antonia dialogó tras haber festejado el domingo por adelantado[/caption]
Por los ojos de Antonia ya pasaron más de cien otoños, exactamente 104.
Es que ayer, Antonia María Conrero cumplió años ¡y hasta hubo torta y lechón!
Ubicada actualmente en la residencia geriátrica Santa Catalina de San Juan al 1200, la abuela recibió un nuevo aniversario de su nacimiento en compañía de otras abuelas además de sus familiares: hijos, nietos y bisnietos.
Hija de Juan Bautista y de Lucía Marta, Antonia nació el 15 de abril de 1915 en la localidad de Silvio Pellico. Allí desarrolló gran parte de su actividad en los primeros años de su vida. “Ordeñaba, hacía el tambo” contó, con una voz suave, en diálogo con El Diario.
“Fui a la escuela hasta tercer grado”, agregó, comentando su paso por la educación.
Bailando polca
Acompañada por sus hijas Marta y Stella Maris, la cumpleañera recordó grandes momentos de su existencia.
Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando recordó cómo conoció a Dante Federico, su compañero de vida. Lo hizo en el mismo poblado, en un baile de polca de damas. Esa noche que lo invitó a bailar generó que no se separaran por 42 años.
El, Dante, trabajaba en la empresa de Envases Téxtiles (N de la R: un espacio ubicado sobre la avenida Dante Alighieri donde hacían las bolsas de arpillera para envasar los cereales).
Héctor (ya fallecido) y Graciela se suman a la nómina de sus cuatro hijos. La anciana también cuenta con cuatro nietos y nueve bisnietos.
Héctor, su primer hijo, nació en la vecina localidad asistido por una partera rural. Las hijas restantes nacieron ya en nuestra ciudad con la tecnología de su lado.
Rememorando los años mozos, aún siguen ancladas en su memoria algunas de sus travesías. “Iba con los zapatos bajo el brazo y cruzaba el campo con unos suecos. Al llegar al poblado me cambiaba de calzado y los dejaba allí para utilizarlos a la vuelta, para el tambo”.
Es imposible no sentir empatía y sonreír ante su buen humor. Ella caminó sus primeros pasos acompañando a una Argentina que aprendía también a caminar.
Contemplando el pasado uno puede imaginar sus pensamientos durante la Segunda Guerra Mundial, el Mundial de Fútbol de 1986, las etapas del peronismo o la vuelta de la democracia en nuestro país.
“La cocina es mía”
Marta (su hija), recuerda y abraza la época “de los canelones caseros y las salsas caseras de la nona, como le dicen los nietos”.
“Mi mamá siempre trabajó en la casa. Nos hacía la ropa, tejía, cocinaba y hacía la quinta, la que todavía persiste”, explica la hija. También hubo un párrafo aparte para “los canelones verdes con espinaca”.
“Ella es ariana (del signo de Aries) así que tiene su carácter”, explicó la hija. “Nosotros andabamos derechitos; no era guardabosque, pero siempre nuestros padres nos aconsejaron que nos cuidáramos. Tuvimos libertad para ir y venir”.
En tanto lanzó una carcajada cuando se la consultó acerca de la cocina: “Nadie se podía acercar, si queríamos aprender a cocinar teníamos que hacerlo en nuestra casa”.
En la década del 40, Antonia llegaría con Federico a Villa María para vivir en la calle Periodistas Argentinos 35 (barrio Lamadrid) en un hogar que poco a poco irían mejorando.
En ese mismo patio Antonia trabajó la tierra para luego cosechar desde allí los tomates y las espinacas que formarían parte de cada manjar que llevaba a la mesa.
Querida por todos, incluso participó de esta entrevista una vecina que tiene aún en su memoria los presentes que les entregaba y hasta haberle regalado un tero para tenerlo como mascota. En un cofre imaginario se guardan cada una de las anécdotas e historias que contabiliza la vecina que sopló las velitas de una torta que tenía un número “104”?de color rosado en su parte superior.
Siempre atentas, sus hijas la impulsaban a comentar cada una de sus aventuras y, a cada momento, le demostraban su cariño, al igual que sus compañeras y parte del personal del lugar que mostraban en sus ojos una mezcla de emoción, cariño y admiración.
Con el amor de sus hijas Marta y Stella Maris, Antonia dialogó tras haber festejado el domingo por adelantado[/caption]
Por los ojos de Antonia ya pasaron más de cien otoños, exactamente 104.
Es que ayer, Antonia María Conrero cumplió años ¡y hasta hubo torta y lechón!
Ubicada actualmente en la residencia geriátrica Santa Catalina de San Juan al 1200, la abuela recibió un nuevo aniversario de su nacimiento en compañía de otras abuelas además de sus familiares: hijos, nietos y bisnietos.
Hija de Juan Bautista y de Lucía Marta, Antonia nació el 15 de abril de 1915 en la localidad de Silvio Pellico. Allí desarrolló gran parte de su actividad en los primeros años de su vida. “Ordeñaba, hacía el tambo” contó, con una voz suave, en diálogo con El Diario.
“Fui a la escuela hasta tercer grado”, agregó, comentando su paso por la educación.
Bailando polca
Acompañada por sus hijas Marta y Stella Maris, la cumpleañera recordó grandes momentos de su existencia.
Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando recordó cómo conoció a Dante Federico, su compañero de vida. Lo hizo en el mismo poblado, en un baile de polca de damas. Esa noche que lo invitó a bailar generó que no se separaran por 42 años.
El, Dante, trabajaba en la empresa de Envases Téxtiles (N de la R: un espacio ubicado sobre la avenida Dante Alighieri donde hacían las bolsas de arpillera para envasar los cereales).
Héctor (ya fallecido) y Graciela se suman a la nómina de sus cuatro hijos. La anciana también cuenta con cuatro nietos y nueve bisnietos.
Héctor, su primer hijo, nació en la vecina localidad asistido por una partera rural. Las hijas restantes nacieron ya en nuestra ciudad con la tecnología de su lado.
Rememorando los años mozos, aún siguen ancladas en su memoria algunas de sus travesías. “Iba con los zapatos bajo el brazo y cruzaba el campo con unos suecos. Al llegar al poblado me cambiaba de calzado y los dejaba allí para utilizarlos a la vuelta, para el tambo”.
Es imposible no sentir empatía y sonreír ante su buen humor. Ella caminó sus primeros pasos acompañando a una Argentina que aprendía también a caminar.
Contemplando el pasado uno puede imaginar sus pensamientos durante la Segunda Guerra Mundial, el Mundial de Fútbol de 1986, las etapas del peronismo o la vuelta de la democracia en nuestro país.
“La cocina es mía”
Marta (su hija), recuerda y abraza la época “de los canelones caseros y las salsas caseras de la nona, como le dicen los nietos”.
“Mi mamá siempre trabajó en la casa. Nos hacía la ropa, tejía, cocinaba y hacía la quinta, la que todavía persiste”, explica la hija. También hubo un párrafo aparte para “los canelones verdes con espinaca”.
“Ella es ariana (del signo de Aries) así que tiene su carácter”, explicó la hija. “Nosotros andabamos derechitos; no era guardabosque, pero siempre nuestros padres nos aconsejaron que nos cuidáramos. Tuvimos libertad para ir y venir”.
En tanto lanzó una carcajada cuando se la consultó acerca de la cocina: “Nadie se podía acercar, si queríamos aprender a cocinar teníamos que hacerlo en nuestra casa”.
En la década del 40, Antonia llegaría con Federico a Villa María para vivir en la calle Periodistas Argentinos 35 (barrio Lamadrid) en un hogar que poco a poco irían mejorando.
En ese mismo patio Antonia trabajó la tierra para luego cosechar desde allí los tomates y las espinacas que formarían parte de cada manjar que llevaba a la mesa.
Querida por todos, incluso participó de esta entrevista una vecina que tiene aún en su memoria los presentes que les entregaba y hasta haberle regalado un tero para tenerlo como mascota. En un cofre imaginario se guardan cada una de las anécdotas e historias que contabiliza la vecina que sopló las velitas de una torta que tenía un número “104”?de color rosado en su parte superior.
Siempre atentas, sus hijas la impulsaban a comentar cada una de sus aventuras y, a cada momento, le demostraban su cariño, al igual que sus compañeras y parte del personal del lugar que mostraban en sus ojos una mezcla de emoción, cariño y admiración.