Gustavo Ballas: 'Muchos no saben siquiera qué es lo que consumen”
sábado, 5 de enero de 2019 · 00:00
Entrevista - La vida, el deporte, las drogas y la educación como prevención (o para curación) de los males
La ciudad viene de soportar un golpe de nocaut sobre los últimos rounds de 2018. El excampeón mundial de boxeo prefiere no hablar de casos puntuales. Aceptó repasar en este reportaje aspectos de su vida que estima que pueden servir a quienes trabajan con deportistas y a la sociedad en su conjunto
Escribe: Sergio Vaudagnotto (de nuestra redacción)
El 12 de septiembre de 1981 Gustavo Ballas anticipaba la primavera al obtener el título Mundial de la Asociación Mundial de Boxeo en la categoría Gallo Junior tras derrotar por nocaut en el octavo round a Suk Chul Bae. Y apenas tres meses después, el 15 de diciembre del mismo año, precipitaba el otoño al caer derrotado por puntos por Rafael Pedroza en Panamá, en la primera defensa de la corona que ya no volvería a ceñirse.
-¿Una victoria o una derrota pueden detonar determinados pensamientos o determinadas acciones en la vida de un deportista?
-Mirá, lo que yo te puedo decir es que no nos preparan para asimilar las mieles del éxito o la amargura del fracaso. Hay que pensar que en cada deportista hay una persona… El Turco García, hombre de Racing y de la selección; Diego Maradona, que llegó a ser el más grande también en el fútbol; yo, Gustavo Ballas, y tantos otros que llegaron a lo más alto en el boxeo… Si yo tuviera un gimnasio, lo primero que le exijo a mis pupilos es que estudien…
-¿Por qué?
-Porque con educación, es distinto. Si hubiera tenido educación no me hubieran pasado muchas de las cosas malas que me pasaron.
[caption id="attachment_36432" align="alignleft" width="300"]
Ballas y Miriam, “la Tana”, su esposa, que lo escucha con atención durante toda la charla y se ha vuelto una conocedora en la materia[/caption]
-¿Cómo cuál?
-Y… hasta que llegué a campeón, recibía y aceptaba las órdenes de don Paco Bermúdez. A partir de ahí a las órdenes un poco las empecé a dar yo. “Hoy no tengo ganas de salir a correr”, por ejemplo. Y la otra persona qué hace, ¿quedarse sin trabajo o dejar que ese día no salgas a entrenar? No le voy a echar la culpa a los demás, porque crecí vendiendo cosas en la calle desde chico, con mi padre haciendo de padre y de madre, entre otras cosas, o sea que venía complicado desde el vamos, nomás… También eran otros tiempos, entrábamos al boxeo posiblemente como ahora, para salvarnos y tratar de salvar a la familia, pero actualmente hay otras posibilidades.
-¿A qué se refiere?
-Bueno, estos son tiempos en los que la psicología está muy cerca del deporte. Cada deportista es un ser único, diferente a los demás y debería tener la contención de un equipo, no de una sola persona; para que entre todos entiendan su mente, su forma de ver las cosas, de asimilarlas, y que lo preparen para lo que se le viene. Si seguimos pensando solamente en cuánto deja el pase de un club al otro, cuánto deja la bolsa de una pelea o cuánto deja llegar a la final de un torneo de tenis, vamos mal… Con jóvenes que estudien y tengan un seguimiento, se puede mejorar mucho la realidad que tenemos. Yo lo entendí y estoy estudiando…
-¿Cómo van esos estudios?
-En 2017 terminé la primaria y en 2018, con 60 años, hice primer y segundo año de la secundaria. Estoy en el CENMA que funciona en el edificio que ocupaba la Escuela Agustín Alvarez, frente a la plaza de la Catedral. Vamos a ver cómo se da este año, porque estoy ansioso por empezar Psicología.
-Todo eso por entender ahora que con estudios hubiera elegido otros caminos, diferentes al del consumo de drogas…
-Hubiera entendido que cuando don Paco Bermúdez me dijo: “Pibe, hay un puente en su camino”, me estaba diciendo que iba a terminar viviendo debajo de un puente. No tener estudios es como no tener cabeza. Después de una pelea en el Luna Park, me dijeron que fuera a cobrar a la oficina de Tito Lectoure (el promotor de boxeo más reconocido en la historia de ese deporte en la Argentina). Había una montaña de plata arriba del escritorio. Salí de ahí y me fui a comprar un R18, el mejor auto del momento. Y lo tenía estacionado en la puerta de la pensión en la que vivía porque no tenía casa. Eso, además de haberlo chocado varias veces, porque ni manejar bien sabía… Y con algo metido en el cuerpo, peor.
Ballas se capacitó en el Instituto de Prevención de la Drogodependencia de la Universidad del Salvador (egresó como Socioterapeuta en Adicciones) y se formó en la Universidad Nacional de Córdoba (en Asistencia en Drogodependencia). Como tal, integra un equipo con profesionales de salud en la obra social de la sede local de la Asociación de Trabajadores de la Industria Láctea (Atilra).
[caption id="attachment_36433" align="alignright" width="300"]
Ballas: “Perdón, voy a atender, porque puede ser un paciente...”[/caption]
-Desde aquellos lejanos años 80 a la actualidad, ¿cuánto avanzó la droga sobre la sociedad?
-Mucho. Hoy la droga se consigue mucho más fácil. Si en un grupo de cinco antes había uno que consumía, ahora hay uno que no consume; se invirtió la proporción. Y, a veces, la persona empieza por temor a ser el pelotudo o la pelotuda de la barra. Es lo que definimos como la primera etapa, que es la del uso de drogas. Luego están el abuso y la adicción… Muchos no saben qué es lo que consumen, no saben siquiera qué es el tetrahidrocannabinol, principal constituyente psicoactivo del cannabis ni los efectos que tiene, por ejemplo, para sus genitales. Pero también son muchos los que creen que lo saben todo. Claro que cada paciente es diferente: está el que en las primeras charlas se jacta de la cantidad de gramos que consume y está el que sufre, se quiebra y se larga a llorar… Lo veo todos los lunes y viernes en el consultorio. Empiezo a las 13 y me quedo hasta que haga falta. Los veo flacos porque la cocaína les quita el sueño y el hambre y los veo gordos porque la marihuana les da sueño y hambre…
-En el boxeo usted llegó a lo más alto, ¿y como socioterapeuta?
-Primero, el trabajo en Atilra ya es positivo desde el momento en que también me empujó al estudio, porque no podía ser que cuando evaluábamos a un paciente muchas veces me tuviera que callar por no entender lo que decían los médicos, psicólogos, sociólogos… Un día llegué a casa, me miré al espejo y me pregunté: “¿Qué estoy haciendo ahí?”. Estaba por tirar la toalla, pero me puse serio y me dije: “Ni se te ocurra”. Me propuse estudiar para entenderlos y acá estamos. En segundo lugar, hay que saber que el trabajo con un paciente no se termina nunca, porque nosotros no curamos, sino que recuperamos. Por eso es importante un seguimiento, charlas periódicas para saber cómo anda esa persona que se va con un abrazo que a uno también lo sana.
Ballas y Miriam, “la Tana”, su esposa, que lo escucha con atención durante toda la charla y se ha vuelto una conocedora en la materia[/caption]
-¿Cómo cuál?
-Y… hasta que llegué a campeón, recibía y aceptaba las órdenes de don Paco Bermúdez. A partir de ahí a las órdenes un poco las empecé a dar yo. “Hoy no tengo ganas de salir a correr”, por ejemplo. Y la otra persona qué hace, ¿quedarse sin trabajo o dejar que ese día no salgas a entrenar? No le voy a echar la culpa a los demás, porque crecí vendiendo cosas en la calle desde chico, con mi padre haciendo de padre y de madre, entre otras cosas, o sea que venía complicado desde el vamos, nomás… También eran otros tiempos, entrábamos al boxeo posiblemente como ahora, para salvarnos y tratar de salvar a la familia, pero actualmente hay otras posibilidades.
-¿A qué se refiere?
-Bueno, estos son tiempos en los que la psicología está muy cerca del deporte. Cada deportista es un ser único, diferente a los demás y debería tener la contención de un equipo, no de una sola persona; para que entre todos entiendan su mente, su forma de ver las cosas, de asimilarlas, y que lo preparen para lo que se le viene. Si seguimos pensando solamente en cuánto deja el pase de un club al otro, cuánto deja la bolsa de una pelea o cuánto deja llegar a la final de un torneo de tenis, vamos mal… Con jóvenes que estudien y tengan un seguimiento, se puede mejorar mucho la realidad que tenemos. Yo lo entendí y estoy estudiando…
-¿Cómo van esos estudios?
-En 2017 terminé la primaria y en 2018, con 60 años, hice primer y segundo año de la secundaria. Estoy en el CENMA que funciona en el edificio que ocupaba la Escuela Agustín Alvarez, frente a la plaza de la Catedral. Vamos a ver cómo se da este año, porque estoy ansioso por empezar Psicología.
-Todo eso por entender ahora que con estudios hubiera elegido otros caminos, diferentes al del consumo de drogas…
-Hubiera entendido que cuando don Paco Bermúdez me dijo: “Pibe, hay un puente en su camino”, me estaba diciendo que iba a terminar viviendo debajo de un puente. No tener estudios es como no tener cabeza. Después de una pelea en el Luna Park, me dijeron que fuera a cobrar a la oficina de Tito Lectoure (el promotor de boxeo más reconocido en la historia de ese deporte en la Argentina). Había una montaña de plata arriba del escritorio. Salí de ahí y me fui a comprar un R18, el mejor auto del momento. Y lo tenía estacionado en la puerta de la pensión en la que vivía porque no tenía casa. Eso, además de haberlo chocado varias veces, porque ni manejar bien sabía… Y con algo metido en el cuerpo, peor.
Ballas se capacitó en el Instituto de Prevención de la Drogodependencia de la Universidad del Salvador (egresó como Socioterapeuta en Adicciones) y se formó en la Universidad Nacional de Córdoba (en Asistencia en Drogodependencia). Como tal, integra un equipo con profesionales de salud en la obra social de la sede local de la Asociación de Trabajadores de la Industria Láctea (Atilra).
[caption id="attachment_36433" align="alignright" width="300"]
Ballas: “Perdón, voy a atender, porque puede ser un paciente...”[/caption]
-Desde aquellos lejanos años 80 a la actualidad, ¿cuánto avanzó la droga sobre la sociedad?
-Mucho. Hoy la droga se consigue mucho más fácil. Si en un grupo de cinco antes había uno que consumía, ahora hay uno que no consume; se invirtió la proporción. Y, a veces, la persona empieza por temor a ser el pelotudo o la pelotuda de la barra. Es lo que definimos como la primera etapa, que es la del uso de drogas. Luego están el abuso y la adicción… Muchos no saben qué es lo que consumen, no saben siquiera qué es el tetrahidrocannabinol, principal constituyente psicoactivo del cannabis ni los efectos que tiene, por ejemplo, para sus genitales. Pero también son muchos los que creen que lo saben todo. Claro que cada paciente es diferente: está el que en las primeras charlas se jacta de la cantidad de gramos que consume y está el que sufre, se quiebra y se larga a llorar… Lo veo todos los lunes y viernes en el consultorio. Empiezo a las 13 y me quedo hasta que haga falta. Los veo flacos porque la cocaína les quita el sueño y el hambre y los veo gordos porque la marihuana les da sueño y hambre…
-En el boxeo usted llegó a lo más alto, ¿y como socioterapeuta?
-Primero, el trabajo en Atilra ya es positivo desde el momento en que también me empujó al estudio, porque no podía ser que cuando evaluábamos a un paciente muchas veces me tuviera que callar por no entender lo que decían los médicos, psicólogos, sociólogos… Un día llegué a casa, me miré al espejo y me pregunté: “¿Qué estoy haciendo ahí?”. Estaba por tirar la toalla, pero me puse serio y me dije: “Ni se te ocurra”. Me propuse estudiar para entenderlos y acá estamos. En segundo lugar, hay que saber que el trabajo con un paciente no se termina nunca, porque nosotros no curamos, sino que recuperamos. Por eso es importante un seguimiento, charlas periódicas para saber cómo anda esa persona que se va con un abrazo que a uno también lo sana.