Apuntes de un naturalista urbano

Las arañas

jueves, 31 de agosto de 2023 · 08:30

En los años 70, los barrios al norte de la ciudad de Córdoba disponían de numerosos terrenos baldíos donde solíamos experimentar distintos juegos y pequeñas cacerías urbanas. Desde el derribo de mariposas amarillas con ramas de retama, las azufradas que llegaban en el comienzo de la primavera, o sorprender durante la siesta a los murciélagos que dormían cabeza abajo en alguna arboleda o perseguir algún lagarto overo que cada tanto solía aparecer. Pero de todos ellos, la de capturar arañas era la más frecuente. El mecanismo era muy simple. Consistía en elegir una hoja tierna de caña común y extraer la fina espiga central, acercar el borde de la hoja a la tela de araña y soplar. La caña producía un sonido vibrátil, entonces la araña salía de su escondite, generalmente un hueco en un tronco o algún muro abandonado, creyendo que un insecto había caído en su trampa y en ese momento la capturábamos.

La relación de las arañas con los sonidos es particular. Años después leería en las páginas del naturalista Guillermo Enrique Hudson lo siguiente: “Este hecho me convenció, hace ya muchos años, de que también atrae a las arañas el sonido de instrumentos musicales, tales como el violín, el acordeón, la guitarra, etcétera, sencillamente porque el sonido produce en ellas el mismo efecto que agudo zumbido de la mosca prisionera”. El hecho referido era que  cada vez que tocaba una guitarra criolla se desprendía del techo uno de estos insectos. 

Más curiosa aún es la anécdota que cuenta el escritor francés nacido en Egipto Elian J. Finbert, en su libro “Las más bellas historia de animales célebres” (1959); “Louise Read, la ejecutora testamentaria de d’Aurevilly, cuenta que su bisabuela materna se había dado cuenta de que cada vez que ella tocaba el clavecín, por la tarde, a los primeros acordes del instrumento veía descender una araña…”. En ese mismo texto también cuenta que “el célebre violinista Berthomé debió su éxito precoz en parte al enclaustramiento en el que lo tuvieron todavía muy joven. En su aislamiento tenía de amiga una araña que, después de salir de un ángulo de la habitación, avanzaba hasta el pupitre, luego saltaba sobre el músico mismo y sobre el brazo móvil que manejaba el arco. Allí el insecto escuchaba de muy cerca, conmovido, palpitante. Era el único oyente del joven virtuoso.

Por desgracia, Berthomé tenía una madrastra que un día, al introducir un amante de la música en la habitación donde su hijastro practicaba, vio la sensible araña en su puesto. Un pantuflazo exterminó al solícito insecto del violinista. El niño perdió el conocimiento, se desplomó, estuvo enfermo tres meses y a punto de morir de pena”.

En esas largas siestas cordobesas, otro de los entretenimientos que solíamos tener, era la observación de las batallas encarnizadas entre arañas y avispas alfareras, donde estas últimas solían ser las victoriosas. La lucha respondía a un mecanismo de supervivencia. La avispa no la mata. Arrastra a la desvanecida araña hasta su propio hoyo, la deposita en una extremidad, pone a un lado un huevo, sale y tapa el hoyo. Al nacer, las crías de avispas se alimentarán de la vencida.

 

La hilandera que dio mal paso

 Cuenta Ovidio en el Libro Sexto de Las Metamorfosis, la mítica historia de Aracné, la famosa tejedora griega. Según el poeta romano, poseía tal arte, “que las ninfas abandonaban los viñedos” para contemplar sus trabajos. Era tal la habilidad que ostentaba que, envalentonada, por los halagos, desafiaba a la diosa Atenea, diosa de la artesanía y la sabiduría. Irritada, la diosa, dio a la joven Aracné una oportunidad de redimirse. Adoptando la forma de una anciana, le advirtió que no ofendiese a los dioses. La mortal se burló y propuso un concurso de tejido en el que pudiera demostrar su superioridad. Atenea se quitó el disfraz y el concurso comenzó. Aracné no tuvo mejor ocurrencia que tejer un tapiz que representaba veintidós episodios de infidelidades de los dioses disfrazados de animales. Ofendida, Atenea por la impertinencia de su contrincante destruyó el tapiz y Aracné huyó despavorida. Arrepentida de su insensatez, se colgó. Entonces Atenea se apiadó y vertió un jugo mágico que convirtió a la pobre hilandera en araña. Y fue así como surgieron estos insectos según la explicación mítica de los griegos. 

 

Tarántulas

Estos insectos cuya simbología en la cultura popular remiten a la creatividad, a la vida y la muerte alternativamente, generan en muchas personas un sentimiento aprensivo llamado aracnofobia. Personalmente, tuve la oportunidad de combatir este miedo en las selvas amazónicas del Ecuador. Desde Quito partimos hacia Puyo y luego remontamos el río Pastaza, donde nos adentramos en la espesa vegetación hasta unas cabañas, denominadas Lodge para el turismo internacional. La cabaña que me tocó era para tres personas. Una cama y una cucheta. Mi demora en acomodarme hizo que me tocara en suerte la cama de arriba, de cuyo techo solo me separaba el brazo extendido. El techo era de paja y pocos antes de la cena nos advirtieron que veríamos salir de entre la paja, algunas arañas, pero no había que preocuparse porque eran muy inofensivas. Si alguna de ellas caía sobre nosotros, teníamos que deslizar la mano sobre el cuerpo y de esta manera alejarla. Nunca había que aplastarla, porque en ese caso sí atacaban. También nos alertaron de que su picadura no era letal, porque su dosis de veneno es ínfimo, pero su mordedura resultaba dolorosa. Puntualmente, a la hora de dormir aparecieron tres tarántulas paseando a un metro sobre mi cabeza, una de ellas, más grande que una mano humana. No las perdía de vista y pensé que no pegaría un ojo en toda la noche. Sin embargo, la naturaleza amazónica es tan abrumadora que termina venciéndote y me dormí. En las dos noches siguientes salieron a la misma hora. Me embadurné brazos y cara con un repelente en crema, me envolví en el mosquitero y dormí profundamente.

 

Los ritos nupciales

Convivimos con estos pequeños insectos  cuyos hábitos en algunos casos resultan sorprendentes. Una de las arañas más comunes y que probablemente todos hayamos visto en nuestros hogares es la “Pholcus”. Friolentas, por eso se refugian en el interior de las viviendas, tranquilas e inofensivas, son aquellas que tienen las patas muy finas como un cabello. Si las observamos comprobamos que tienen una singular manera de protegerse si se las ataca y hasta cuando uno se les aproxima. Junta sus patas, las fija en el centro de la tela y se balancea girando con la velocidad de una perinola, de manera que parece un objeto nebuloso que se mueve entre la tela. Otra particularidad de estos insectos es la diferencia de aspecto y tamaño entre los géneros, llegando en ocasiones a ser irreconocibles como parte de la misma especie. Algunas hembras pueden alcanzar un volumen de 1.500 veces mayor que el macho. Es por ello que los ritos nupciales resultan muy curiosos porque generalmente terminan con el novio, pacientemente devorado por su compañera. Antes de la unión, los machos practican una serie de maniobras, una especie de “danzas”. Agitan sus patas copuladoras como si ensayaran las señales de un agente de tránsito. Luego sigue una coreografía de diversos movimientos. El mejor bailarín es el elegido. Los ritos de apareamiento tienen distintas singularidades. Por ejemplo, la Hiptiota, una pequeña araña que suele habitar en las coníferas de los bosques. En el momento de la unión, los dos cónyuges lanzan un hilo de treinta centímetros, que es una especie de pasarela tendida horizontalmente. Cada uno, ubicado en un extremo, van y vienen hasta la mitad del recorrido y repiten esta maniobra hasta que finalmente se ponen de acuerdo.  Los pretendientes tienen que ser muy cautos, ante la menor torpeza son deglutidos sin más preámbulo. El macho de la Dysdera tiene una pareja temible. Tiene solo un instante para saltar por encima de ella y frotarle la espalda con sus garras. La hembra depone su actitud hostil, la fecunda rápidamente  y huye inmediatamente. Si se demora en retirarse, puede ser víctima de su compañera, cuya ferocidad se despierta inmediatamente después de concluir los ritos nupciales. Pero quizás las de mayor ferocidad sean las “Latrodectus” cuyo acto sexual termina irremediablemente con la muerte del macho, quien normalmente parece aceptar su destino, dando un salto mortal hacia los colmillos de su pareja. De ahí el nombre popular de “Viudas Negras”.

 

En Villa María... ellas estaban antes

Estos pequeños seres que conviven con el hombre desde el origen de la vida, representan los mecanismos fascinantes de la naturaleza. Controladoras de plagas y regeneradoras de bosques constituyen un elemento fundamental en los equilibrios ecológicos y por ello nuestro respeto y admiración por la vida de estos insectos, a pesar del temor que puedan generar. A comienzos de este año, vecinos de nuevos loteos de Villa María denunciaron la presencia de estos animalitos. No se trata de una invasión, ya que esos terrenos eran parte de su hábitat natural y la expansión urbana solo puso en evidencia su presencia en el paisaje.

Como dice el dicho, “me extraña araña que siendo mosca me desconozcas”.