Pirata y Pechito Blanco, amigos fieles

Una historia de amistad entre dos pichichos, amos y señores de nuestra costanera. Un dúo inseparable, como la sal y la pimienta

Hay quienes afirman tener noción de la existencia de este muy especial dúo dinámico (y perruno), desde hace por lo menos cuatro años. Algunos saben de uno y de otro por separado, antes que sus caninas vidas se encontraran, como se juntan dos polos -no tan- opuestos que se atraen.

Son como esos dos personajes  de aquella célebre película de los años 60, con Sammy Davis Jr. y Peter Lawford: “Sal y Pimienta”.

Esta es la historia de una amistad, de dos amigos que decidieron firmar su compañerismo de vida con -a falta de manos- un fuerte “apretón” de ladridos.

Pirata es blanco, y aunque no tiene cara de malo ni tiene pata de palo, sí tiene un “parche” en el ojo. Mientras que Pechito Blanco es negro, y como bien dice el apodo con el que varios lo conocen, tiene una mancha blanca en su pecho.

Los dos comparten los mismos colores, aunque de diferente manera. Y juntos, durante años, le han sacado lustre a las veredas de Villa María, de sur a norte, de este a oeste, siempre simpáticos y valientes.

Son dos perros callejeros que siempre van en pos del cariño de la gente. Tienen a sus humanos preferidos, los cuales son muchos. Y a quienes no gustan de los pichichos, ellos simplemente no les dan bola.

Son harto cariñosos, y también gallardos. Suelen demostrar su liderazgo nato a los otros perros, y más al machaje, pero tampoco como para ser considerados pendencieros ni fuera de la ley.

Aunque no le tienen miedo a nada, lo que más buscan, y desean, es un poco de cariño.

Entre ellos dos, quien ejerce el liderazgo y le pone los puntos al otro es Pirata. Pechito Blanco lo acepta, sin aullar. Aunque él es quien, en las interminables caminatas que hacen solos, o acompañando a muchos vecinos y vecinas de nuestra ciudad, incluso a algunos en bicicleta, va siempre adelante, abriendo camino hacia una nueva aventura.

Son un par de supervivientes. Tienen alta inteligencia. Saben con quién ir y a dónde no. Su zona preferida es la costanera, su reino conquistado, sobre todo desde la zona de juegos en la bajada de Entre Ríos hasta pasando el Sport.

Durante el verano no paran de nadar. Cruzan el río una y otra vez, como peces con patas, pues su enorme espíritu aventurero, siempre a la par e incondicionalmente, los lleva a vivir al límite todo su osado instinto canino.

Pirata -que cuando se emociona parece que habla- y Pechito Blanco -que cuando está contento parece un contorsionista-, también son afortunados. Aunque se pudiera creer que viven en la calle, y que duermen cada noche donde la vida se los permite, no es tan así. Porque han sido adoptados por una casa en la calle Santa Fe, entre Italia y México.

Ahí tienen techo y comida (la cochera es su lugar). Y se los puede ver ahí, siempre alertas, a través del enrejado por las mañanas, uno al lado del otro. Y sobre todo en invierno, cuando arrancan más lento.

Cuando el día comienza, les abren las puertas y ellos se van a hacer de las suyas toda la jornada. A veces a alguna carnicera cercana que les da algo que ellos siempre reciben moviendo la cola. Otras, aventurándose más allá de los límites de su reinado -que para nada es chiquito-, hacia otros barrios más céntricos de Villa María.

También se los puede ver por separado. Porque a veces -como nos pasa a todos- cada uno necesita estar solo, y hacer la suya.

Sin embargo, siempre vuelven al redil. A su fiel e irrompible amistad.

De hecho, bien podría pensarse que cada vez que alguien que los conoce se los encuentra, suena en su cabeza al verlos, como si fuera una imaginaria música de fondo, el tema de Toy Story “Yo soy tu amigo fiel”. Así,  caminando lomo a lomo, felices, con infinitas y perrunas ganas de seguir viviendo, juntos, sin dejar de mover  la cola al mismo tiempo.