Apuntes de un naturalista urbano / Los gatos

viernes, 16 de junio de 2023 · 08:30

Fue la pedagogía del matrimonio, junto a la proximidad de una pareja amante del ocultismo, las circunstancias que me llevaron a la convivencia con los felinos domésticos, llamados comúnmente gatos, cuya habilidad  notoria es camuflar la naturaleza salvaje que los anima.

En una caminata de madrugada, junto a la pareja de ocultistas y de regreso tras asistir a una fiesta, encontramos en una esquina a un gato moribundo, atropellado por un vehículo. Me arrodillé junto al animal, quien se dejó acariciar, ya sabedor de su final; inútil e impotente, su instinto receloso. Bastó un par de caricias para que buscara mi mirada y expiró un último aliento. En ese momento, la pareja exclamó al unísono una probable señal cabalística. Desde entonces, creo entenderme con esas raras criaturas nacidas en el desierto y busco de reojo la aprobación de Pancha, que ronronea mientras escribo.

Los adoradores de gatos registran larga estirpe, desde los antiguos egipcios hasta los poetas malditos, y abundan las supersticiones en torno a sus presencias. La lista de admiradores es abrumadora, desde Leonardo Da Vinci hasta William Burroughs, pasando por Heminway, Colette, Picasso, Rilke, Frida Khalo, Borges, Cortázar, Hesse, Cocteau, Neruda, Sartre, y la lista sigue.  El escritor de ciencia ficción Ray Bradbury solía afirmar: “Trata a las ideas como a los gatos, haz que te sigan”, y Charles Baudelaire les dedicó un poema que comienza: “Los amantes ardientes y los sabios austeros/ aman del mismo modo, cuando la edad declina/ al gato fuerte y dulce, maravilla felina/ que en la sala se esconde de los fríos traicioneros.”

“Es un diablo hermoso”, los definió Bukowski, en tanto que el filósofo Michel de Montaigne  se pregunta “Cuando juego con mi gata, ¿cómo sé que no es ella la que juega conmigo?”, y en esa duda surge un ensayo sobre el verdadero alcance del conocimiento de la otredad. Inquietud que tuvo su continuidad filosófica en la obra de Jacques Derrida, quien a partir de su gato, llamado Logos, meditó sobre la mirada de los animales. 

De hecho, los gatos tienen en la filosofía una presencia iterativa. Henry David Thoreau argumentó: “¿Qué clase de filósofos somos que no sabemos absolutamente nada del origen y destino de los gatos?”. Por su lado, Hippolyte Taine, filósofo del arte e historiador francés, autor de “Vida y opiniones filosóficas de un gato” (1858), expresó: “He estudiado con detención a los filósofos y a los gatos. La sabiduría de los gatos es infinitamente superior”.  Marcel Mauss, ilustre antropólogo francés: “Los gatos son los únicos animales que consiguieron domesticar al hombre”. Miguel de Unamuno solía repetir: “Mi gato nunca se ríe o lamenta. Siempre está razonando”.

Por sus rasgos misteriosos y su elegancia maléfica, el gato resulta personaje de leyendas y relatos como el Murr de Hoffman, que es la historia de un felino devenido en escritor, hasta las de novelas japonesas, donde los gatos proliferan. Cabe agregar la presencia de gatos en la literatura japonesa, abundan en los poemas breves llamados “Haikú”.  Sin olvidarnos de las crónicas orientales de fantasmas de Lacafdio Hearn, donde “michinos” dibujados en las paredes, por la noche cazan ratones, nadie lo advierte, salvo que por las mañanas aparecen cuerpos de ratas muertas, y las pinturas, con el hocico y los bigotes ensangrentados.

En el arte podemos encontrarlos desde Manet, pasando por Renoir, Bonnard, Foujita, hasta Botero. Pocas mascotas deben tener tanta presencia en nuestras vidas. Es sabida la relación que tuvo Osvaldo Soriano con sus gatos, quienes tenían la última palabra antes de publicar un libro.

 

Los gatos del barrio

Es precisamente la naturaleza del vínculo entre la confianza y el distanciamiento lo que maravilla del carácter animal, y consulto a una serie de personas, veterinarios y amantes de los gatos, que respondan con solo algunas palabras el porqué de tener gatos. Una millenials me escribe un mensaje. “Tengo la teoría de que los gatos han creado un sistema de dominación de los humanos”. Ese es precisamente el argumento de “El idioma de los gatos”, de Spencer Holst.

Otros insisten con el adjetivo “especial”. Palabras como independencia, personalidad y carácter enigmático se reiteran.  “Los gatos tienen una naturaleza curiosa y exploradora, lo cual encuentro fascinante”, responde otro entrevistado. “Son buenos para las ratas y cualquier bicho”, alega un sereno. La  elegancia y su gracia en movimiento se mencionan en muchos de estos diálogos. Observar a un gato moverse con agilidad y destreza es realmente la escena de un arte cinético magistral. Una creyente, tras pensar un segundo, afirma: “Eran los preferidos del profeta Mahoma”. Muchas de ellas tocaron el tema de la compañía. En sus expresiones de aprecio, coinciden en la capacidad para mostrar afecto de manera sutil, disfrutando de momentos de tranquilidad y cariño. “Los gatos tienen una personalidad única y cada uno tiene su propia individualidad”, indica una mujer que convive con más de treinta.

Recuerdo a los famosos gatos de Monky, que, por numerosos y endogámicos, varios de ellos resultaron freaks.  “Me encanta su carácter enigmático y su capacidad para adaptarse a diferentes entornos”, confiesa una tarotista. El gesto misterioso del gato ha incidido en que se lo vincule con la brujería. En las crónicas medievales se documenta el proceso inquisitorio de las brujas, donde miles de ellas terminaron en la hoguera junto a sus mascotas.  Los espeluznantes chillidos de los animales se registraron como el testimonio de la presencia del demonio en las llamas. 

¿Se acuerda de los gatos del viejo aserradero en Sabattini y Salta?, pregunta un nostálgico. Y así cada uno va contando su historia. Un librero me habla de Oscar, el gato que predecía la muerte de los ancianos en un geriátrico, y que tiene en su haber más de cien predicciones, según consigna un libro y muchos artículos periodísticos.

 

Gatos de bibliotecas

Kamala, una gata negra, solía mirar mis papeles con sus “vivientes ópalos”, como si descifrara los ideogramas del lenguaje. La silueta del gato se ha transformado en signo y se pasea por las páginas de una biblioteca, que, por honor a Beppo, podríamos definir borgeana.

Beppo, el gato de Borges, que en realidad se llamaba Pepo, por José  Omar “Pepona” Reinaldi, sí, el mismo que vivía en el Bulevar Sarmiento; pero luego “Georgie” lo rebautizó “Beppo”, como el poema de Lord Byron; “El gato no se dio cuenta y siguió su vida”, agrega el autor de Ficciones.

En la poesía local, Ivan Wielikosielek los describe como mensajeros de Nínive, la ciudad de la diosa asiria Ishtar, y el poeta Gustavo Borga narra en las redes las andanzas de Onetti, su gato melómano, hincha de Boca e influencer. Pero si se trata de poesía, quien le dedicó un poema de exquisita miniatura visual, es la gran poeta Edith Vera, quien escribió:

¡Buenas noches, Señor Gato!

¿Qué le apura, adónde va?

-Voy corriendo a ver la luna,

plato de leche en el cielo,

plato de vidrio en el mar. 

En lo personal, si me preguntan qué me gusta del gato, su sinuoso silencio, respondería.