Día del Animal

Con palabras sabias

Otra vez estamos en presencia de una recordación que es cara a muchísimas personas, entre las cuales me cuento: la conmemoración en el calendario de nuestra Argentina del Día del Animal. En mi cabeza se agolpan muchas cosas que querría decir sobre el tema, con el objeto de concientizar a los lectores sobre la importancia del rol que juegan estas criaturas en la vida del hombre, en un nuevo intento por disminuir  los terribles casos de maltrato a los que ellos son sometidos.

Sin embargo, esta vez dejaré que dos personalidades  mundialmente reconocidas hablen por mí y ojalá que sus sentidas palabras hallen eco en los corazones de quienes las lean:

Dice la Madre Teresa de Calcuta:  ( texto adaptado) “¿Por qué amar a los animales? Porque lo dan todo sin pedir nada. Porque ante el poder del hombre que cuenta con armas… son indefensos. Porque son eternos niños, porque no saben de odios ni de guerras. Porque no conocen el dinero  y se conforman con un techo donde guarecerse del frío. Porque se dan a entender sin palabras, porque su mirada es pura como su alma. Porque no saben de envidias ni rencores, porque el perdón es algo natural en ellos. Porque saben amar con lealtad y fidelidad... Porque no compran amor, simplemente lo esperan,  y porque son nuestros compañeros, eternos amigos que nunca nos traicionan. Y porque están vivos... Si aprendemos a amarlos como merecen… estaremos más cerca de Dios”.

   Los animales también han inspirado a grandes poetas, entre ellos a Pablo Neruda, que describe en  su poema “Mi perro ha muerto”, con ese lenguaje tan íntimo que habla al alma y que solo algunos elegidos pueden usar, su desolación ante la partida de su fiel compañero:  ( Texto adaptado) “... Mi perro ha muerto.../ lo enterré en el jardín…/  junto a una vieja máquina oxidada/ Allí, no más abajo/ ni más arriba, se juntará conmigo alguna vez./ Ahora él ya se fue con su pelaje,  su mala educación, su nariz fría. / Y yo, materialista que no creo en el celeste cielo prometido/ para ningún humano, / para este perro o para todo perro/ creo en el cielo / sí, creo en un cielo/ donde yo no entraré,  pero él me espera/  ondulando su cola de abanico  / para que yo, al llegar, tenga amistades… mi perro me miraba... con esos ojos más puros que los míos, / perdía el tiempo, pero me miraba / con la mirada que me reservó / toda su dulce, / su peluda vida/ su silenciosa vida, / cerca de mí, sin molestarme nunca/ y sin pedirme nada”.

 

Mgter. María T. Magi de Quevedo

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