Día del Animal

Lo que reflejó el aislamiento

En estos días estamos siendo testigos de un fenómeno inesperado: la reacción de la naturaleza a una disminución de la contaminación

De realidades y utopías

Ante una nueva instancia de la celebración del Día del Animal en nuestro país (el Día Mundial del Animal se celebra el 4 de octubre) quisiera referirme a la situación límite en que se encuentran muchas especies salvajes en peligro de extinción. Esta elección la hice enfrentando alguna vacilación porque, tradicionalmente, las reflexiones alusivas publicadas en los distintos medios se centran en los animales domésticos, especialmente en perros y gatos. Y esto es muy comprensible porque perros y gatos nos acompañan en nuestros hogares, nos consuelan en nuestros momentos de pesar y comparten nuestras alegrías. Además, diariamente los vemos sufrir hambre, maltratos y abandono y es por esto que están más cerca de nuestros corazones que los animales salvajes, algunos de los cuales quizás nunca llegaremos a ver en la realidad a menos que sea en un zoológico o peor aún, en un circo.

 En estos días estamos siendo testigos de un fenómeno inesperado: la reacción de la naturaleza a una disminución de la tremenda contaminación del planeta. La presencia de ciervos en la ciudad de Nara, Japón; el avistamiento del leopardo de las nieves -especie en serio peligro de extinción debido a la caza- que huye del contacto con el hombre, en Rusia; jabalíes que recorren las calles de Barcelona, España; los pavos reales en Madrid y, mucho más cerca nuestro, los lobos marinos que coparon el puerto de Mar del Plata y las gaviotas que se adueñaron de sus playas, nos hablan de que la naturaleza lentamente vuelve a reclamar los espacios que le quitamos los humanos.

 Esta reaparición de animales que habían sido desterrados de sus hábitats hace mucho tiempo nos lleva a reflexionar sobre la capacidad de la Madre Tierra para curarse de las heridas que le causa la especie más dañina: el ser humano. Esto significa que habría una esperanza de supervivencia para nuestro sobrexplotado planeta y que contemplar una puesta de sol sobre las cristalinas aguas de un lago lleno de peces, caminar por un sendero de montaña escuchando el canto de los pájaros o seguir disfrutando del avistamiento de ballenas en nuestra Patagonia no son utopías inalcanzables.

Pero alcanzar estas utopías significaría, entre otras cosas, limitar el poder y voracidad por las ganancias ilimitadas de las corporaciones y reconocer el derecho de otras especies a la vida. En esta época antropozoica (centrada en el ser humano) eso no parece ni remotamente posible. Sin embargo recordando las palabras de Eduardo Galeano sobre la utopía “(la utopía) está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar”. ¿Seremos capaces de empezar a caminar en ese sentido? Ojalá que así sea.

 Magíster María T. Magi 

 

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